¿Fue Tiberio Graco un revolucionario?

Tiberio y Cayo Sempronio Graco

Es frecuente encontrarnos, tanto en la bibliografía especializada en la Roma antigua como en libros de divulgación, expresiones como “la revolución de los Graco”, “Tiberio Graco el tribuno revolucionario” y múltiples variantes que presentan al mayor de los hermanos Graco como un político que trató de subvertir las estructuras de la República romana. ¿Qué hay de cierto en esto? ¿Fue realmente Tiberio Graco un revolucionario? ¿De dónde procede la idea de que Tiberio Graco pretendía liderar una revolución en Roma?

Para tratar de dilucidar esta cuestión debemos dar un paso previo complejo: dejar de lado la historiografía moderna y volver a las fuentes clásicas originales. Por desgracia, la mayor parte de los estudios sobre la labor política de los hermanos Graco en general y de Tiberio en particular han ido por un camino errado a la hora de interpretar el programa de reformas de estos dos personajes esenciales para entender la crisis de la República. Esta situación es, por otro lado, lógica, si tenemos en cuenta que esta mala interpretación arranca ya en las propias fuentes antiguas, interesadas en presentar una visión muy concreta de estos tribunos de la plebe. El primer error es considerar a los Graco como una unidad, como si ambos hermanos hubieran tenido y defendido un programa político común, algo que está totalmente alejado de la realidad. Dejaremos de lado, por tanto, a Cayo Graco y nos centraremos en su hermano Tiberio y su tribunado de la plebe en el año 133 a.C.

Tiberio Graco en las fuentes antiguas

¿Qué nos dicen las fuentes antiguas acerca de Tiberio Graco? Por desgracia, las fuentes contemporáneas a este personaje se han perdido, y tenemos que recurrir a autores que en ocasiones vivieron varios siglos después de que Tiberio hubiera sido asesinado. Plutarco y Apiano son las fuentes que hablan del tribunado de Tiberio de forma más extensa, pero ambos escriben en época imperial por lo que para usar sus testimonios tenemos que hacer un difícil ejercicio de averiguar qué fuentes usaron ellos mismos. Cicerón es el autor más cercano en el tiempo a Tiberio que habla de su labor, pero lo hace de forma poco sistemática, con testimonios repartidos en sus discursos, y siempre de forma partidista e interesada.

Sumando todas las fuentes y desnudándolas en la medida de lo posible de su parcialidad, podemos reconstruir que Tiberio Sempronio Graco fue un político romano perteneciente a una familia noble, y que como tal estaba llamado a desempeñar los más altos cargos políticos de la República romana. Como tribuno de la plebe en el año 133 a.C. defendió e hizo aprobar una ley agraria que impedía que los ricos acapararan más tierras públicas de una determinada cantidad, procediendo a expropiar lo que excediera para repartirlo posteriormente entre los ciudadanos sin tierras. Estas medidas le hicieron muy popular entre el pueblo, pero al mismo tiempo le granjearon el odio de una parte de la aristocracia romana, que veía en Tiberio una amenaza para sus intereses y privilegios. Aunque la ley fue aprobada y los repartos de tierras comenzaron a hacerse, un grupo de aristócratas atacó a Tiberio y a sus seguidores, dándoles muerte. Esta es, de forma muy resumida, la historia de Tiberio Sempronio Graco y su controvertido tribunado de la plebe.
Todas las fuentes, incluso las que, como Plutarco, recogen una visión más benévola de Tiberio, presentan su labor política como un intento de revolución que de haber continuado habría socavado los cimientos de la República. ¿Por qué sucede esto?

La propaganda contra Tiberio Graco

Hay que tener en cuenta que cuando fue asesinado Tiberio Graco ocupaba el cargo de tribuno de la plebe, una magistratura considerada sagrada por el pueblo romano desde el momento de su creación a comienzos del siglo V a.C. Los tribunos de la plebe estaban revestidos de un carácter sagrado que implicaba que cualquiera que atentara contra su integridad física quedaba de inmediato maldito, lo que conllevaba que cualquier ciudadano romano tenía la obligación de acabar con su vida. Matar a un tribuno de la plebe era un asunto muy grave que atentaba contra los cimientos de la República romana y contra las creencias más profundas de todo un pueblo.

