Marco Tulio Cicerón

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BIOGRAFÍA Y LABOR POLÍTICA

Busto de Marco Tulio CicerónMarco Tulio Cicerón representa como ningún otro la unión entre un autor literario de calidad deslumbrante y un político de enorme influencia en el devenir histórico de la República romana. Por este motivo, Cicerón merece un puesto de excepción, tanto en los manuales de historia de la literatura latina como en los tratados de teoría política romana.
Cicerón nació en la ciudad latina de Arpino en el 106 a.C., un año antes de Cayo Mario desempeñara el primero de sus siete consulados. Los Tulios de Arpino eran una familia del ordo equester que había desempeñado altos cargos de la administración municipal, pero que jamás habían logrado dar el salto a la gran política de Roma. El padre de Cicerón logró, sin embargo, que sus dos hijos, Marco y Quinto, se educaran en Roma desde niños compartiendo aprendizaje y vivencias con los hijos de la alta aristocracia de la Urbe. Aunque sabemos muy poco de la infancia y la primera juventud de Cicerón, él mismo nos cuenta en sus escritos que aprendió retórica y teoría política de la mano de algunos de los mejores oradores de su tiempo, Mucio Escévola, Marco Craso y Marco Antonio el Orador.
Tras desempeñar algunas magistraturas menores y haber cumplido un corto y poco glorioso servicio militar durante los años de la Guerra Itálica, Cicerón alcanzó la primera magistratura de importancia en su cursus honorum, la cuestura. Como cuestor, Cicerón sirvió a las órdenes del gobernador de Sicilia, desempeñando su labor de forma pulcra y honrada, y logrando con ello una gran red de clientes en esta isla. Gracias a su relación con los sicilianos, Cicerón logró su primera gran victoria judicial como abogado y orador en el proceso contra Cayo Verres, antiguo gobernador de Sicilia que había expoliado la isla y a sus habitantes durante su mandato.
Su buena labor como cuestor y, ante todo, su creciente fama como abogado y orador, le valieron la obtención de las siguientes magistraturas. De su año como edil sabemos que Cicerón se mostró un administrador riguroso y poco dado a los gastos innecesarios, aunque esto le acarreara fama de ávaro. Como pretor, el Arpinate se puso al servicio de uno de los hombres más poderosos del momento, Cneo Pompeyo, una relación beneficiosa que cultivó y trató de conservar a lo largo de toda su vida. Fue en el año de su pretura cuando Cicerón escribió su discurso en defensa de la propuesta de ley del tribuno Manilio, que trataba de conseguir para Pompeyo un mando en la guerra contra Mitrídates, rey del Ponto y principal enemigo de Roma desde décadas atrás.
En el año 64 a.C., Cicerón acometió una de las más arduas empresas políticas que emprendería en su vida: la obtención del consulado. Para un hombre como Cicerón, que no podía presumir de contar entre sus ancestros con ningún nombre que hubiera alcanzado la categoría de cónsul, ser elegido para dicha magistratura era un objetivo casi imposible. Muy pocos homines novi habían conseguido la proeza de ser los primeros de su familia en alcanzar el consulado. Sin embargo, Cicerón contaba con su prestigio como abogado y orador, con una extensa red de clientes entre la plebe de Italia y las provincias, y, ante todo, con el apoyo de Cneo Pompeyo Magno. Con estas credenciales, Cicerón presentó su candidatura y, contra todo pronóstico, fue elegido como primer cónsul para el año 63 a.C.
El principal problema al que tuvo que hacer frente el cónsul Cicerón fue un intento de golpe de estado conocido como la Conjura de Catilina. Lucio Sergio Catilina era un aristócrata empobrecido que, tras haber intentado varias veces ser nombrado cónsul de forma infructuosa, organizó una trama para hacerse con el poder en la que estaban implicados algunos nobles y caballeros. Cicerón supo de la existencia de esta conjura por medio de varios confidentes, gracias a los cuales el cónsul pudo actuar para evitar que ésta lograse sus objetivos. El primer paso de Cicerón consistió en denunciar ante el Senado las intenciones de Catilina, para lo cual compuso y pronunció una serie de discursos, sus célebres Catilinarias, mediante los cuales denunció las intenciones de los golpistas. Catilina escapó de Roma y logró ponerse al frente de un ejército; otros de sus cómplices no tuvieron tanta suerte y fueron arrestados y ejecutados por orden del cónsul Cicerón. Las tropas de Catilina fueron finalmente derrotadas por un ejército dirigido por el otro cónsul, Marco Antonio Híbrida, con lo que la conjura quedó abortada. Cicerón llegó en este momento a la cúspide de su gloria, siendo saludado como padre de la patria por el resto de senadores.
