El tribunado de la plebe. Los defensores del pueblo en la antigua Roma

Luis Manuel López | Artículo | 26/11/2018 - 17:47Comenta

Retirada al monte Sacro

El tribunado de la plebe fue una de las piezas esenciales del funcionamiento de la República romana. Una institución que nació como una figura revolucionaria y que acabó convirtiéndose en un arma en manos de las aristocracia para asegurarse su control sobre el estado. No en vano, los tribunos de la plebe han sido objeto de atención preferencial de historiadores y filólogos, interesados en conocer más acerca de esta singular magistratura que incluía en sus poderes una carácter sagrado y la capacidad de paralizar por completo cualquier ley, votación o decisión que tuviera lugar en el marco público de Roma.

¿Cómo nació el tribunado de la plebe? ¿Cuáles fueron sus poderes? ¿Qué ocurrió con esta magistratura al final de la República y en el Imperio? En este artículo abordaremos los principales aspectos de esta fascinante institución.

El nacimiento del tribunado de la plebe

La expulsión de los reyes de Roma en el 509 a.C. no supuso en absoluto un aumento de la libertad para la plebe romana. El golpe de estado que se saldó con la huida de Tarquinio el Soberbio y su familia fue un movimiento aristocrático que sustituyó la monarquía por un nuevo sistema de gobierno en manos de las familias nobles, que eran quienes controlaban las magistraturas y, desde el punto de vista económico, quienes acaparaban la mayor parte de las tierras de Roma. Estas familias, conocidos como los patricios, mantenían un sistema endogámico en el que los matrimonios con los plebeyos estaban prohibidos, de forma que se perpetuaba el poder económico en el seno del mismo grupo. Mientras tanto, los plebeyos, que conformaban la mayoría de la población de Roma, eran quienes sostenían sobre sus hombros al estado romano, ya que eran ellos los que combatían en primera línea de las legiones mientras los patricios ocupaban puestos de oficiales.

A esta realidad hay que añadir uno de los principales problemas que tenían los plebeyos a comienzos de la República: las deudas. El endeudamiento era una realidad para la mayor parte de los plebeyos, ya que ante una mala cosecha o una mala racha de algún tipo no les quedaba más remedio que contraer deudas para comprar semillas, aperos de labranza... Si un plebeyo contraía una deuda con un patricio y no podía pagar a tiempo, el patricio podía convertirle en su esclavo o exigir que le entregara a uno de sus hijos para reducirle a tal condición. Al estar las magistraturas en manos exclusivas de los patricios, los plebeyos no tenían a nadie entre los dirigentes romanos que les defendiera ante unos abusos que se convirtieron en una constante.

En esta situación, en el 494 a.C., cuando la joven República apenas tenía quince años de edad y los enemigos de Roma acechaban por todas partes, los plebeyos decidieron plantarse y cambiar las cosas. Cansados de ser tratados como ciudadanos de segunda, los plebeyos se retiraron a un monte a las afueras de Roma (algunas fuentes hablan del Aventino, otras del monte Sacro) y juraron no regresar a la ciudad si no cambiaba el sistema político de forma sustancial. Llegaron incluso a amenazar co fundar su propia ciudad y abandonar Roma para siempre.

La secesión de la plebe hizo que cundiera el pánico entre los patricios. Sin plebeyos no había una masa humana con la que formar las legiones, una situación que dejaba a Roma a merced de sus enemigos. Si los plebeyos fundaban su propia ciudad, Roma estaría muerta en menos de una generación.

Mapa de la Roma republicana

Los líderes plebeyos, sin duda hombres que se habían enriquecido a pesar de no contar con los privilegios de los patricios, presentaron a los patricios sus reivindicaciones y comenzaron las negociaciones. El relato de estos hechos varía ligeramente de unos autores a otros. Las fuentes que nos hablan de ello de forma más o menos extensa están escritas en época de Augusto o posterior, más de cinco siglos después de que estos tuvieran lugar. Es posible en consecuencia que lo que sabemos haya sido adornado por la tradición a lo largo de los siglos. El núcleo de la historia, según todos los especialistas, sí que puede considerarse una verdad histórica. Los plebeyos aceptaron regresar a Roma siempre que los patricios aceptaran la existencia de unos magistrados propios que tendrían la función de protegerles frente a los abusos. Nacieron así los tribunos de la plebe, que en un primer momento fueron dos y cuyo número fue aumentándose de forma paulatina hasta diez en los siguientes siglos.

Tras aceptar los patricios éstas y otras medidas que mejoraban la situación de los plebeyos en la República, se puso fin a la secesión y los plebeyos volvieron a integrarse en la vida ciudadana y militar de Roma. La creación del tribunado de la plebe, sin embargo, no puso fin al conflicto entre patricios y plebeyos. Hicieron falta varios siglos de luchas, reformas y contrarreformas para igualar a los dos grupos sociales y crear lo que se conoció ya en la República media y tardía como la nobilitas patricio-plebeya.

¿Cuáles eran los poderes de los tribunos de la plebe?

Los tribunos de la plebe gozaron de una serie de poderes únicos en la República romana. Estos poderes les convertían en agentes muy poderosos dentro del sistema político, ya que podían detener cualquier proyecto o proteger a cualquier ciudadano sólo con su presencia física.

