Amantes de los libros; culpables de su muerte

Luis Manuel López | Artículo | 16/03/2014 - 23:47Comenta

Feria del libro de MadridHace apenas un mes, la Asociación de Editores de Madrid hizo públicas las cifras catastróficas del sector del libro en España. La venta de libros descendió un 13% respecto a las cifras de 2012, un año en el que a su vez se había registrado una caída de más del 10% respecto al anterior. Estos datos revelan la existencia y agudización de una profunda crisis en el sector que debería preocupar a todos los que amamos la cultura. Si se dejan de vender libros, las editoriales dejarán de pagar por ellos. Y si las editoriales no pagan, el autor no vive. Es cierto que el fenómeno de la autoedición, tanto en papel como en formato digital, está despegando con fuerza en todo el mundo, creando un nuevo marco de relación entre el autor y el lector que amenaza con prescindir de los abusos de los intermediarios para lograr un beneficio real que recaiga casi íntegro en el escritor. Sin embargo, este es un sistema que apenas acaba de iniciar su andadura, y sospecho que pasará mucho tiempo antes de que llegue a consolidarse como una alternativa real al poder de las editoriales. Estamos por tanto ante una situación compleja en la que todos, y este todos nos incluye a los lectores, debemos analizar nuestra parte de culpa.

Resulta muy cómodo echar la culpa de esta caída de ventas a instituciones externas al lector y comprador potencial. Resulta cómodo porque en gran medida es una culpa muy cierta. Las editoriales y distribuidoras cobran precios abusivos y dejan al autor un ridículo margen de beneficios. Un gobierno que considera la cultura un bien de lujo y la grava con unos impuestos extremadamente altos que no tienen parangón en ningún otro país occidental. Sin duda este tipo de factores inciden en la caída de la venta de libros, y muy probablemente sean las causas mayoritarias. En un tiempo de crisis en el que una gran parte de la población apenas tiene para vivir, ¿quién puede permitirse el gasto que supone comprar un libro cada cierto tiempo?

Como digo, quedarnos en este punto del análisis sería muy cómodo y autocomplaciente. Pero también simplista y cínico. ¿Qué porcentaje de culpa tenemos los lectores en esta caída de las ventas? Lo que diré a continuación no resultará popular, y será criticado por muchos, pero considero que no es un análisis exagerado. Somos nosotros mismos, los grandes lectores, los amantes de la cultura, los que estamos contribuyendo a destruir la industria del libro. Hablar de la piratería resulta, aunque manido, obligatorio en este caso. Un problema que comenzó afectando a la música y al cine ha acabado por dañar también el negocio editorial. Las tablets en sus diversos formatos han convertido los libros de papel en un artículo que cada vez más están destinados a los románticos lectores eclécticos. Cada vez más gente lee en formato digital. Y, en consecuencia, cada vez más gente piratea libros. No es un fenómeno nuevo. Los que nos hemos dedicado a la investigación en disciplinas de Humanidades hemos pasado horas y horas frente a las fotocopiadoras para llevarnos a casa copias de libros que sólo estaban en una biblioteca determinada y que no podían conseguirse por otros medios. Eran copias para uso particular y, además, el carácter científico de dichos libros hacía de ellos artículos no muy aptos para su inclusión en el mercado. Fotocopiábamos amparados en esta creencia de que no hacíamos daño a nadie. Hoy en día los investigadores tenemos nuestras tablets, nuestros ordenadores, nuestros lectores de pdf y epub, y con ello hemos conseguido que la fotocopia también sea un artículo obsoleto. Hemos pasado a descargarnos los libros escaneados de diversas plataformas, mientras, de paso, nos hacíamos con una cuantas novelas ligeras que conseguimos de este modo de forma gratuita. Colección de clásicos de la editorial Gredos

