Augusto y las aves, de Santiago Montero Herrero

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Portada del libro Augusto y las avesTal y como afirma Dominique Briquel en su introducción a esta monografía, la imagen que los contemporáneos tenemos del mundo romano resulta fría, silenciosa y, en consecuencia, falseada. La ciudad de época romana y, ante todo, sus campos y sus villas, estaban llenas de vida, sonidos y movimientos. Y en este panorama, tan distinto del que dejan ver los yacimientos arqueológicos, las aves tuvieron un protagonismo esencial. En efecto, estos animales estuvieron muy presentes en la vida de los habitantes de la Península Itálica en la Antigüedad, compartiendo con ellos sus espacios, tanto reales como imaginarios. El objetivo del doctor Santiago Montero en este trabajo es el análisis de dicha realidad, asentada en la premisa de que las aves tuvieron un papel fundamental, tanto en la vida privada, como en la esfera pública, en ámbitos tales como la política y la religión.
La obra parte del análisis de la relevancia de las aves en la religión de la Roma republicana, objetivo para el cual el autor toma como principal referencia el punto de contacto más importante entre estos animales y los cultos romanos: la institución del augurado. De gran interés y utilidad resulta el cuadro cronológico elaborado por el profesor Montero, en el que se recogen los prodigios relacionados con aves entre el 223 y el 77 a.C. En dicho cuadro ofrece, junto con la descripción de los mismos, la cita del autor correspondiente en el que se documenta cada prodigio.
Como demuestra el autor, la técnica augural sufrió una paulatina pérdida de prestigio a lo largo del periodo republicano, pese a la antigüedad de la que esta institución podía presumir. El propio Cicerón, augur él mismo desde el año 53 a.C., se lamenta a menudo en sus escritos del poco cuidado que los propios augures ponían en sus prácticas, debido a su escasa preparación en la materia. La causa principal que se ha señalado para explicar esta pérdida de autoridad por parte de los augures ha sido el uso excesivo que en las últimas décadas de la República se hizo de este sacerdocio y de sus prácticas por parte de políticos de todas las factiones para obstaculizar la labor de sus adversarios políticos. El profesor Montero, en cambio, apunta a otra serie de causas que, a su juicio, habrían contribuido en mayor medida a desprestigiar las prácticas augurales, entre las cuales destaca la excesiva rigidez que las caracterizaba y que las hicieron perder popularidad frente a otras que a la postre resultaron mejor paradas, como la disciplina de los arúspices.
Sin salir del periodo republicano, la monografía aborda lo que constituye su núcleo esencial: la importancia de las aves y su significado en la vida y la política de Octavio Agusto. Ya desde su nacimiento, las fuentes antiguas recogen fenómenos relacionados con este tipo de animales cuyo propósito no es otro que el de anunciar la grandeza que alcanzaría el recién nacido y la trascendental importancia de su advenimiento para Roma e Italia. En esta línea, Santiago Montero señala cómo los autores de época augústea y posteriores pusieron un especial énfasis en relacionar la figura de princeps con el águila. Entre dichos autores, resulta muy significativo el caso de Suetonio, que subraya la semejenaza entre ave y hombre tanto de manera indirecta, caso de la descripción física de Octavio, como de forma directa, con la narración de episodios como el del águila arrebatando el pan de las manos del joven sobrino de César (al fin y al cabo, este ave era considerada en la Antigüedad como representante o encarnación de Júpiter-Zeus, rey de los dioses, y ya otros monarcas, como el propio Alejandro Magno y no pocos de los diádocos y sus sucersores, habían tomado este animal como emblema de su poder y su prestigio). En consonancia con lo dicho, el águila tuvo una posición privilegiada durante toda la vida de Augusto en la iconografía del Principado, tanto en la Literatura como en el resto de las artes; tras su muerte, pasó a formar parte de la imagineria del poder de los distintos emperadores.