Poco duró, sin embargo, la gloria de Cicerón. Una vez abandonó el consulado, todos sus enemigos trataron de hacerle caer en desgracia. Publio Clodio, un aristócrata que había cimentado su carrera política en el populismo y el apoyo de la plebe, logró que Cicerón fuera condenado al exilio en el año 58 a.C., acusado de haber condenado a muerte a los partidarios de Catilina sin dejar que éstos fueran juzgados previamente. El exilio supuso la experiencia más amarga para un hombre que, como Cicerón, había basado toda su felicidad en su carrera política. Además de conseguir su alejamiento de la ciudad, Publio Clodio logró que las propiedades de Cicerón fueran confiscadas: su casa en el Palatino fue destruida, varias de sus fiincas arrasadas y sometidas al pillaje. En estas circunstancias, lejos de su familia, lejos de sus amigos y, ante todo, lejos de Roma, Cicerón languideció en varias localidades de Grecia y Oriente hasta que el Senado revocó la condena y el Arpinate pudo regresar a la Urbe.
En los años que siguieron a su vuelta del exilio, Cicerón trató sin éxito de recuperar su papel de primera figura política. Pese a sus esfuerzos, el tiempo de los oradores había pasado, y eran ya los grandes generales, con César y Pompeyo al frente, los que marcaban la pauta política. El Arpinate ocupó cargos de importancia menor, como el de gobernador de Cilicia, pero nunca logró que su influencia volviera a ser la misma.
Al poco tiempo del de Cicerón regreso de Cilicia, estalló la guerra civil entre César y Pompeyo. El orador tardó un tiempo en tomar partido debido a que le unían lazos de amistad con ambos generales. Finalmente, el hecho de que la mayoría de los senadores hubiera abrazado la causa de Pompeyo hizo que Cicerón diera la espalda a César y partiera de Roma para unirse a los ejércitos pompeyanos. No fue la suya, sin embargo, una decisión firme, pues en todo momento se mostró disconforme con la marcha de los acontecimientos. Tras la batalla de Farsalia, en la que las tropas de César derrotaron a las de Pompeyo, Cicerón regresó a Roma, confiando en que el vencedor le concediera su perdón.
César, como vencedor de la guerra civil, inició en este momento un proceso de acumulación de poderes que repugnó a muchos aristócratas romanos, temerosos de que la República romana acabara convertida en una monarquía. Pese a ser un republicano convencido, Cicerón no hizo causa activa contra la dictadura de César, limitándose a mostrar su desacuerdo en el ámbito de la intimidad, en sus cartas privadas y en reuniones con sus amigos. Cuando un grupo de aristócratas encabezados por Bruto y Casio tramaron el asesinato de César, dejaron a Cicerón al margen, pues no confiaban en su carácter dubitativo y poco seguro. Es muy probable, por tanto, que el asesinato de César cogiera a Cicerón por sorpresa, algo que no le impidió apresurarse en alabar con todas sus fuerzas a los aristócratas que habían acabado con el tirano.
Tras el asesinato de César comienza el último periodo de la vida de Cicerón. La muerte de la mayoría de senadores ancianos, bien por vejez, bien por causa de la guerra civil, hacía del Arpinate uno de los nobles romanos con más experiencia en la política republicana, un papel del que el propio Cicerón era muy consciente. Pese a sus esfuerzos por lograr que las instituciones de la República volvieran a su funcionamiento habitual, la guerra civil no tardó en volver a estallar, esta vez entre los herederos de César y sus asesinos. Mientras en el anterior conflicto Cicerón había mostrado una actitud poco decidida, en esta ocasión el Arpinate se puso a la cabeza de quienes defendían la legalidad republicana, representada, a juicio del orador, en Bruto y Casio, los asesinos de César. Cicerón puso en este momento toda la Cicerón ante el Senadofuerza de su oratoria al servicio de la República, y para ello atacó al que consideraba el mayor enemigo de la libertad de Roma, el general Marco Antonio. En sus célebres Filípicas, Cicerón atacó a Antonio por su crueldad, por sus vicios, por su ambición y por su negativa a licenciar unas tropas que eran una amenaza constante para la República. Estos discursos contra Marco Antonio representan el momento de máximo esplendor de la oratoria latina, además del canto de cisne de Marco Tulio Cicerón.
La suerte, sin embargo, no sonrió al Arpinate. En la batalla de Filipos se enfrentaron las tropas de los herederos de César, con Antonio y Octaviano al frente, con los ejércitos de Bruto y Casio. Estos últimos fueron derrotados, y Roma quedó en manos de los cesarianos. La primera medida que tomaron los nuevos amos de Roma fue la publicación de unas listas de enemigos a los que había que eliminar. Marco Antonio se aseguró de que el nombre de Cicerón apareciera el primero de la lista. El orador trató de escapar de Italia, pero una vez más su carácter dubitativo le impidió llegar demasiado lejos. Los hombres de Antonio le dieron alcance a pocos días de marcha desde Roma. Cicerón fue ejecutado; su cabeza y sus manos fueron enviadas a Antonio para que las exhibiera en el Foro como un trofeo de guerra personal.
De este modo terminó sus días Marco Tulio Cicerón. Su nombre, sin embargo, perduró en las generaciones posteriores como símbolo de lucha por la libertad y contra la tiranía.

