Paulo Orosio y la historiografía cristiana

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Paulo Orosio en una miniatura medieval

En la época en el que el cristianismo se extendió y se consolidó por todo el Imperio, el género historiográfico contaba ya con más de ocho siglos de existencia. Desde los primeros logógrafos y pasando por Heródoto, Tucídides y sus herederos de la historiografía latina, los analistas, el género había ido definiendo sus características hasta llegar a la época de Augusto, momento en el que alcanzó una de sus más altas cotas de creación de la mano de autores como Tito Livio, Dioniso de Halicarnaso y Asinio Polio. De este modo, la historiografía “pagana” se convirtió en uno de los géneros fundamentales de la literatura antigua, a medio camino entre la épica y la retórica y compartiendo elementos con ambas.

Desde el momento en que el Cristianismo dejó de ser una religión marginal y minoritaria, los primeros pensadores cristianos sintieron la necesidad de dejar constancia tanto de la historia de su grupo como de la de todo el mundo conocido desde el punto de vista de sus creencias. Naturalmente, el género historiográfico ya estaba definido y consolidado, por lo que los autores cristianos en gran medida se limitaron a tomar las pautas de un modelo casi cerrado e introdujeron en él su propia manera de entender el devenir histórico. Los primeros historiadores cristianos son, en consecuencia, herederos directos de la historiografía pagana: las formas, las estructuras y los objetivos son los mismos, aunque los contenidos varíen levemente.

El historiador Paulo Orosio es una de las figuras claves de los orígenes de esta historiografía cristiana. Por primera vez, un autor cristiano abordó la tarea de elaborar una historia universal del mundo conocido, desde los orígenes de la humanidad hasta su propia época. En una fecha algo anterior, Eusebio de Cesarea había escrito su Historia de la Iglesia, una obra en la que trataba de plasmar el desarrollo de la institución eclesiástica y de los diversos grupos cristianos desde sus orígenes. La obra de Orosio fue, sin embargo, más ambiciosa, pues no tenía como objeto de su investigación los hechos relativos al nacimiento y desarrollo de las comunidades cristianas, sino la exposición y la interpretación de la historia de la humanidad en clave cristiana. Para ello, Orosio no sólo tenía que indagar en las obras de sus antecesores paganos en busca de los acontecimientos del pasado, sino que además debía interpretarlos y presentarlos de modo que todos encajaran en el plan de su obra. Un plan que consistía fundamentalmente en demostrar que toda la historia del mundo seguía las pautas de un proyecto de Dios que culminaría, en primer lugar, con la venida de Cristo al mundo y, en última instancia, con el final de los días y el Juicio Final.

VIDA DE PAULO OROSIO

Dado que los escasos datos que tenemos acerca de la biografía de Orosio pueden ayudarnos a aclarar algunos de los objetivos y características de su obra, haremos un breve esbozo de su trayectoria vital. La biografía de Orosio está en su mayor parte sumida en las sombras. Sabemos que nació en Hispania, pero, a pesar de los esfuerzos de muchos investigadores por establecer un punto geográfico más concreto, ninguno ha sido capaz de aportar datos definitivos al respecto. Sólo hay una parte de la vida de Orosio de la que tenemos datos fidedignos: su llegada a África y su relación con Agustín de Hipona. Este encuentro con el gran pensador cristiano supuso para Orosio el impulso definitivo para la acometida de su gran obra historiográfica. No sabemos cuál fue la motivación de Orosio para abandonar Hispania: para unos, el deseo de informar a Agustín del desarrollo de la herejía priscilianista, para otro el temor a las invasiones bárbaras que en aquel momento asolaban la Península. Es posible conciliar ambas ideas. Orosio pudo abandonar Hispania temiendo las consecuencias de la invasión de los vándalos, pueblo de cuyas correrías habla en su obra, y, posteriormente, justificar el abandono de su labor pastoral mediante el argumento de la necesidad de informar del desarrollo de la herejía. En cuanto a la edad del autor en el momento de su llegada a África, Agustín habla de Orosio como “joven”, por lo que se ha pensado que en el 414 podía rondar los treinta años. Agustín le encargó entonces que se desplazara hasta Palestina para consultar a Jerónimo acerca de ciertas cuestiones relacionadas con el alma sobre las cuales él mismo no se sentía capaz de tomar una decisión. Su estancia en Oriente le sirvió para profundizar sus conocimientos teológicos y ganar una cierta fama como orador y apologeta. Fue a su regreso a África junto a Agustín cuando acometió la tarea de escribir los siete libros de sus Historias.

