Publio Clodio y la profanación del culto de la Bona Dea

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Mujeres romanas en una pintura de Pompeya

En diciembre del año 62 a.C., una figura cruzó las calles de Roma cubierta por largos ropajes y se dirigió a la casa de Cayo Julio César, por aquel entonces pretor, aunque a punto de cesar en su cargo, y recién nombrado pontífice máximo. La domus de Julio César estaba cerrada a cal y canto para evitar no sólo la entrada de intrusos indeseados, sino incluso para impedir que alguna mirada indiscreta pudiera profanar los ritos que allí se celebrarían aquella noche. La figura embozada se acercó a los muros de la casa y aguardó su oportunidad.

Estaba a punto de producirse el escándalo que conmocionó a la sociedad romana y mantuvo en vilo a la nobleza durante meses.Aquella noche, en casa del pretor Julio César se celebraban los misterios de la Bona Dea, unos rituales en los que participaban las mujeres nobles de Roma y a los que les estaba vetada la entrada a todos los hombres. Hasta tal punto era estricta la prohibición, que las celebrantes tenían que asegurarse que no había en los alrededores ningún animal macho que pudiera mancillar los ritos. Aunque en ocasiones se ha dicho que se celebraba en casa de Julio César por ser él el pontífice máximo, esto no es cierto. Los ritos de la Bona Dea se celebraban en casa de uno de los magistrados cum imperio del año en curso. Julio César, como pretor, cumplía esos requisitos, por lo que su casa fue elegida para las celebraciones y su esposa Pompeya y su madre Aurelia nombradas responsables de los ritos. Para una matrona romana era todo un honor ser elegida para dirigir este ritual en el que las mujeres de Roma se aseguraban la consolidación de la pax deorum, el equilibrio entre los mortales y los dioses sobre el que asentaba la prosperidad de todo el Imperio.

Por desgracia, conocemos muy poco acerca de la Bona Dea y el culto que se celebraba en torno a esta diosa. Para empezar, el mismo nombre de la divinidad indica un elemento muy habitual en la religiosidad antigua: el empleo deRelieve con una representación de la Bona Dea eufemismos o circunloquios para decir el nombre de un dios o una diosa. La Bona Dea no es en realidad un nombre, es un epíteto para designar a una divinidad a la que los mortales no les es lícito nombrar. En ocasiones se la identifica con Fauna o con Maia, dos divinidades romanas muy antiguas, anteriores a la llegada de la influencia griega. La mayor parte de los especialistas consideran que la Bona Dea es la versión romana de la divinidad femenina ancestral que encontramos en toda Europa bajo uno u otro nombre, siempre ligadas a la fertilidad de las mujeres y de los campos. Las pocas representaciones romanas de esta diosa que han llegado hasta nosotros la muestran sentada en un trono, sosteniendo una cornucopia, símbolo de la fertilidad y la abundancia.

Aquella noche de diciembre, Aurelia, la severa madre de Julio César, ejercía de anfitriona del resto de las mujeres nobles. Aunque este papel habría debido recaer en Pompeya, la esposa del pater familias, la mayor autoridad de Aurelia fue sin duda lo que concedió la primacía. Todo estaba dispuesto para conocer los ritos de los que tan poco sabemos, cuando la figura encapuchada que se había deslizado hasta la casa del pontífice máximo consiguió colarse en su interior. Iba vestida como una matrona romana, con el cabello y el rostro cubiertos para evitar ser reconocida.

¿Quién era esa misteriosa figura que había entrado en casa de César de forma subrepticia? Nada más y nada menos que Publio Clodio, uno de los personajes más polémicos de la Roma del siglo I a.C. Hijo del noble Apio Claudio Pulcher, Clodio estaba llamado a alcanzar las más altas magistraturas de la República, tal y como habían hecho sus antepasados durante siglos. El joven, sin embargo, abandonó la línea moderada y conservadora que había sido característica de su familia y se entregó a una vida disoluta de vicio y desenfreno. En el año 62 a.C. ya había cambiado su nombre, Claudio, por el uso más popular de Clodio, sin duda como mecanismo para hacerse más atractivo a la plebe.

Publio Clodio, vestido de mujer, entró aquella noche en casa de Cayo Julio César, profanando de forma irremediable los ritos en honor a la Bona Dea. Las fuentes antiguas afirman que Clodio mantenía una relación adúltera con Pompeya, la mujer de César, aunque éste es un punto que nunca ha podido aclararse. Los especialistas no se ponen de acuerdo en si Clodio entró en la casa para mantener relaciones sexuales con su amante aprovechando la ausencia de hombres o si bien fue una absurda travesura de un joven noble despreciando las leyes humanas y divinas y convencido de su invulnerabilidad. Clodio, sin embargo, fue descubierto por una de las mujeres, y tuvo que escapar antes de que César regresara.

El asunto, por supuesto, tuvo una gran trascendencia. No sólo se había cometido el allanamiento de la morada de un magistrado y sacerdote, sino que además se había cometido un grave sacrilegio. Los romanos eran muy estrictos en lo que se refería a mantener la pax deorum, el equilibrio y el respeto a las leyes divinas. Un sacrilegio de las características del que había cometido Clodio era una amenaza para Roma, y debía ser expiado. Aurelia y el resto de mujeres informaron a sus esposos, que de inmediato presentaron una denuncia contra Clodio en los tribunales.

Marco Tulio CicerónLos juicios en Roma, sin embargo, distaban mucho de ser limpios. Clodio era un noble patricio, y su familia, además de poseer una enorme fortuna, tenía conexiones con la mayor parte de los aristócratas que formaban parte de los jurados. Para tratar de defenderse, Clodio afirmó que el día de los ritos de la Bona Dea él no se encontraba en Roma. Sin embargo, Marco Tulio Cicerón declaró en su contra, desmontando la coartada de Clodio. Cicerón no tenía por aquel entonces ninguna enemistad con Clodio, pues ambos habían colaborado el año anterior en la represión de los partidarios de Catilina. Cicerón declaró con honradez, y Clodio nunca se lo perdonó. Años después, cuando Clodio llegó a ser tribuno de la plebe le hizo pagar al desgraciado Cicerón su declaración en el caso de la Bona Dea. Hizo que el orador fuera condenado por haber ejecutado a los cómplices de Catilina sin juicio previo, y logró que fuera enviado al exilio, sus bienes confiscados y su casa destruida.

A pesar de las declaraciones de Cicerón y de diversas mujeres que habían presenciado el sacrilegio cometido, Clodio salió absuelto de todos los cargos. En Roma, una buena bolsa de dinero podía comprar a casi cualquier jurado. Clodio y su familia tenían dinero de sobra para comprar a cualquiera de los hombres encargados de decidir su suerte, de modo que consiguió que su sacrilegio quedara impune. Uno de los escándalos religiosos más importantes de la República romana sólo sirvió para demostrar lo corrupto que era un sistema.

La única víctima de la profanación de los ritos de la Bona Dea fue Pompeya, la mujer de Julio César. Aunque la joven juró y perjuró que ella no había mantenido relaciones con Publio Clodio, el rumor ya se había extendido por una Roma que siempre estaba dispuesta a escuchar y difundir las habladurías que comprometieran la virtud de una matrona noble. Julio César tomó la decisión de divorciarse de Pompeya, para quedar libre de toda sospecha de haber sido víctima de una adulterio. Tal y como le dijo a la joven cuando ésta le pidió explicaciones, la mujer de César no sólo tenía que serlo; tenía que parecerlo.

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