CICERÓN COMO ORADOR. LOS DISCURSOS.

Aunque la obra de Cicerón abarcó muchos géneros, fue la oratoria el que le llevó a sobresalir entre sus coetáneos y el que le sitúa hoy en un puesto de excepción en el marco de la literatura universal. Conservamos un total de cincuenta y ocho discursos de Cicerón, de forma íntegra o casi íntegra, aunque tenemos noticias y fragmentos de muchos otros que, por desgracia, se han perdido de forma aparentemente definitiva.
El estilo retórico de Cicerón es uno de los más cuidados y pulidos de toda la retórica latina. En ellos, el orador pone en práctica todos los principios desarrollados por la oratoria griega: división del discurso en partes muy marcadas, adecuación del tono y los periodos sintácticos a cada una de las partes...
Podemos diferenciar sus discursos en privados (aquéllos que pronunció para defender causas particulares como abogado) y políticos (aquéllos que pronunció ante alguna asamblea o comicio).

-Discursos privados

Cicerón logró desde muy joven una notable fama como abogado, un trampolín desde el que pudo saltar, no sin dificultades, a lo más alto de la política romana. Al comienzo de su carrera, la primacía en cuanto a la oratoria forense la tenía Hortensio, pero muy pronto el joven Cicerón eclipsó a este aristócrata y se convirtió en el letrado más prestigioso y deseado por los ciudadanos que tenían que defender una causa ante los tribunales. La preferencia de Cicerón fue siempre actuar como abogado defensor, un papel en el que se sentía más a gusto que en el de fiscal de la acusación. Por este motivo, la mayoría de los discursos que hemos conservado son defensivos. Sólo al comienzo de su carrera o cuando los lazos personales o las obligaciones políticas le llevaron a ello, Cicerón aceptó ejercer el papel de acusador, un papel en el que, incluso contra su voluntad, alcanzó grandes éxitos.

In Verrem

Una serie de discursos que supusieron el salto definitivo a la fama de Cicerón como abogado y como orador. Tras haber ejercido con honradez y entrega el cargo de cuestor en Sicilia en el año 76 a.C., Cicerón se ganó en la isla una gran red de clientes y amigos. Por este motivo, cuando los sicilianos llevaron a los tribunales al gobernador Cayo Verres, eligieron a Marco Tulio Cicerón para que representara sus intereses. El encargo era todo un reto, habida cuenta de que Verres formaba parte de la aristocracia más poderosa surgida tras la dictadura de Sila y que el encargado de defenderle era Hortensio, el mejor orador de su tiempo. Sin embargo, el joven Cicerón supo doblegar con la fuerza de su oratoria todos estas dificultades, logrando que Verres perdiera el proceso y aumentando de este modo su propio prestigio. De los cinco discursos que hemos conservado, no todos llegaron a pronunciarse, pues la causa de la defensa, abrumada ante la gran cantidad de pruebas que Cicerón presentó en sus primeras intervenciones, decidió retirarse como mal menor que atenuara la condena de Verres.

