La lengua del Imperio. La retórica del imperialismo en Roma y la globalización

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Portada de La Lengua del ImperioLa publicación de estudios que aborden desde una perspectiva multidisciplinar las complejas realidades del mundo contemporáneo no es habitual en España. La estructura académica de nuestro país fomenta la especialización extrema, la rígida separación departamental, la ausencia de comunicación entre unos campos del saber y aquellos otros que podrían resultarles complementarios. Esta separación académica llega a extremos tan dramáticos como la segregación de disciplinas concebidas originalmente como hermanas e, incluso, como partes indisociables de un todo. Así, en el mundo académico español, la Filología se desarrolla con total independencia de la Historia, y ambas permanecen ajenas a las ideas aportadas desde la Antropología Social y Cultural. El resultado no puede ser otro que un pobre y limitado panorama que afecta tanto a la investigación como a la divulgación del conocimiento humanístico en sus diversas facetas. Las distintas disciplinas, encerradas en sí mismas, se limitan a sus métodos de trabajo y sus perspectivas, se alimentan de sus propias conclusiones y, como consecuencia inevitable, se empobrecen y estancan.
“La lengua del Imperio” es un ambicioso intento de romper con esta ilógica y fatalista situación de distancia impuesta entre las disciplinas académicas de la Historia, la Filología Clásica y la Antropología. Ambicioso en primer lugar por su objetivo: realizar una comparación entre la retórica utilizada en la antigua Roma como medio para legitimar su poder sobre sus propios ciudadanos y sobre aquellos pueblos a los que sometía bajo su hegemonía militar, y aquélla empleada en los últimos tiempos por los diversos medios de comunicación, estatales y privados, para justificar las actuaciones de los nuevos dirigentes de la política mundial, encabezados por el gobierno de los Estados Unidos. Ambicioso también por la notable dificultad de que una obra de estas características encuentre, dentro del mundo académico que hemos descrito, una acogida a la altura de sus méritos. En efecto, un estudio de este calibre no sólo precisa de un autor preparado en los diversos campos que aborda, sino también de un público, especializado o no, capaz de establecer las conexiones que sus páginas le ofrecen: del historiador Claudio Cuadrigario a los nada imparciales comentarios de un periodista de Fox News hay un salto, temporal y mental, que no cualquier lector es capaz de afrontar con éxito. Cuando el filólogo no es capaz de asumir que los testimonios con los que trabajan se enmarcan en un contexto histórico, cuando el historiador no conoce la lengua en la que están expresados los conceptos que maneja, cuando unos y otros son incapaces de entender que el ser humano es variado y múltiple, pero siempre el mismo ante determinados fenómenos… entonces resulta difícil que una obra de este calibre pueda ser apreciada y valorada en su justa medida.
Otorgar su justo valor a este estudio supone, en primer lugar, comprender el fenómeno del imperialismo en el mundo antiguo, en su vertiente real y en su vertiente imaginada, a saber, en la imagen que los protagonistas del proceso de expansión y dominio quisieron plasmar en sus escritos. Para ello no basta con conocer el desarrollo fáctico de los acontecimientos que llevaron a Roma a encumbrarse como la potencia hegemónica del Mediterráneo, sino, ante todo, estar familiarizado con la lengua de los autores que documentaron en sus escritos este proceso, autores que, al mismo tiempo, fueron protagonistas de este proceso de expansión. Por otro lado, exige del lector un conocimiento crítico de la realidad contemporánea internacional, del complejo desarrollo que la retórica del poder ha vivido desde que los Estados Unidos decidieran intervenir de forma directa en la política mundial a comienzos del siglo XX. No es sencillo, por tanto, encontrar un público especializado capaz de recibir y apreciar en su justa magnitud las páginas escritas por Juan Luis Conde.El profesor de la Universidad Complutense, Juan Luis Conde