El propio Orosio nos dice que fue Agustín quien le motivó a escribir su obra en un momento en el que los cristianos estaban siendo atacados desde diversos frentes por los pensadores e intelectuales paganos. El saqueo de Roma por las tropas de Alarico en el año 410 había supuesto una gran conmoción en todo el Mediterráneo, especialmente para los cristianos, que habían visto cómo todas las promesas de paz y estabilidad del Imperio cristiano quedaban incumplidas. Los paganos aprovecharon la situación para reanudar sus ataques contra una cada vez más poderosa Iglesia católica que había condenado el culto a los antiguos dioses y con ello habían condenado a Roma a la San Agustín de Hiponadestrucción a manos de los bárbaros al romper la pax deorum. En este contexto, Agustín vio la necesidad de justificar el motivo de esta catástrofe dentro del plan divino, y para ello, escribió La ciudad de Dios. Como medio para reforzar sus argumentos, encargó a Orosio que que completara su labor por medio de la elaboración de una historia universal que dejara claro que los tiempos anteriores a la expansión del Cristianismo habían sido mucho peores en todos los aspectos y que sólo tras el nacimiento de Cristo y, ante todo, tras el establecimiento de un Imperio Cristiano, se había alcanzado una auténtica felicidad. La consecución de este objetivo pasaba por magnificar todas las grandes desgracias del pasado de la humanidad al tiempo que se minimizaban las catástrofes acaecidas desde el nacimiento de Cristo, especialmente el saqueo de Roma por Alarico. Orosio asumió este encargo con un fervor que, en algunos puntos de su obra, le llevó a ser incluso más radical que Agustín en determinadas cuestiones, como su valoración acerca del imperialismo romano.

Tras la fecha de conclusión de las Historias, los datos biográficos que conocemos acerca de Orosio vuelven a caer en el silencio. Algunos estudiosos, siguiendo una carta del obispo Severo, han sugerido la posibilidad de que el autor tratara de regresar a Hispania pero no lo consiguiera por la turbulenta situación provocada por las invasiones de los bárbaros. Nada sabemos acerca de la fecha y el lugar de la muerte de Orosio.

LAS HISTORIAS DE OROSIO

El primer elemento que debemos analizar para comprender la obra de Orosio dentro del género historiográfico es el plan original de la Historias. Ya hemos visto que fue el impulso de San Agustín para contrarrestar las críticas de los paganos lo que llevó a Orosio a escribir su obra como material que demostrara que los tiempos cristianos eran mejores que los anteriores al nacimiento de Cristo. Este objetivo supone una concepción concreta de la Historia. El devenir histórico es concebido por Orosio como una evolución constante a mejor: de unos tiempos oscuros e infelices anteriores a la salvación, a unos tiempos de bonanza y dicha en los que reina la paz, la concordia y la justicia. Esta perspectiva supone un gran contraste con la que predomina en otros autores anteriores a Orosio. Por citar un solo ejemplo, el modelo de la sucesión de las edades, desarrollado por primera vez por Hesíodo y plasmado por multitud de autores posteriores, presenta una visión radicalmente distinta. Para Hesíodo, es el pasado el que presenta las más altas cotas de felicidad y dicha para los humanos, mientras que el presente es consecuencia de una degeneración que ha afectado incluso a la raza de los hombres. Desde este punto de vista, se sitúa la Edad de Oro en un pasado remoto en el que los dioses compartían con los mortales una vida feliz en la que no existía el trabajo ni el sufrimiento. Las siguientes edades, hasta llegar a la de Hierro, suponen una involución en las formas culturales y en el nivel de vida de los hombres. Esta manera de entender la historia como una degeneración tuvo una gran influencia en numerosos autores griegos, y fue heredada por los historiadores latinos que, como Salustio, consideraban que la República romana había llegado a su momento cumbre en el pasado mientras que los tiempos que les habían tocado vivir eran épocas de crisis, sufrimiento y degeneración moral.