Pro Milone

Una de las piezas oratorias más conocidas y de más perfecto acabado de toda la obra de Cicerón. Milón era un aristócrata conservador que había decidido oponerse al populista Clodio con sus mismas armas: reclutamiento de bandas y enfrentamientos callejeros para desestabilizar la situación en Roma. Tras numerosas luchas, se produjo un encuentro fortuito entre Clodio y Milón, acompañados de sendos séquitos armados. En la lucha que siguió al encuentro, Clodio perdió la vida, y Milón fue acusado de su muerte. Cicerón, satisfecho al ver que su antiguo enemigo había sido suprimido, se apresuró a defender al promotor del asesinato poniéndose a su servicio como abogado. Sin embargo, la situación en distaba mucho de ser idónea para que se desarrollara un juicio limpio sin presiones. El clima de violencia obligó a Pompeyo a ocupar con sus tropas los principales puntos de la ciudad, y fue en ese contexto en el que se celebró el juicio. Cicerón intentó en su discurso poner de relieve la inocencia de su defendido, algo complejo habida cuenta de que todos los indicios apuntaban a su implicación directa en la muerte de Clodio. El juicio se saldó con la condena de Milón, aunque para entonces el aristócrata ya había partido al exilio.
Cicerón fracasó en su objetivo de salvar a Milón de la condena, pero consiguió elaborar para ello uno de sus más cuidados y célebres discursos. El Pro Milone que nosotros conocemos es, de hecho, una reelaboración del discurso original pronunciado ante los tribunales, un texto en el cual Cicerón pudo poner todo su arte retórico con calma y tiempo. El propio Milón al leer aquel discurso desde el exilio exclamó que, de haber sido aquella versión la pronunciada, él mismo continuaría sin duda en Roma.
Discursos cesarianos
Bajo este nombre suelen agruparse los discursos que Cicerón pronunció durante el tiempo de la dictadura de César, un periodo durante el cual el Arpinate se retiró de la vida política. Sólo rompió su retiro para interceder ante el dictador por algunos de sus amigos condenados o en riesgo de serlo, como era el caso de Marcelo, aristócrata en el exilio por haber apoyado a Pompeyo en la guerra civil, o el rey Deyotaro, monarca oriental que se había opuesto a César durante a contienda.

-Discursos públicos

De lege Manilia

Siendo Cicerón pretor, se debatió en Roma la necesidad de entregar a Cneo Pompeyo un mando extraordinario para acabar con la guerra que enfrentaba desde décadas atrás a Roma con el rey del Ponto Mitrídates VI. Tal concesión era defendida por una propuesta de ley llevada a la asamblea por el tribuno de la plebe Manilio, uno de los hombres de Pompeyo en Roma. Cicerón aprovechó esta ocasión para congraciarse con el general y su círculo de influencia, y pronunció un largo discurso en el que alababa los éxitos de Pompeyo y la necesidad de que la República le concediera todo cuanto éste necesitara para acabar con la guerra en Oriente. En su discurso, Cicerón desgrana toda una serie de argumentos: la necesidad de defender las ricas provincias orientales, la perfidia de Mitrídates, la incapacidad de los generales que hasta el momento habían dirigido las campañas... El resultado de este genial discurso fue la aprobación de la ley Manilia, la concesión a Pompeyo del mando en la guerra contra Mitrídates y la entrada definitiva de Cicerón en el círculo de los políticos pompeyanos.

De lege agraria I-III

Al comienzo de su consulado, Cicerón tuvo que hacer frente a una propuesta de ley que amenazaba uno de los que para él eran los principios básicos de la República: la integridad del erario público. Un tribuno de la plebe, Servilio Rulo, pretendía hacer aprobar una ley agraria según la cual se repartirían entre la plebe las tierras de ager publicus que quedaban en manos de Roma. Cicerón consideraba que cualquier ley agraria era un atentado contra el Estado y contra la propiedad privada, motivo por el cual puso todo el poder de su oratoria contra la rogatio del tribuno de la plebe. El resultado son tres discursos (hemos perdido alguno de los que conformaba el total de los pronunciados), ante el pueblo y ante el Senado, en los que Cicerón demuestra su maestría a la hora de adaptar sus argumentos al público que conformaba su auditorio. El resultado fue la retirada de la propuesta de ley y un fortalecimiento considerable de la autoridad del cónsul.

