¿Fue real la Guerra de Troya? Arqueólogos e historiadores tras los pasos de Homero

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Aquiles arrastra el cadáver de Héctor frente a las murallas de Troya

La guerra de Troya ha estado presente de manera constante en la cultura occidental a lo largo de los siglos, dejando su impronta en la literatura, el pensamiento, la teoría política y las artes. Incluso durante el Medievo, cuando, perdida la obra homérica junto con el conocimiento de la lengua griega, los eruditos y estudiosos se entregaban con entusiasmo a la lectura de obras tardías y de muy inferior calidad, como los escritos atribuidos a Dictis y Dares o la llamada “Ilíada latina”. Homero volverá a ser leído y estudiado de nuevo desde el siglo XIV gracias a los humanistas, que recuperan el conocimiento del griego antiguo y abren Occidente a las obras perdidas durante siglos. Entre ellas encontraron un lugar prioritario la “Ilíada” y la “Odisea”. La saga troyana, por tanto, llega hasta el mundo contemporáneo llena de fuerza, sin haber perdido ni un ápice de los valores épicos que habían cautivado a la humanidad a lo largo de generaciones. Sin embargo, el nacimiento de la moderna ciencia histórica va a someter a la obra Homérica a unos análisis y juicios a los que había permanecido ajena hasta entonces.

En efecto, durante siglos los relatos de la guerra de Troya habían sido considerados por los estudiosos como totalmente históricos, con el mismo valor que podía tener la obra de Tucídides o Tito Livio. No se cuestionaba que hubiera existido un reino grandioso gobernado por el anciano rey Príamo, ni que este reino hubiera caído tras un largo asedio en manos de un poderoso contingente de tropas aqueas llegadas desde el continente. Incluso los detalles más novelescos, como la relación amorosa de Paris y Helena, la muerte de Patroclo, o el célebre episodio final del caballo, eran aceptados como parte de una sólida tradición histórica. ¿Cómo dudar cuando el mismo Heródoto ofrecía incluso la fecha concreta de 1250 a.C. para la caída de la ciudad y ponía su existencia en el mismo plano de realidad que las Guerras Médicas o la tiranía de Pisístrato?

Hasta comienzos de la Edad Media, los lugares asociados a algún episodio de la leyenda eran objeto de veneración y visitas por parte de numerosos viajeros que buscaban evocar en el paisaje los versos homéricos. Muchas de las naciones que surgieron y se forjaron a lo largo del Medievo imitaron a las ciudades antiguas, incluida la propia Roma, y crearon un pasado propio entroncado con personajes y acontecimientos de la saga troyana. De esta manera, muchas de las crónicas históricas medievales, así como los grandes poemas épicos de exaltación nacional, hundieron sus raíces en la epopeya homérica.

Al surgir la moderna crítica textual y al comenzarse con ella a ser analizadas las fuentes con un nuevo rigor, la obra homérica comienza a cuestionarse en todos sus aspectos, no sólo históricos, sino lingüísticos y literarios. De hecho, será de la mano de la crítica literaria como surgirá la verdadera crítica histórica de los textos homéricos: en 1795, F. A. Wolf publica sus "Prolegomena ad Homerum", donde sostiene la hipótesis de que tanto la Ilíada como la Odisea no podían ser consideradas obras unitarias salidas de la mente de un único poeta, sino retazos de poemas de menos entidad que sólo en el siglo VI a.C. habrían sido recopilados y ordenados de forma unitaria. Surge así la llamada corriente “analítica”, en la cual se basará la crítica histórica. Porque, en efecto, si la Ilíada no es una obra unitaria sino una composición creada a lo largo de los siglos por varios autores, ¿qué puede haber de histórico en sus versos y qué ha sido objeto de la deformación o de la pura creación literaria? Incluso los defensores de la corriente contraria a la opinión de Wolf, los seguidores del llamado “unitarismo”, aceptaban el hecho de que los textos homéricos no podían ser utilizados para reconstruir el mundo del segundo milenio, pues respondían a la visión de un poeta del siglo VIII a.C.