Naturalmente, el planteamiento historiográfico de Orosio es radicalmente opuesto al de Hesíodo y sus sucesores. Dado que para él los tiempos cristianos representan la máxima felicidad que ha experimentado el ser humano, no puede admitir ningún tipo de degeneración, ni en las costumbres, ni en la cultura, ni en ningún aspecto. El planteamiento de Orosio no es tampoco del todo original, aunque éste lo haya llevado a sus formas más extremas. Una de las claves de la literatura de época de Augusto, y no sólo de la historiografía, era el objetivo compartido por todos los autores del círculo imperial de demostrar que el Principado suponía el culmen de la felicitas romana. Fuera o no un sentimiento sincero, los escritores patrocinados por Augusto cantaron las alabanzas de la pax romana y, ante todo, el final de las guerras civiles. Por desgracia hemos perdido las dos grandes obras historiográficas de este periodo, una en parte, la de Livio, y otra por completo, la de Asinio Polio. Tal y como afirma Syme, la pérdida de la obra de Polio supone una de las grandes tragedias de la historiografía moderna. Dado que sólo la conocemos por menciones indirectas, y aún así de forma muy escasa, es difícil hacernos una idea de la ideología que defendían sus escritos. En el caso de Livio, aunque hemos conservado una buena parte de la misma, hemos perdido todo lo relativo a la época de Augusto, su propia época, por lo que tampoco podemos realizar un análisis preciso de su visión de la misma. Tanto Polio como Livio fueron pensadores independientes que no se doblegaron por completo al programa de glorificación de Augusto, del modo en el que sí lo hicieron otros autores como Virgilio. Pese al tono amargo que parece emanar de sus escritos al hablar de la desaparición de los costumbres romanas ancestrales, no hay duda de que ambos celebran en sus escritos el final de las guerras civiles y el establecimiento de la pax augusta. Tanto Polio como Livio consideran que la época de Augusto es un tiempo dichoso para los romanos y para todo el Imperio después de un siglo de enfrentamientos civiles.

Hasta cierto punto, Orosio hereda esta visión y la transforma siguiendo sus propios intereses. Todos los estudiosos de la obra orosiana han puesto de relieve el uso preferente que éste hizo de los escritos de Livio. De hecho, ésta es una de las causas de que la mayoría de los historiadores dedicados a la Roma republicana haya despreciado la obra de Orosio como fuente, considerando que no era más que un epítome de las Historias de Livio. Sea esto cierto o no, es evidente que en Orosio podemos encontrar no sólo los datos históricos que recoge de Livio, sino también parte de su perspectiva respecto a la historia. Una de los ejemplos más claros de esto, lo encontramos en el trato que Orosio dedica a la época de Augusto. Son muy numerosos los pasajes en los que Orosio realiza sinceros elogios de la labor y la personalidad de César Octaviano, elogios que perfectamente podríamos encontrar en un autor del circulo de Mecenas. Las alabanzas de la pax augusta encajan a la perfección en la obra de Orosio como parte del plan de Dios para la llegada de Cristo y la salvación de la humanidad. El nacimiento de Cristo, ocurrido en la segunda década de gobierno de Octaviano, tuvo lugar, desde el punto de vista del historiador cristiano, en el momento más oportuno de toda la historia de la humanidad. La paz reinaba en todo el Imperio, las puertas del templo de Jano estaban cerradas por primera vez desde hacía siglos, el Mediterráneo estaba unido bajo un poder único. El mundo estaba listo para la llegada del Salvador, la creación de la Iglesia y la expansión del cristianismo. Dios había preparado el marco ideal para la llegada de Cristo, sirviéndose de Roma y de Augusto en particular para llevar a cabo sus fines. Orosio pone énfasis en una fecha clave para la historia del mundo, el seis de enero del año 725 ab urbe condita, día en el cual se produjo el ncaimiento de Cristo en Oriente al tiempo que Augusto celebraba en Roma su triple triunfo sobre sus enemigos.