Cicerón denuncia ante el Senado la conjura de CatilinaIn Catilinam I-IV

El momento álgido del consulado de Cicerón llegó con el descubrimiento de la conjura de Catilina (ver biografía). Ante la amenaza que pendía sobre la República, el cónsul utilizó sus discursos para hacer ver a los senadores la necesidad absoluta de actuar de forma enérgica contra los conjurados para evitar que estos redujeran a cenizas la ciudad de Roma. En sus cuatro discursos contra Catilina, Cicerón va desgranando la perfidia de este personaje junto con sus intenciones criminales. El resultado fue la huida de Catilina para reunirse con las tropas que le aguardaban al norte de Roma y la inmediata detención y condena a muerte de sus principales seguidores. Gracias a esto, Cicerón fue saludado como salvador de Roma y padre de la patria. Los discursos contra Catilina se cuentan entre las piezas más célebres de toda la literatura latina, hasta el punto de que varias generaciones de estudiantes aprendieron sus primeros rudimentos de latín sobre este texto, hoy considerado ya un clásico inmortal.

Discursos tras el regreso del exilio

Como hemos detallado en su biografía, Cicerón sufrió un duro exilio debido a las maniobras de Clodio para apartarlo del poder. Acusado de haber condenado a muerte a ciudadanos romanos sin juicio previo, el Arpinate fue condenado a abandonar Roma e Italia durante un periodo indeterminado de tiempo, y sólo la caída de Clodio permitió que se facilitara su regreso. Durante su ausencia, sin embargo, sus enemigos habían logrado confiscar todos sus bienes, y entre ellos el más preciado, su casa del Palatino. Clodio había ordenado derribar la casa de Cicerón y construir en su lugar un templo dedicado a la diosa Libertad. Tras su regreso, el orador hizo grandes esfuerzos para que sus bienes le fueran restituidos, y para ello pronunció varios discursos sobre diversos temas, ante el Senado y ante las asambleas.

Filípicas

Los catorce discursos conocidos como "Filípicas" suponen el momento cumbre de la producción retórica de Cicerón. Nunca antes, el Arpinate había estado tan a la altura de las circunstancias históricas ni había puesto tanta energía en una causa como la que desarrolló en estos tiempos. Las "Filípicas" son los discursos que Cicerón pronunció para atacar a Marco Antonio después de que éste tratara de monopolizar en su favor la herencia de César para asegurarse una parcela de poder en la República. Su nombre proviene de la semejanza de estos discursos con los pronunciados por el orador ateniense Demóstenes en los que atacaba al rey Filipo de Macedonia en el siglo IV a.C. En esta ocasión, sin embargo, la oratoria de Cicerón so sirvió para salvarle ni a él ni a la República romana. El joven Octavio, que se había puesto en un primer momento del lado de Cicerón, le traicionó y firmó una alianza con Marco Antonio y Lépido, formando el llamado "segundo triunvirato". La unión de estos tres personajes les llevó a hacerse con todo el poder en Roma y a poder desatar a su capricho una cruel represión contra sus enemigos. Antonio no olvidó las acusaciones e insultos vertidos contra él en las Filípicas, y se aseguró de que el nombre de Cicerón figurara el primero en una larga lista de personas que debían ser ejecutadas.

OBRAS TEÓRICAS Y FILOSÓFICAS

En su obra filosófica, Cicerón apenas hace ningún aporte original. El Arpinate se limita a hacer una síntesis personal de los principios de diversas corrientes de la filosofía helenística, especialmente el platonismo, mientras critica las posturas extremas de los epicúreos y los estoicos. El mérito de Cicerón en el campo de la filosofía consiste en su capacidad para adaptar a la lengua latina conceptos complejos que no tenían modo de ser expresados antes de él, una labor que resultó fundamental para el desarrollo de la filosofía posterior y, ante todo, del cristianismo occidental.

Las obras teóricas de Cicerón son un intento de reflexionar acerca de sus principales obsesiones vitales: la política y la oratoria. A la oratoria le dedicó un gran número de obras, comenzando a reflexionar acerca de este tema desde muy joven. A la política le dedicó una gran obra que, por desgracia, hemos perdido en gran parte, el De Republica, así como un diálogo dedicado al sistema legislativo y jurídico romano, el De legibus.

