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La ciudad de Calahorra, conocida como Calagurris Nasica Iulia a finales de la República, fue durante siglos uno de los enclaves más importantes al sur de los Pirineos. Tras un oscuro origen como comunidad vascona o celtíbera, Calagurris entró en la órbita política de Roma, interviniendo en episodios cruciales como la rebelión de Sertorio contra la dictadura de Sila. Posteriormente, el mismo Julio César le añadió al nombre de la ciudad el título Iullia, para distinguirla entre las comunidades que le habían ayudado en la guerra contra los pompeyanos. Augusto concedió a los calagurritanos la ciudadanía romana completa, momento desde el cual la comunidad experimentó un mayor crecimiento, adaptando sus estructuras urbanas a las de una ciudad romana. El gran escritor Quintiliano, maestro de retórica en época imperial, fue uno de los más ilustres calagurritanos de época romana.
La arqueología ha podido constatar en las últimas décadas la información que las fuentes nos ofrecen acerca de la Calahorra romana. Han sido muchas las excavaciones exitosas que se han realizado en las inmediaciones y el interior de este municipio, destacando la aparición de restos del circo y del sistema de alcantarillado romano. No todos los monumentos romanos han recibido, por desgracia, la misma atención por parte de las autoridades municipales y el gobierno regional. Los fragmentos de la muralla romana que se han conservado hasta nuestros días se encuentran en un estado de abandono que pone en peligro su conservación y devalúa su importancia histórica. Resulta soorprendente que un municipio que cuenta con un patrimonio tan rico como Calahorra se permita dar una imagen de descuido y negligencia como la que arroja el estado actual de la muralla romana. La patria de Quintiliano se merece una mayor atención hacia las estructuras conservadas de la ciudad romana, una atención que debe ser financiada por las instituciones públicas de forma que se garantice la correcta conservación y protección de un patrimonio que es común y universal.