Para asesinar a Tiberio de forma más o menos impune, sus enemigos tenían que presentarle como un monstruo que aspiraba a la tiranía, de forma que su carácter sagrado como tribuno quedara desvirtuado. Es posible que esta estrategia de hacer pasar a Tiberio Graco como un aspirante a tirano comenzara ya antes de su muerte, pues sabemos que algunos senadores afirmaron haberle visto hablando con un representante del reino de Pérgamo para aceptar como herencia las riquezas de este reino. En varias sesiones del Senado se clamó contra el peligro de que Tiberio se perpetuara en el cargo de tribuno de la plebe y lograra de este modo un poder inmenso, algo que los romanos, por sistema, rechazaban. De este modo, cuando Tiberio cayó muerto, sus asesinos pudieron presentar el hecho no como la violación de la sacralidad de un tribuno de la plebe, sino como la supresión de un tirano en potencia. La legitimidad de la muerte del tirano era algo que estaba muy presente en la cultura latina, seguramente como una herencia de los griegos, y es lo que, casi un siglo después, empujó a los asesinos de Julio César a acabar con su vida.

Cornelia y su hijo TiberioNaturalmente, el proceso de destrucción de la imagen de Tiberio no acabó con su supresión física, sino que continuó en los años sucesivos en forma de propaganda. Los escritores conservadores presentaron una imagen negativa de Tiberio como un monstruo que pretendía destruir la República, y es posible que fueran estas fuentes, hoy perdidas, las que leyera Cicerón y, tiempo después, Apiano y Plutarco. Las fuentes literarias no consagraron una realidad histórica: perpetuaron la propaganda de la oposición a Tiberio, de sus asesinos. De este modo, una lectura poco crítica de las fentes, ha llevado a muchos historiadores a aceptar que Tiberio era un revolucionario que quería cambiar, con mejores o peores intenciones, las estructuras de la República romana.

¿Era Tiberio Graco un revolucionario?

Lo cierto es que si desnudamos las fuentes de toda esta parcialidad que hemos señalado, los hechos nos muestran que Tiberio Graco no fue en absoluto un revolucionario. De hecho, desde cierto punto de vista, podemos defender incluso que fue un conservador. Analicemos sus leyes y sus actos.

Su proyecto principal fue la ley agraria que limitaba la cantidad de tierra pública que podía poseer un mismo ciudadano. Con esta ley pretendía acabar con la tendencia a acaparar tierras que la aristocracia romana había presentado a lo largo de los siglos anteriores, un hecho que había convertido la Península Itálica en un dominio casi continuo de enormes parcelas en manos de terratenientes. El acaparamiento de tierras no era algo baladí en la Roma antigua: dado que sólo los propietarios podían combatir en el ejército, si unos pocos acumulaban todas las propiedades dejaba de haber hombres disponibles para las legiones. En la segunda mitad del siglo II a.C. la falta de propietarios había convertido en un auténtico problema el realizar las levas para completar los efectivos de las legiones, por lo que la ley de Tiberio Graco no sólo tenía un objetivo social, sino también militar: nuevos propietarios suponían nuevos soldados para la República. Los inmensos latifundios en manos de la oligarquía eran explotados por esclavos, que, por supuesto, no podían ser reclutados, por lo que la existencia de estas enormes parcelas suponía un auténtico problema para un estado que necesitaba un número creciente de legiones en pie de guerra permanente para mantener la paz en el Imperio.

Como vemos, el principal objetivo de Tiberio Sempronio Graco era sanear la base de la cual se nutría el ejército romano: devolver a la República sus soldados de forma que el sistema de reclutamiento pudiera seguir siendo igual que en los siglos anteriores. No era en absoluto una medida revolucionaria, como sí lo fue la que años después llevó a cabo Cayo Mario como cónsul al eliminar las restricciones de patrimonio que impedían a los no propietarios ser soldados. Tiberio no quiso cambiar el sistema, sino hacer una ley que permitiera que el sistema siguiera igual.

Vemos que el objetivo de Tiberio no tenía nada de revolucionario, pero es que el medio por el cual persiguió ese objetivo tampoco lo tenía. Las llamadas leges de modo agrorum, leyes que limitaban la cantidad de tierras públicas que podían estar en manos de un mismo ciudadano, eran algo muy común en los primeros siglos de la República. De hecho, en el paquete de leyes más importante que se aprobaron en la República romana, las llamadas Leges Liciniae-Sextiae, aprobadas nada menos que en el 367 a.C., ya contemplaban esta limitación de tierras. El problema es que estas leyes habían caído en el olvido, y la aristocracia romana se había aprovechado de ello. ¿Puede llamarse revolucionario a un intento de resucitar unas leyes aprobadas doscientos años antes? Difícilmente.

En conclusión, no hay nada en la ley agraria de Tiberio Graco que pueda ser calificado como revolucionario.