De Republica

En esta obra, Cicerón sigue en su línea habitual de copiar el estilo literaria y discursivo de Platón. Como el ateniense había hecho en su "República", Cicerón simula un diálogo ficticio en el que Escipión Emiliano y los miembros de su círculo debaten acerca de cuál es la mejor forma de organizar el Estado. Por desgracia, no es mucho lo que hemos conservado de esta obra, sin duda una de las más interesantes de Cicerón. Uno de sus pasajes adquirió gran celebridad durante la Edad Media y por este motivo se salvó de la desaparición: el llamado Sueño de Escipión. En él, Escipión Emiliano cuenta un sueño en el que se le aparece su antepasado (por adopción), Escipión Africano y las revelaciones que éste le hace acerca del futuro de la República romana.

De legibus

El diálogo "De legibus" muestra una conversación ficticia entre el propio Cicerón, su hermano Quinto y su gran amigo Ático. El tema del debate es el espíritu de las leyes romanas, la forma en la que éstas son aprobadas por las asambleas, la influencia del Senado, los poderes de los magistrados, la legitimidad de las diversas instituciones... Gracias a esta obra conocemos una gran cantidad de detalles acerca de las formas de gobierno y las leyes en la República romana, así como de la mentalidad que subyacía bajo las mismas.

De finibus bonorum et malorum

En esta obra, Cicerón reflexiona sobre cuestiones éticas a la luz de las principales corrientes filosóficas de su tiempo, fundamentalmente el epicureísmo, que él mismo despreciaba, el estoicismo y las el platonismo.

De officiis

El más personal de todos los libros filosóficos de Cicerón y aquel en el que refleja más de sus propias reflexiones. Lo escribió en un momento especialmente fecundo de su vida: los últimos meses del año 44 a.C. Tras el asesinato de César, Roma se vio inmersa en un nuevo conflicto civil, y fueron muchos los que se volvieron en busca de una figura política con experiencia que guiara a la República en ese trance. Fue el momento que Cicerón había esperado durante años. Mientras pronunciaba sus Filípicas para denunciar las intenciones tiránicas de Marco Antonio, el Arpinate escribió esta obra filosófica, su legado final. En ella reflexiona sobre la virtud desde el punto de vista teórico y sobre cómo estos principios deben aplicarse en la práctica.

Cato Maior De senectute

Cicerón nunca ocultó su admiración hacia la figura de Catón el Viejo, un romano severo y estoico que consagró su vida a servir la República y a cultivar sus tierras según el modelo de virtud del hombre arcaico. Tomando a Catón como ejemplo, Cicerón traza un panorama de las ventajas de la vejez frente a la juventud, una obra que busca ser un consuelo para aquellos que ven que sus fuerzas se marchitan y su vigor físico desaparece.

Laelius de amicitia

Un tratado sobre la amistad desde el punto de vista romano, entendida como una relación social entre iguales que deciden darse un apoyo mutuo en la vida privada y en la pública. Como protagonista del diálogo, Cicerón escoge a Cayo Lelio, que en presencia de sus dos yernos, Fanio y Escévola, va desgranando su propia visión de la amistad en base a la que fue su relación con el gran Escipión Emiliano.

De natura deorum

En este diálogo, Cicerón reflexiona acerca de la religión desde el punto de vista de los epicúreos, representados por Cayo Coya, y los estoicos, representados por Lucilio Balbo. Al modo de los diálogos platónicos, Cicerón deja que los dos personajes desgranen sus argumentos para después pasar a rebatirlos y llegar a una conclusión final.

De divinatione

Un pequeño tratado escrito en los primeros meses del año 44 a.C., una época en la que la dictadura de César obligó a Cicerón a retirarse de la vida pública para evitar enfrentarse de forma directa con el que él consideraba un tirano. En esta obra, Cicerón defiende la posibilidad real de que los sacerdotes puedan adivinar el futuro por diversos medios, ya sea el análisis del vuelo de las aves, de las entrañas de las víctimas sacrificadas o de determinados sueños.Busto de Marco Tulio Cicerón

De oratore

En este tratado, escrito también en forma de diálogo ficticio situado en el 91 a.C., Cicerón habla de cómo debe ser la educación de un orador y reflexiona acerca de los principios morales que éste debe seguir para hacer buen uso de la retórica.