Cabeza de Augusto conservada en el Museo Nacional de Arte Romano de MéridaEsta visión de la aetas augusti como culminación de un plan divino no la encontramos de forma exclusiva en las letras latinas. El interesante híbrido que es la obra del historiador Flavio Josefo, judío helenizado que sirvió a las órdenes de Vespasiano y sus hijos, presenta una idea muy similar a la de Orosio. El objetivo de Josefo en su Guerra de los Judíos era demostrar a los recién derrotados hebreos que la expansión de las armas romanas y su dominio del mundo conocido era algo querido y buscado por Yahvé. Josefo daba a así respuesta a las dudas de los judíos que, pese a saberse el pueblo elegido por Dios, habían visto su tierra arrasada por los romanos y su templo profanado y reducido a escombros. Aunque el historiador judío pone énfasis en el papel de Vespasiano y Tito, sus patrocinadores, cita en numerosas ocasiones el papel de Augusto como promotor de la paz y creador del modelo del Principado. No resulta, en consecuencia, descabellado pensar que Orosio pudo haber tomado parte de sus ideas de la obra de Flavio Josefo. Él mismo cita al historiador judío en alguna ocasión, por lo que podemos deducir que estaba familiarizado con su obra. De hecho, fue el especial aprecio que los pensadores cristianos demostraron hacia la obra de Josefo lo que permitió que ésta sobreviviera al paso de los siglos y se convirtiera en una de las piezas literaris de la Antigüedad más leídas y copiadas durante el Medievo. Para los primeros cristianos, el mensaje de Josefo resultó de gran utilidad a la hora de presentarse como el nuevo pueblo elegido de Dios una vez los judíos habían caído en desgracia por sus muchos crímenes contra la divinidad. Desde mi punto de vista, Orosio pudo ser uno de los primeros pensadores cristianos en tomar conciencia de la utilidad de la obra de Josefo, recogiendo parte de sus ideas y utilizándolas en su propio interés.

El saqueo de Roma por los visigodos de AlaricoUno de los principales problemas que Orosio tuvo que afrontar en su labor de justificación de la felicidad de los tiempos cristianos era, como ya hemos señalado, el saqueo de Roma por las tropas bárbaras de Alarico. Este acontecimiento sin duda fue, pese a los intentos de los autores cristianos por minimizar su efecto, un hecho traumático para todos los que lo vivieron. Pese a que la Urbe había sido el escenario de numerosos enfrentamientos civiles desde la época de Sila y a lo largo de todo el periodo imperial, nunca en la historia reciente un pueblo bárbaro había conseguido traspasar el pomerium en armas. Había que recurrir a los anales arcaicos para encontrar un acontecimiento semejante, la conquista de Roma por los galos de Breno, en el 390 a.C., un hecho que marcó profundamente la mentalidad de los romanos a lo largo de los siglos. En aquel momento la ciudad estuvo a punto de desaparecer, y sólo la resistencia de un pequeño grupo en el Capitolio y el escaso interés que los galos habían demostrado en establecerse en la Urbe habían permitido que Roma se mantuviera en pie. El saqueo de Alarico había tenido unas consecuencias muy semejantes al de Breno, pues, aunque Roma pudo continuar con su existencia al margen del poder los bárbaros durante unas décadas, el impacto mental que causó en todo el Imperio fue muy profundo. La labor de Orosio en este sentido fue, por tanto, compleja: justificar que la entrada de los godos en la Urbe había sido un hecho de poca importancia que en absoluto empañaba la felicitas del Imperio cristiano no era una tarea sencilla. Por este motivo, Orosio introduce reflexiones respecto a este tema en numerosas ocasiones a lo largo de su obra. Analizaremos algunas de ellas.

Pongamos un ejemplo muy significativo. En el libro tercero de las Historias, Orosio hace una síntesis de las conquistas de Alejandro Magno, así como una reflexión acerca de lo que este personaje supuso para el devenir histórico del mundo. Para este autor, Alejandro es un personaje esencialmente negativo, que impuso su poder por medio de la violencia y por cuya causa perecieron naciones enteras. También en su vida privada, el hijo de Filipo demostró una falta de autocontrol y una desmesura constantes. Orosio afirma que la violencia desatada por este personaje y la el sufrimiento que había causado a la mitad del mundo conocido habían caído en el olvido pese a haber supuesto una gran conmoción en su momento. Si esto había sido así, ¿qué era el saqueo de una única ciudad a manos de un grupo de bárbaros?