Los que trataban de encontrar, pese a todas las dificultades, elementos históricos en los poemas se apoyaron en los cada vez mayores conocimientos que se poseían sobre la protohistoria de Grecia y la Troade. No resultaba difícil imaginar, según una interpretación evemerista del mito, que el rey de Micenas hubiera emprendido una expedición contra el reino de Troya. La historia del rapto de Helena sólo ocultaría una realidad mucho más prosaica: la lucha por el control de los estrechos hacia el Helesponto y, mediante el mismo, el monopolio del comercio naval en todo el Mediterráneo oriental. A partir de esta realidad histórica, los poetas (o el poeta) habrían creado toda una saga de leyendas en forma de cantos épicos, transmitidos oralmente por los aedos hasta su puesta definitiva por escrito en el siglo VI a.C. Algunos de los héroes, como el rey Idomenéo de Creta, provendrían de otras sagas que habían acabado fundiéndose con la troyana. Otros personajes, como Helena, serían restos racionalizados de antiguos cultos prehelénicos. Estas teorías, muy del gusto de los historiadores de las religiones durante el siglo XIX y las primeras décadas del XX, trataron de racionalizar los poemas homéricos y de acercarlos a lo que se suponía que era una realidad histórica. Sin embargo, más allá de las puras elucubraciones eruditas y de los esfuerzos de la mitología comparada, era muy poco lo que se podía afirmar con rotundidad sobre la supuesta historicidad de la saga troyana según la había narrado Homero.

Dado que los textos generaban tantas polémicas y no servían como base para una argumentación histórica sólida, aquellos que deseaban indagar la realidad latente bajo los poemas homéricos tuvieron que recurrir a otro tipo de fuentes. La arqueología, ciencia que nace también como tal en el siglo XIX, será una de las disciplinas que más aportes (y nuevas polémicas) ofrecerán al estudio de la saga troyana. Ya para los antiguos existían dudas acerca de qué ciudad o qué región escondían los restos de la Troya homérica, pero había una creencia generalizada de que la llamada Ilion por los griegos e Ilium por los romanos era la heredera de la capital del reino de Príamo. Ya en el siglo XVIII el espíritu de la Ilustración y el creciente afán por el coleccionismo de antigüedades llevaron a algunos viajeros a tratar de localizar el asentamiento de este antiguo emplazamiento. En 1785 Lechevalier señaló la colina de Balli Dag, al sur de los Dardanelos, como posible enclave de la ciudad de Ilium, algo que fue confirmado años después por Clarke gracias a significativos hallazgos numismáticos. Sin embargo, las excavaciones realizadas en el asentamiento a lo largo del siglo XIX sólo pudieron demostrar una ocupación del lugar desde el siglo VII a.C., una fecha que estaba muy lejos de llenar las expectativas de los arqueólogos.

Fue Frank Calvert en 1865, tras haber ejercido durante años como cónsul en la zona, quien compró la práctica totalidad de la colina de Hisarlik, cercana a Balli Dag, convencido de que era en aquel yacimiento donde se encontrarían las ruinas homéricas. Él mismo dirigió el comienzo de las excavaciones, con hallazgos muy prometedores que señalaban hacia el éxito de la empresa; sin embargo, motivos financieros personales le obligaron a abandonar las excavaciones.

El millonario alemán Heinrich SchliemannPero es el alemán H. Schliemann quien logró, gracias a una combinación de suerte, entusiasmo y buena propaganda, asociar su nombre de manera definitiva a la historia de la búsqueda arqueológica de Troya. Tras haber triunfado en el mundo de los negocios, Schliemann se entregó a su verdadera pasión: los textos homéricos. Siguiendo los errados pasos de Lechevalier, llegó a la Troade convencido de hallar la ciudad de Príamo en la colina de Balli Dag. Una vez hubo iniciadas las excavaciones en aquel punto, conoció a Calvert, quien le mostró su equivocación y le convenció de continuar con sus propias prospecciones sobre la colina de Hisarlik. Durante diez años, Schliemann hizo importantes hallazgos y puso las bases para el trabajo de numerosos investigadores posteriores. Sin embargo, también fue el culpable de numerosos errores de interpretación que durante décadas constituyeron un considerable lastre para el avance científico de la Arqueología en la Troade. Schliemann no tenía formación arqueológica y su único interés fue el de encontrar en las piedras la justificación de que aquello que los textos homéricos decían era totalmente histórico. Cometió el, por otro lado frecuente, error de emprender una excavación con las fuentes literarias como única guía fiable: si los hallazgos materiales no se ajustaban al texto, éstos, simplemente, se interpretaban de manera forzada o falseada hasta que encajaran con el relato homérico. Otro de sus grandes errores, fruto de la precipitación y el escaso rigor, fue la nula atención que prestó a todos aquellos restos materiales que, a su juicio, no correspondían a las fases homéricas del yacimiento: los estratos correspondientes a la época clásica y romana fueron sistemáticamente ignorados o incluso destruidos por los equipos de excavación. Al final de su vida, Schliemann continuaba convencido de que la segunda fase del yacimiento era la correspondiente a la Troya homérica, movido en su teoría por restos de incendios y destrucciones que él hacía corresponder a la toma de la ciudad por los ejércitos aqueos. La investigación posterior demostraría que también en este aspecto el alemán se había equivocado. Sin embargo, la labor de Schliemann debe juzgarse al margen de sus numerosos errores: el alemán invirtió grandes sumas de dinero en las excavaciones que fueron la base para una posterior investigación científica y rigurosa, y su capacidad para comunicar de manera espectacular sus hallazgos entusiasmaron a varios generaciones de estudiosos que posteriormente dedicaron sus carreras a la Arqueología clásica.