Orator

El último de los escritos de retórica que escribió Cicerón. En él, el Arpinate hace una introducción acerca de las diversas fases de creación de un discurso, para después, tras una petición ficticia de Marco Junio Bruto, pasar a describir las cualidades que deberían adornar al orador perfecto.

Brutus

Este pequeño tratado es una joya para la reconstrucción de la historia de la retórica en Roma. En él, Cicerón hace un corto relato cronológico en el que habla de los mejores oradores de cada generación, desde los orígenes del discurso en Roma hasta sus propios días. Gracias a esta obra hemos conservado numerosos datos biográficos de personajes muy importantes en la historia de la República romana.

LAS CARTAS

Las cartas de Cicerón son una de las grandes joyas que nos ha legado la Antigüedad. Aunque no conocemos con exactitud el proceso de su conservación, es muy probable que éstas comenzaran a circular publicadas desde la misma muerte del Arpinate, y que el responsable de su publicación no fuera otro que su gran amigo Ático. Perdidas durante toda la Edad Media, su recuperación fue uno de los mayores aciertos de los humanistas italianos.
Si en los discursos y obras teóricas encontramos al Cicerón político y al personaje público, en sus cartas descubrimos al ser humano. Al amigo que sufre por la traición, al padre preocupado por la suerte de sus hijos, al suegro desesperado por la actitud de su yerno. Encontramos a un Cicerón tan humano que es contradictorio, mezquino en ocasiones, tierno muy a menudo, iracundo y testarudo. Es en las cartas donde late la verdadera esencia del hombre que fue Cicerón.
Las cartas han sido agrupadas para su edición y publicación dependiendo de su destinatario.

-16 libros de Epistulae ad Familiares, escritas a un gran número de amigos, conocidos y clientes de todo tipo entre los cuales se cuentan algunos de los más importantes personajes de la historia de la República romana, como Pompeyo y César. Los datos que encontramos en estas epístolas resultan esenciales para entender el juego político de los años que van desde el consulado de Cicerón hasta su muerte a manos de los esbirros de Marco Antonio.

-16 libros de Epistulae ad Atticum, dirigidas a su gran amigo Pomponio Ático. Este personaje, un acaudalado caballero que renunció a la vida política en aras de una vida tranquila y próspera, fue el gran confidente de Cicerón, el receptor de sus cartas más sinceras y desgarradas. En el amargo trance del exilio, fue Ático quien recibió las quejas y reproches más amargos por parte de Cicerón. Tras la muerte de su hija Tulia, Ático fue el oído siempre dispuesto a escuchar los lamentos de un padre destrozado. Choca observar que, si es cierto que fue Ático el que publicó las cartas de Cicerón, en estas epístolas encontremos la intimidad de un Cicerón que difícilmente habría dado su consentimiento a la publicación de tan delicados documentos. Dado que no conservamos las respuestas de Ático, es probable que él mismo las destruyera para salvaguardar su posicionamiento político en una época tan controvertida como fueron los inicios del principado de Augusto.

-3 libros de Epistulae ad Quintum fratrem, dirigidas a su hermano Quinto Tulio Cicerón. Aunque la relación entre ambos pasó por momentos difíciles, Quinto siempre mantuvo un profundo respeto hacia la figura de su hermano Marco. Las cartas entre ambos hermanos muestran una tierna complicidad de dos políticos que se intercambian consejos y advertencias, aunque fuera siempre el mayor el que tuviera la última palabra. Especialmente difícil fue para Quinto la decisión de abandonar a César, junto al que había luchado en la Galia, para seguir a su hermano en pos de Pompeyo. Esta situación generó no pocos enfrentamientos entre ambos, enfrentamientos que quedaron plasmados en su intercambio epistolar.

-9 libros de Epistulae ad Marcum Brutum, con Bruto, el asesino de César, como su destinatario. Entre este personaje y Cicerón se desarrolló una profunda amistad basada en el respeto que el primero sentía por el orador. No se oculta, sin embargo, que estas relaciones no fueron siempre tan estrechas, pues en la época en la que Cicerón fue gobernador de Cilicia tuvo que parar los pies a Bruto para evitar sus abusos sobre algunas poblaciones orientales.

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