Como hemos señalado, el género historiográfico en manos de Orosio es en gran medida heredero de las formas clásicas, un hecho que se constata en las numerosas citas que el autor hace de autores anteriores a él. La gran cantidad de referencias contrasta con el juicio tradicional que la moderna historiografía ha hecho de Orosio, según la cual este autor se habría limitado a ofrecer un resumen de Tito Livio completado con alguna cita ocasional de otros autores. Lo cierto es que la lectura de las Historias de Orosio demuestra que el autor conocía una parte considerable de la literatura pagana clásica, y que hizo uso de ella con más o menos profundidad. Es indudable que Orosio hace un uso preferente del material de Livio, pero esto no es algo que resulte sorprendente. El autor de Padua es sin duda el escritor latino cuya obra se acercaba más a los intereses de Orosio de escribir una historia universal. En Livio, Orosio tenía toda la información que necesitaba para abordar la parte relativa a Roma, desde su fundación hasta los tiempos de Augusto. Por otro lado, el Ab urbe condita se había consagrado como la gran obra de historiografía latina hasta el punto de conseguir que otros escritos, como los de Asinio Polio, cayeran en el olvido y se perdieran. Uno de los ejemplos estilísticos más claros de la influencia liviana en la obra de Orosio la encontramos en el Prólogo, donde juega con las formas e incluso con palabras semejantes a las usadas por Livio al comienzo de su obra.

Sin embargo, la obra de Livio no hubiera bastado para colmar las necesidades de Orosio, pues sus intereses no se limitan a la historia de Roma ni se circunscriben al marco del Imperio romano. Orosio, como representante de una religión que aspiraba a ser universal, pretendía construir una historia que abarcara todos los pueblos y épocas a su alcance, y para ello necesitaba traspasar los límites de la obra liviana. Naturalmente, las posibilidades de indagación de Orosio eran limitadas, especialmente desde el punto de vista lingüístico. Por este motivo, las pretensiones de universalidad de Orosio se quedan limitadas al mundo grecorromano y a las escasas noticias de otros ámbitos con las que los pensadores occidentales podían contar. Sin embargo, pese a estas limitaciones, resulta sorprendente el uso que Orosio hace de las fuentes griegas en un momento en el que la separación de la latinitas respecto al mundo oriental grecoparlante comenzaba a ser una realidad consolidada. No hay duda de que son las fuentes latinas las que Orosio utiliza con más frecuencia, posiblemente por simple comodidad lingüística, pero no es en absoluto desdeñable el número de fuentes griegas citadas. Dentro de las fuentes latinas citadas podemos destacar a Tácito, Salustio, Galba, Suetonio, César y Plinio el Joven. De los autores que escribieron en griego, Orosio cita a Platón, Trogo, Fabio Pictor y Tucídides. Es de destacar que la mayoría de los autores a los que Orosio hace referencia son los mismos que sobrevivieron durante la Edad Media y llegaron más o menos completos a la época renacentista, por lo que podemos deducir que el canon de obras paganas que los cristianos consideraban dignas de ser copiadas y difundidas comenzaba ya a fijarse a comienzos del siglo V d.C.

Paulo Orosio en una miniatura medieval

Resulta, por otro lado, sorprendente la ausencia de citas directas de autores cristianos, con excepción de las escasas referencias al Antiguo y al Nuevo Testamento. Pese a esto, algunos investigadores han señalado la influencia que otros autores cristianos, con Agustín a la cabeza, han ejercido sobre Orosio, pese a que éste no los cite de forma explícita. Este es el caso del De mortibus persecutorum de Lactancio, cuya influencia podemos encontrar en el último libro de las Historias, dedicado a las persecuciones contra los cristianos y las consecuencias negativas que esto tuvo para los emperadores que las patrocinaron. El motivo de la escasez de citas de otros autores cristianos lo podemos encontrar en el objetivo mismo de la obra de Orosio. No hay que olvidar que lo que éste pretendía con sus escritos era demostrar la invalidez de los argumentos de los paganos contra los cristianos a raíz de las invasiones bárbaras. En consecuencia, no habría tenido mucho sentido que Orosio utilizara argumentos cristianos para tratar de convencer a aquéllos que no compartían su visión religiosa del mundo. Lo que el autor intenta hacer es combatir a los paganos con sus propias armas, es decir, haciendo uso de los autores y de las obras de la literatura clásica más valorados por éstos. Esto explicaría la profusión de citas de autores paganos y la escasez de referencias directas a los escritores cristianos.