Su sucesor en la dirección de las excavaciones fue W. Dörpfeld, colaborador de Schliemann en algunas de sus campañas, pero con una formación arqueológica mucho más profunda que la de su predecesor. Su gran aporte fue la elaboración de la carta estratigráfica del yacimiento en nueve fases, lo que permitió sistematizar los estudios de los diversos estratos y comenzar a clarificar muchos de los datos obtenidos bajo la dirección de Schliemann. Esta carta estratigráfica se continuó utilizando hasta la actualidad, y sólo fue necesario completarla con matices y subfases que la han ido enriqueciendo a lo largo de las últimas décadas. Gracias a esta nueva guía, Dörpfeld dedujo que la fase llamada Troya VI era la correspondiente a la época micénica, y dado que compartía con su predecesor el convencimiento de la historicidad del texto homérico, dedujo que era en este estrato en el que debían buscarse las evidencias de los poemas épicos. Uno de los elementos que hablan a favor de la profesionalidad de Dörpfeld como arqueólogo y su compromiso con la disciplina es el hecho de que dejó zonas intactas y sin excavar, a sabiendas de que sus sucesores poseerían mejores medios y técnicas que las que él tenía a su disposición para interpretar esas partes del yacimiento.

¿Qué datos llevaron a Dörpfeld a señalar la fase Troya VI como el escenario de la guerra descrita por Homero? En primer lugar, se encontraron numerosos restos de un incendio de considerables dimensiones: cereales carbonizados, paredes sometidas a la acción de las llamas… En segundo lugar, algunos muros, tanto de protección como aquellos correspondientes a estructuras de habitación, aparecían derribados. Para Dörpfeld las conclusiones eran claras: aquellos indicios apuntaban a la caída de la ciudad en manos enemigas tras un cruento combate que terminó con la destrucción parcial de sus edificios. Sin embargo, el análisis empírico de los restos no resiste tal interpretación: no hay en este estrato restos de armas o armaduras, ni restos humanos que hayan sufrido una muerte violenta. Las excavaciones en otros núcleos urbanos que, tras un gran enfrentamiento bélico constatado, continuaron siendo habitadas, han demostrado que siempre quedan restos evidentes de la lucha, un requisito que, como hemos señalado, no se cumple para Troya VI. Investigadores posteriores han quitado valor a las conclusiones de Dörpfeld y han señalado con sólidos argumentos que la causa de la destrucción de Troya VI fue un terremoto de considerables proporciones, algo que no carece de lógica al encontrarse el yacimiento en una zona de fuerte actividad sísmica.

C.W. Blegen retomó las excavaciones en Hisarlik en el año 1932 con un equipo de arqueólogos americanos. Sus investigaciones enriquecieron las de Dörpfeld hasta el punto de llegar a localizar y describir cuarenta y seis subfases sobre las nueve originales. Las conclusiones de Blegen tuvieron un enorme éxito y se convirtieron en una creencia casi canónica: la Troya descrita por Homero correspondería a la fase VIIa. Sus teorías fueron utilizadas por muchos para continuar sosteniendo la historicidad del relato homérico; paradójicamente, estos mismos datos fueron usados por otros para negar cualquier posibilidad de reconstrucción histórica en base a los poemas épicos (Hachmann 1964).

En efecto, la fase Troya VIIa muestra la reconstrucción del núcleo urbano tras el terremoto que asoló la ciudad en la etapa anterior. Pero también esta fase terminó con un enorme incendio, mucho mayor que el Restos arqueológicos en la colina de Hisarlikanterior, del cual han quedado numerosos restos. En esta ocasión sí se han documentado esqueletos humanos, muchos de los cuales muestran evidencias de una muerte violenta, así como puntas de bronce correspondientes a flechas y lanzas. Otros hallazgos, como una pareja de tumbas de determinadas características o lo que parecen ser depósitos de piedras para ser utilizadas como proyectiles, han servido para reforzar las hipótesis de que Troya VIIa cayó bajo una invasión proveniente del exterior, lo cual, una vez más, casaría a la perfección con el relato homérico. Sin embargo, en demasiadas ocasiones los mismos datos arqueológicos pueden sustentar conclusiones totalmente contradictorias dependiendo de quien los interprete: según algunos investigadores, los cuerpos y las armas no son suficientes para documentar una invasión violenta, sino que pueden responder perfectamente a la acción destructiva de un gran incendio fortuito que haya causado una gran mortandad al coger desprevenida a la población. Los restos de armas no serían, según éstos, más que los propios arsenales presentes en cualquier ciudad antigua.