Creo que no recibiría ni un solo impacto si pidiera entre nuestros lectores que arrojara una piedra aquel que nunca haya pirateado un libro. Novela, monografía de investigación o divulgación, ensayo... Todo o casi todo está en la red, disponible para que en apenas dos minutos lo tengas a tu disposición sin pagar ni un sólo euro por la obra. Nos decimos a nosotros mismos que leemos tanto que nos sería imposible comprar todos los libros que queremos devorar, que no hay economía que aguante ese gasto. Y nos dejamos llevar por esta afán, recopilando cientos, miles de obras en nuestras tablets, muchas de las cuales ni siquiera llegaremos a leer. La excusa económica es sólo la primera de una larga y fecunda lista. También tenemos la de que el patrimonio cultural debe estar accesible a todos, con independencia de su capacidad o no para pagar por ello. En esta línea, han surgido en Facebook y otros espacios grupos que se dedican a recopilar libros escaneados para compartirlos entre los miembros. Hay un ejemplo muy conocido en el mundo hispánico de la Filología Clásica, un grupo que se ha puesto como objetivo digitalizar toda la colección de clásicos de Gredos para que cualquiera pueda descargarlos en formato pdf. El sueño de cualquier filólogo: toda la literatura antigua en su ordenador o en su tablet, a su disposición para leer o trabajar. Y cuándo todos los volúmenes estén digitalizados y sean descargables, ¿qué ocurrirá con la colección de clásicos de Gredos? Muy sencillo. Dejarán de encargar más traducciones, dejará de crecer y el grupo editorial del que depende prescindirá de ella. Así de simple y de duro. Porque los traductores reciben poco por cada venta, pero ese poco es algo que les permite seguir traduciendo y editando textos. Los escritores y traductores tienen la mala costumbre de comer, pagar un techo y comprar ropa. Cierto que el porcentaje de las ventas que va a ellos es mínimo y que los intermediarios, cual vampiros culturales, se llevan la mayor parte de los beneficios. Muy cierto. Pero no toda la culpa es de estos vampiros. Cuando descargamos una traducción de Gredos sin pagar por ella, nosotros también estamos reduciendo las posibilidades de que se sigan encargando nuevas obras y la colección siga creciendo. Los lectores que pirateamos libros somos culpables de primera fila de la caída de venta de libros y de la ruina de la industria editorial. Puede escocernos, pero es la realidad.

¿Cuál es la solución? Podríamos optar por la estupidez buenista y falsaria y decir que la solución es simplemente dejar de piratear y volver a pagar por todo. Nos estaríamos engañando a nosotros mismos. Es algo imposible de cumplir. Los apasionados de la literatura, de la historia y de la Humanidades en general somos incapaces de no aumentar nuestra biblioteca si tenemos esta posibilidad. Somos lectores voraces de todo tipo de literatura y obras, y no nos conformamos con las magras adquisiciones que nuestros bolsillos puedan proporcionarnos. Mientras las puertas sigan abiertas, nunca vamos a dejar de descargar libros. Es una realidad que podemos asumir abiertamente o disimular de forma hipócrita. Nuestro amor por los libros va más allá de la lógica que dicte nuestro corazón. Como drogadictos que pudieran descargar su dosis de internet a golpe de ratón, con impunidad y de forma gratuita. Somos así.

Considero que la única solución que hoy podemos afrontar como lógica y real es alcanzar un compromiso con nosotros mismos que parta del convencimiento de que la política del todo gratis no lleva a ninguna parte. Descarguemos todo lo que queramos, pero hagamos nuestra contribución. Obliguémonos a comprar cuatro, cinco, diez, veinte libros cada mes, cada año, cada cual según sus posibilidades reales. Contribuyamos a que escritores y traductores sigan pudiendo poner un plato en la mesa cada día y puedan seguir con su maravillosa labor. Contribuyamos a que puedan seguir proporcionándonos nuestra dosis de droga literaria. De este modo, compaginaremos nuestro vicio con nuestra conciencia. Podremos leer tanto como gustemos, pero estaremos sosteniendo la cultura al mismo tiempo.


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