El autor, sin embargo, se muestra a la altura del reto que él mismo se plantea. Juan Luis Conde demuestra en esta obra una rara familiaridad con todos los aspectos antes señalados. Por un lado, como filólogo de formación, conoce a la perfección los textos en los que basa su análisis, la obra de Livio, Salustio, Cicerón y Tácito, entre otros. El autor no sólo está familiarizado con los aspectos puramente lingüísticos de sus escritos, sino que, lo que en un estudio de este tipo resulta más importante, con las mentalidades que laten bajo cada uno de ellos. Así, Conde es capaz de desglosar uno por uno los recursos retóricos utilizados por Cicerón en su discurso a favor de la rogatio Manilia, una obra maestra de la persuasión y la manipulación con la que el Arpinate logró la concesión de la dirección de la guerra contra Mitrídates al por entonces indiscutido héroe de las armas romanas, Pompeyo Magno. Del mismo modo, hace uso de la moderna historiografía sobre el final del periodo republicano y los comienzos del Principado, concluyendo que cada uno de los historiadores que han abordado esta época, a saber, Brunt, Harris, Badian… lo han hecho como herederos de la ideología de algún autor antiguo. No cabe duda, y en esto coincido con el autor, que cada historiador plasma en su investigación al menos una parte de su propia visión del mundo que le rodea, aunque muy pocos sean los que reconocen esta inevitable parcialidad. El mismo Conde se pone en el punto de mira al reconocer que el momento en el que escribió esta monografía, los meses que siguieron a la invasión de Iraq por el ejército estadounidense, pudo influir poderosamente en su propio enfoque de la cuestión tratada.
Por otro lado, para analizar la retórica del imperialismo el autor recurre a una gran cantidad de documentos de muy diversas características: artículos de prensa, entradas en blogs personales, declaraciones gubernamentales, libros de teoría política… También en este campo demuestra Conde una notable capacidad de análisis, así como una considerable familiaridad con los temas tratados. No es ésta una cuestión baladí: que un investigador formado como filólogo clásico tenga la capacidad que el autor demuestra en estas páginas para moverse con soltura en las complejas cuestiones del mundo contemporáneo no es algo que resulte en absoluto frecuente. Para apoyar sus conclusiones, Conde hace uso de todo tipo de fuentes, algunas de ellas, como los contenidos virtuales de la red, por su estricta modernidad, rara vez tenidas en cuenta en los libros de análisis histórico.
Con este material, el clásico y el contemporáneo, aborda Juan Luis Conde la comparación del lenguaje retórico imperialista en dos momentos tan alejados en el tiempo como son la Roma antigua y los Estados Unidos de comienzos del siglo XXI. La primera conclusión a la que llega el autor, recogida ya en el Preludio, es que, aunque la historia no se repite nunca, las reacciones humanas ante los diversos acontecimientos no son en absoluto ilimitadas. Esto supone que, salvando las distancias del tiempo, las semejanzas entre un Cicerón justificando la guerra contra Mitrídates del Ponto y una portavoz de la Casa Blanca afirmando la absoluta necesidad para Occidente de eliminar por la fuerza la amenaza de Iraq, van más allá de la simple casualidad. El auditorio y las circunstancias pueden cambiar, pero los argumentos retóricos resultan sorprendentemente, y angustiosamente, parecidos. La representación del “otro”, del enemigo a batir, coincide en numerosos aspectos: es primitivo, encarna lo peor de una civilización corrupta y degenerada, es fanático y oscurantista. Los mismos tintes negativos con los que el Arpinate describió a los monarcas orientales son utilizados por el discurso oficial de los Estados Unidos y sus aliados para caracterizar al nuevo enemigo: el terrorismo islámico en general y su supuesta plasmación en determinados regímenes de Oriente Próximo. La guerra, en ambos casos, es necesaria para mantener la paz y la seguridad, pues sólo eliminando a los enemigos de la civilización ésta puede mantener su promesa de bienestar para sus ciudadanos.
Aunque el dístico Mitrídates-Iraq es uno de los ejes fundamentales en torno al cual gira la monografía, el autor aborda otros ejemplos de similitudes entre ambos momentos históricos, tales como el senadoconsulto posterior a la “liberación de Grecia” y el decreto National Security Strategy emitido por la Casa Blanca.
Estamos, en definitiva, ante un estudio excepcional, un raro ejemplo de los brillantes resultados que puede obtener un investigador si rompe las barreras de su propia disciplina y acepta adentrarse en la metodología y la temática propias de otras materias. En pocas obras producidas por un filólogo clásico español podemos encontrar utilizadas con semejante acierto tal cantidad de fuentes tan dispares: de Tácito a Internet, de Brunt a Chomsky, de Cicerón a Ruth Benedict. Filología latina, Historia Antigua y Contemporánea, Antropología y Sociología se combinan en este estudio para ofrecernos, de la mano de Juan Luis Conde, una magistral reflexión acerca de la persistencia de los símbolos del poder y las mentalidades, tanto de los que pretenden imponer su gobierno como de aquellos que lo asumen.

Juan Luis CONDE CALVO, La lengua del Imperio. La retórica del imperialismo en Roma y la globalización, Alcalá la Real, Alcalá Grupo Editorial y Distribuidor de Libros, 2008, 230 pp.

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