Una característica muy interesante de la obra de Orosio es el proceso de reinterpretación de los fenómenos religiosos paganos, bien convirtiéndolos de algún modo al cristianismo, bien desmintiendo su autenticidad. Los historiadores latinos y griegos anteriores a Orosio ya habían iniciado un proceso de interpretación evemerístico del pasado, es decir, un intento de racionalizar y convertir en hechos históricos creíbles algunos acontecimientos que pertenecían más al mundo del mito que al de la historia. Como han señalado algunos estudiosos, siguiendo a Dumezil, el hecho de que el pueblo latino no contara con una tradición mitológica comparable a la de otros pueblos indoeuropeos pudo deberse precisamente a este proceso de conversión de los mitos en relatos históricos. Orosio es hasta cierto punto heredero de estas tendencias cuando trata de explicar desde un punto de vista racional mitos como el de Perseo, Dioniso, o los centauros.

Del mismo modo, dentro de su objetivo de desprestigiar las costumbres y creencias de los paganos, Orosio incluye a lo largo de su obra todo tipo de referencias negativas a los sacerdotes, sibilas, oráculos y adivinos paganos.El oráculo de Delfos, uno de los centros cultuales más importantes de la Antigüedad, es tachado de mentiroso y falaz por la ambigüedad de sus respuestas; respuestas que, según Orosio, sólo trajeron la desgracia a quienes las obedecían. La ambigüedad de las respuestas délficas era célebre ya en la Antigüedad clásica, pero los paganos habían atribuido siempre los desastres provocados por este oscurantismo a la incapacidad de los consultantes para entender las palabras de la sibila y no al propio oráculo. La única concesión que hace Orosio a los oráculos y las sibilas es la posibilidad de que éstos hubieran sido, de forma inconsciente, portavoces de la voluntad del Dios cristiano que hablaba a los paganos antes de la expansión del cristianismo. En este sentido explica Orosio la respuesta contenida en los libros sibilinos sobre una peste que había atacado a la ciudad de Roma en el siglo III a.C. Según recoge el autor, en aquel momento se había interpretado que la peste había sido enviada por unos dioses enfurecidos, versión que él mismo corrige según su criterio como por “la ira celeste”. De esta manera, Orosio trata de conciliar determinadas respuestas oraculares con la existencia de un único Dios.

Donde Orosio no ve posibilidad alguna de cristianización es en las figuras de harúspices y augures, dos instituciones fundamentales de la religiosidad romana desde época arcaica pero que en el Bajo Imperio habían caído en el descrédito hasta llegar a su práctica desaparición. En época republicana, que un político o militar actuara despreciando los auspicios suponía un riesgo de ruptura de la pax deorum, con los consiguientes desastres para la res publica. Sin embargo, el proceso de consulta de los auspicios acabó cayendo en el descrédito a finales del periodo republicano debido al abuso que hicieron del mismo algunos políticos. Orosio en particular, y los pensadores Restos del santuario de Delfoscristianos en general, son herederos de esta concepción negativa de augures y harúspices. Para nuestro autor, todos los vaticinios de este tipo eran falsedades manipuladas por los consultantes que, en consecuencia, no respondían a la voluntad de ninguna divinidad. Para demostrarlo, Orosio señala algunos casos, como el del cónsul Flaminio en el 223 a.C., que, pese a haber despreciado unos auspicios que le indicaban que no combatiera, alcanzó una gran victoria contra los galos. En el 137 a.C., el cónsul Mancino, aunque había cumplido todas las expiaciones que le recomendaron los harúspices, sufrió una vergonzosa derrota a manos de los numantinos en Hispania, derrota que le llevó a firmar un tratado de paz humillante para Roma. Por este motivo, Orosio no duda en llamar a los harúspices “cazadores de circunstancias e inventores de mentiras”.

En el libro VI, Orosio ofrece una reflexión más extensa acerca de por qué los sacerdocios paganos y los oráculos habían caído en desgracia durante el Bajo Imperio. El autor responde aquí a los paganos que les acusaban de haber sido ellos, los cristianos, los causantes de la desaparición de los antiguos ritos al haber conseguido que las autoridades políticas los prohibieran. Para Orosio, este tipo de ritos habían caído en desgracia antes incluso del nacimiento de Cristo, víctimas de sus propios errores y ambigüedades. Para demostrarlo, Orosio llega incluso a citar a Virgilio, autor que, en un verso de la Eneida, habría representado la frustración de todos aquellos que consultaban los oráculos y no habían encontrado respuesta. La responsabilidad de la desaparición de los cultos paganos habría que buscarla en la misma falsedad de sus contenidos, y no en las prohibiciones de la Iglesia católica.

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