Desde 1988 las excavaciones en la colina de Hisarlik han continuado bajo la dirección de Manfred Korfmann, con un equipo formado por representantes de universidades alemanas y norteamericanas. Aunque sus métodos y sus objetivos han superado por completo las antiguas polémicas sobre la historicidad o no del relato homérico, Korfmann no ha podido sustraerse del todo a esta cuestión, hablando, no sin cierta ambigüedad, de diversas “guerras de Troya”. En efecto, son varios los estratos que presentan evidencias de destrucción e incendios, y, en concreto, las encontradas en la fase Troya VIIa, son atribuidas por Korfmann a la llegada de invasores provenientes de los Balcanes. D. Hertel, por el contrario, en un análisis que ha retomado elementos de las excavaciones de Dörpfeld y Blegen, ha negado con rotundidad que se pueda hablar de cualquier tipo de invasión por parte de elementos micénicos, ya sea en la fase Troya VI o en la fase Troya VIIa (Hertel 2003).

No podemos dejar de señalar, por lo novedoso de su metodología y el impacto que tuvieron sus conclusiones, las aportaciones realizados por Moses I. Finley a la cuestión de la historicidad de los relatos homéricos. Tras un análisis detallado de los elementos culturales y sociales presentes en los poemas y el tratamiento que reciben por parte de Homero, concluye que es muy poco lo que puede considerarse como herencia del mundo micénico. El mundo que retrata el poeta no es otro que aquel en el que él mismo vivó, un mundo de aristócratas, previo al surgimiento de las ciudades arcaicas, pero posterior a las grandes estructuras palaciales propias de la Edad del Bronce.

La búsqueda de pruebas que pudieran demostrar o negar la historicidad de los relatos homéricos no han venido únicamente de la mano de las disciplinas propias del Mundo Clásico. Una de las hipótesis más interesantes y que más controversia ha suscitado, surgió de los estudios lingüísticos y arqueológicos sobre la cultura hitita. En plena Edad del Bronce, en las fechas en las que los autores antiguos situaron el desarrollo de la guerra de Troya, las ciudades hititas generaron grandes cantidades de documentos escritos. No resultaba en absoluto descabellada la idea de que un reino supuestamente tan poderoso como el de Príamo hubiera dejado algún resto o referencia en los documentos hititas. En algunos textos fragmentarios, el “Tratado de Alaksandus” y la “carta de Manapa-Tarhundas”, se hacía mención a la ciudad de Wilusa, nombre que fue puesto en relación fonética con la forma Ilios. Sobre esta base se han tratado de reconstruir supuestas relaciones entre el reino hitita en diversas épocas y la ciudad de Laomedonte, todas ellas teniendo en cuenta débiles argumentos fonéticos y lingüísticos, muchos de los cuales han acabado mostrándose como insostenibles.

Las excavaciones en la colina de Hisarlik continúan abiertas en la actualidad, combinándose con nuevos análisis de los restos hallados en anteriores campañas. Sin embargo, pese a los enormes pasos que la ciencia arqueológica ha dado en los últimos años, ningún estudioso ha conseguido aportar pruebas, ni sobre la historicidad del relato homérico, ni sobre la negación absoluta de su base histórica. Mientras tanto, las publicaciones se siguen sucediendo, y aunque nadie haya encontrado restos de Aquiles ni de Héctor entre las ruinas, nuestro conocimiento sobre la sociedad, la cultura y la vida en la Troade antigua continúan aumentando.

El debate sobre la historicidad de la Ilíada y la Odisea parece haberse enfriado en los últimos tiempos, considerado un asunto menor y secundario frente a los complejos análisis en modernos laboratorios de los restos ya conocidos y aquellos que continúan apareciendo. Los arqueólogos de todas las nacionalidades han cambiado sus conocimientos de griego clásico por el dominio de las nuevas técnicas de prospección, datación y conservación, propias del campo de las ciencias y totalmente fuera del campo de estudio de los humanistas. Ya no se excava con Homero en la mano izquierda y la escobilla o la pala en la derecha. El viejo sueño de encontrar el escudo de Ayax o la lanza de Diomedes parece haberse esfumado.

Sin embargo, los poemas homéricos continúan siendo fuente de inspiración para artistas, poetas y cineastas, que acuden, incluso sin ser conscientes de ello, a sus versos para componer sus propias obras. Homero está tan dentro de nosotros, tan profundamente enraizado en nuestra cultura, en nuestros sentimientos, que ni las más modernas técnicas de excavación ni las más audaces teorías históricas podrán nunca arrancarnos el sueño de cientos de generaciones que, en algún momento de sus vidas, han luchado bajo las puertas Esceas o han buscado Ítaca mientras oteaban el horizonte.

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