Muerte de Cayo Graco

El otro elemento de la política de Tiberio que ha sido tachado con frecuencia como de subversivo fue su manera de entender el tribunado de la plebe. Esta magistratura había sido creada en las primeras décadas de la existencia de la República romana como medio para defender los intereses de los plebeyos de los posibles abusos de los patricios. Para ello, se dotó a los tribunos de la plebe de dos características esenciales: el derecho a veto y el carácter sagrado. Del carácter sagrado ya hemos hablado. El derecho al veto, la intercessio, permitía a un tribuno de la plebe bloquear cualquier decisión tomada por cualquier magistrado. Como vemos, los tribunos de la plebe tenían en sus manos un enorme poder capaz de paralizar las instituciones de la República romana si consideraban que éstas atentaban contra el interés del pueblo.

La política romana había cambiado mucho desde que se había creado el tribunado de la plebe hasta los tiempos de Tiberio Graco. Con el fin del conflicto entre patricios y plebeyos, los tribunos de la plebe habían perdido su carácter de defensores del pueblo y habían pasado a ser unos magistrados más al servicio del Senado. Bastaba con contar con un tribuno de la plebe para que los nobles consiguieran convertir sus deseos en leyes; y siempre hubo algún miembro del colegio tribunicio dispuesto a venderse a la aristocracia para asegurarse dinero y favores políticos. Al fin y al cabo, los que ejercían el cargo de tribuno de la plebe un año siempre deseaban continuar ascendiendo por la escala de las magistraturas para ser ediles, pretores o cónsules, algo que no habrían podido conseguir de haberse mostrado como enemigos del Senado. Como algunos autores antiguos señalaron, el tribunado de la plebe quedó domesticado ante un Senado y una aristocracia cada vez más poderosos.

Sin embargo, no todos los romanos olvidaron el carácter original del tribunado. Tiberio Graco fue uno de estos romanos.

Para tratar de bloquear el proyecto de ley agraria de Tiberio, el Senado recurrió a una vieja estrategia: convenció a otro tribuno de la plebe, Octavio, para que presentara el veto a la propuesta de ley agraria. En circunstancias normales, este veto habría paralizado el proceso y la ley agraria de Tiberio no habría sido aprobada. Pero Tiberio Graco no estaba dispuesto a que su proyecto reformista fuera abortado tan fácilmente. No sólo no aceptó el veto de su colega sino que propuso a la asamblea por tribus que despojaran a Octavio de su cargo de tribuno. ¿Con qué argumento? Tiberio hizo un brillante discurso ante el pueblo en el cual afirmó que un tribuno que iba contra los intereses del pueblo no tenía derecho a llamarse tribuno de la plebe, por lo que perdía de forma automática sus poderes. Para hacer esta deposición legal, convocó a la asamblea por tribus para que votaran acerca de la continuidad de Octavio en el cargo. Antes de proceder a las votaciones, Tiberio dio una última oportunidad a su colega: si retiraba el veto podría seguir siendo tribuno. Octavio persistió en su actuación obstruccionista, las tribus votaron contra él y perdió sus poderes como tribuno. Apiano y Plutarco cuentan que Octavio, que ya no contaba con el carácter sagrado e inviolable, apenas logró salir con vida del lugar donde se celebraba la asamblea, pues la muchedumbre, enfurecida, intentó lincharle.

Para muchos historiadores, la manera en la que Tiberio depuso a Octavio demuestra su poco respeto por el tribunado de la plebe y su determinación de lograr sus objetivos sin importarle quebrantar las leyes. Desde mi punto de vista la conclusión que debemos sacar es la contraria. Tiberio Sempronio Graco conocía y respetaba la institución del tribunado de la plebe, pero la institución original que fue creada a comienzos de la República, no la marioneta en la que se había convertido con el paso de los siglos. Lo que Tiberio hizo con Octavio es lo que habría hecho un tribuno de la plebe con un colega suyo que no respetara los deseos del pueblo en los años más duros del conflicto entre patricios y plebeyos. Una vez más, del mismo modo que hizo con su ley agraria, Tiberio no pretendía introducir nuevas costumbres revolucionarias sino resucitar la esencia original de la legalidad republicana más antigua.

A la luz de estos análisis podemos concluir sin ningún género de dudas que Tiberio Sempronio Graco no sólo no fue un político revolucionario sino que trató de revivir mecanismos republicanos que ya habían caído en desuso por el aumento de poder de una parte de la aristocracia. La visión de Tiberio como un peligroso revolucionario que aspiraba a cambiar las estructuras de la República procede de la propia propaganda de sus enemigos y asesinos, una propaganda que se perpetuó a lo largo de los siglos en la literatura latina y griega, y que de forma inconsciente los historiadores modernos han colaborado a consolidar y difundir.


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