Las aves, por tanto, estuvieron presentes en la vida de Augusto desde su misma infancia, y no dejaron de estarlo en toda su vida. Cada momento destacado de la vida del princeps es puesto en relación por las fuentes con algún prodigio o intervención de las aves: la toma de auspicios en su boda con Livia, los pájaros que esparcieron sangre en Roma ante la guerra contra Sexto Pompeyo, las golondrinas en la batalla de Actium, los buitres del restaurado templo de Quirino, los búhos y la muerte de Agripa, la pérdida de las águilas de Quintilio Varo… De gran interés resulta el análisis que el doctor Montero realiza sobre la presencia de las aves en los relieves del Ara Pacis, considerada la obra más característica de la iconografía augústea: los cisnes, las golondrinas, el pico… lejos de ser meros elementos decorativos, responderían todos ellos a un cuidado programa de símbolos e imágenes destinados a la glorificación del princeps y su familia. Incluso en el momento de su muerte, Augusto aparece asociado a diversas aves, pues mientras el ulular de un búho sirvió como presagio de su deceso, cuando su cuerpo fue incinerado en una gran pira, en el Campo de Marte, un águila surgió de entre las llamas, llevándose el alma del princeps al lugar que le correspondía entre los dioses.
Es igualmente digno de nota el sugerente análisis que el autor lleva a cabo sobre la utilización por parte de Augusto de un animal que no estaba ligado en absoluto a la religión romana: el halcón egipcio. Tras su victoria sobre Antonio y Cleopatra, Octaviano procedió a organizar y consolidar las bases del poder de Roma en la nueva provincia de Egipto. El proceso de legitimización de este poder consistió, en buena medida, en unir su propia figura con las imágenes de la realeza propias del país del Nilo. Con este objetivo, Augusto aparece representado en numerosas imágenes en íntima asociación con el halcón Horus, que no sólo encarnaba la figura del faraón, sino que respondía, según el relato mitológico, al paradigma del hijo que había vengado la muerte de su padre, Osiris, logrando una victoria sobre su asesino, Seth, del mismo modo que el propio Octaviano había derrotado a los cesaricidas en Filipos.
Fuera ya del ámbito de la iconografía, el mismo Augusto fue muy consciente de los beneficios que el augurado podía reportar a su poder, un poder que, asentado como lo estaba sobre una más que dudosa legitimidad política, necesitaba cualquier apoyo que enmascarase la forma violenta e ilegal en la que había sido impuesto. El catedrático de Historia Antigua Santiago Montero  HerreroEn este sentido interpreta el profesor Montero el empeño del joven Octaviano por ser nombrado augur en una fecha que, si bien no ha podido establecerse con seguridad, es sin duda anterior al desenlace de las guerras civiles. Entre los beneficios de los que Augusto disfrutó gracias a estar revestido de este sacerdocio, el autor señala, en primer lugar, la formidable arma que la interpretación de los augurios ponía en sus manos para combatir a sus enemigos políticos y, en segundo lugar, la asociación que desde muy antiguo existía entre el augurado y el concepto de imperium, no sólo de cónsules y pretores, sino también de los reyes. De este modo, Octaviano controlaba un poderoso mecanismo con el que podía desprestigiar e invalidar las decisiones de sus rivales, al tiempo que se aseguraba una considerable libertad de maniobra al frente de las legiones, habida cuenta de que tenía por sí mismo la autoridad para tomar los auspicios.
Por otra parte, el augurado no fue el único sacerdocio relacionado con las aves que Augusto revitalizó dentro de su política de recuperar los ritos y los cultos ancestrales de Roma: tal y como señala el doctor Montero, el princeps renovó el antiguo colegio de los sodales Titii, un sacerdocio que había caído en el olvido en los últimos tiempos de la República pero que en este momento se convierte en uno de los más prestigiosos después de que el propio Augusto entrase a formar parte del mismo. Aunque la oscuridad de los datos que transmiten las fuentes no permite precisar con seguridad las competencias de dichos sacerdotes, es muy probable, como afirma el autor, que estuvieran relacionados con algún tipo de aves, muy probablemente alguna especie de palomas.
Según se desprende de las observaciones previas, la monografía del doctor Santiago Montero resulta ser una valiosa contribución a nuestro conocimiento de la mentalidad romana en general y a la iconografía de las aves en general. Por la profundidad de sus análisis y, ante todo, por la exhaustividad en la recopilación de datos y en el uso de las fuentes, estamos sin duda ante una obra de referencia y lectura obligadas para todo aquel que pretenda conocer de forma cabal la realidad de la Roma del Principado.

Santiago MONTERO HERRERO, Augusto y las aves. Las aves en la Roma del Principado: prodigio, exhibición y consumo, Barcelona, Publicacions i edicions de la Universitat de Barcelona, 2006, 336 pp.

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