En primer lugar los tribunos de la plebe estaban investidos de un carácter sagrado que los hacía inviolables durante el tiempo que duraba su mandato. Una vez un tribuno entraba en el tiempo de su cargo, su persona no podía ser dañada en forma alguna por ningún ciudadano romano. El que osara agredir a un tribuno de la plebe era declarado sacer (maldito) de forma inmediata, por lo que cualquier ciudadano podía y debía darle muerte en caso de encontrarse con él. El término sacer resulta muy controvertido, ya que no significa exactamente lo que nuestro término sagrado, que deriva de él. Sacer es un adjetivo que sirve para definir algo que es propiedad o pertenece a los dioses. Cuando una persona era declarada sacer ya no pertenecía al mundo de los vivos, sino que era una propiedad de los dioses que debía ser consagrada a ellos de inmediato por medio de un sacrificio, lo que suponía la muerte del individuo en cuestión. A efectos prácticos, era una condena a muerte. Los bienes del sacrificado eran además consagrados a la diosa Ceres, la divinidad protectora de los plebeyos en Roma cuyo templo se alzaba en el Aventino, según algunos autores la colina a la que se retiraron los plebeyos y donde se creó el tribunado de la plebe.

Este tipo de protección mágica o religiosa es muy habitual en las sociedades arcaicas como la Roma de los primeros tiempos de la República, en la que las leyes aún no eran puestas por escrito y tenía mucho más peso un tabú religioso que una prohibición legal decretada por un magistrado o una asamblea. Los tribunos de la plebe necesitaban esta protección sagrada para evitar que los patricios usaran la fuerza para continuar cometiendo sus abusos contra los plebeyos. De no haber contado con ella, los tribunos de la plebe, que no tenían fuerzas militares ni policiales a su cargo, no habrían podido imponer su voluntad, y a los patricios les habría bastado con suprimirlos físicamente para perpetuar su situación de superioridad. En una sociedad esencialmente violenta como era la Roma del siglo V a.C. y posterior, los tribunos de la plebe necesitaban una protección mágica o religiosa que les permitiera cumplir con su labor de defensores de los plebeyos.

Virginia asesinada por su propio padre

De hecho, incluso contando con esta protección, los tribunos de la plebe no estuvieron libres de sufrir la violencia por parte de la aristocracia. Dejando de lado los casos de violencia contra los tribunos de la plebe que tuvieron lugar en la República arcaica, cuya historicidad es más difícil demostrar, basta con citar el caso de los hermanos Graco a finales del siglo II a.C. o Livio Druso en los años noventa del siglo I a.C. para darnos cuenta de cómo el carácter sagrado de los tribunos fue dejado de lado en algunas ocasiones de especial tensión social dentro de la República. Como veremos, Tiberio Sempronio Graco fue asesinado en un tumulto tras haber defendido una ley agraria que limitaba la cantidad de tierras públicas que podían acaparar los ricos. Cayo Sempronio Graco, su hermano pequeño, también murió asesinado tras haber intentado aprobar un complejo programa de reformas que habría cambiado por completo las bases legales de la República. Los Graco fueron asesinados en público, en medio de un tumulto dirigido por las factiones más conservadoras de la nobleza. Livio Druso, sin embargo, apareció muerto en su casa sin que se llegara a averiguar el motivo exacto de su muerte. Todo el mundo tenía claro, y así lo cuentan las fuentes, que había muerto por su proyecto de extender la ciudadanía romana a los itálicos que aún vivían en un estatus de sometidos.

Sin embargo, los ejemplos que hemos puesto de agresión contra los tribunos proceden todos ellos de los tiempos en los que la República romana se tambaleaba porque sus instituciones apenas servían ya para sostener lo que de facto se había convertido en un Imperio. En general, el carácter sagrado sirvió como una medida eficiente para proteger a los tribunos a lo largo de muchos siglos. El propio Augusto, como veremos, se invistió con los poderes de los tribunos de la plebe al nombrarse Princeps ya que de este modo contaba con una protección sacra que ningún otro cargo le proporcionaba.

El segundo de los poderes que definía el tribunado de la plebe era la intercessio: la capacidad para imponer un veto sobre cualquier decisión tomada por un magistrado, un tribunal o una asamblea y que ésta quedara de inmediato suspendida. La intercessio era un arma poderosísima en manos de los tribunos, y se cree que en su origen estaba limitada únicamente a las decisiones de las asambleas y de los magistrados plebeyos. Con el fin del conflicto de los órdenes y la formación de la nobilitas patricio-plebeya, la intercessio se extendió también al resto de las asambleas y a las magistraturas curules, es decir, aquellas que en su origen sólo podían ser ocupadas por los patricios.

Los primeros ejemplos que tenemos de uso de la intercessio por parte de los tribunos de la plebe estaban relacionados con reclutamientos militares que los patricios pretendían hacer fuera de la legalidad. Los tribunos se interponían entre el reclutador y el recluta, y, dado su carácter sagrado, éstos no podían hacer nada sin arriesgarse a que su acto se considerara una violación de la sacralidad de los tribunos.

Una vez el poder de la intercessio se extendió a todos los asuntos de la República, los tribunos de la plebe, como hemos dicho, tuvieron en sus manos el poder de paralizar cualquier iniciativa. Sin embargo, las fuentes no recogen un uso excesivo de esta prerrogativa hasta época más tardía, ya que con el fin de los conflictos entre patricios y plebeyos y la expansión de Roma más allá de las fronteras del Lacio primero y de Italia después, la tensión en la política interior disminuyó de forma considerable. Por otro lado, los tribunos, como veremos en un apartado posterior, dejaron de ser y de pensar como los defensores del pueblo ante los abusos del patriciado, y se convirtieron en unos magistrados más que, una vez terminaban su mandato en el tribunado, aspiraban a alcanzar otros cargos superiores como la pretura o el consulado. Se produjo lo que algunos autores han denominado la domesticación del tribunado de la plebe, que pasó de ser un cargo revolucionario nacido de una secesión a convertirse en una pieza más del complejo engranaje de la República. En algún momento, los tribunos de la plebe recibieron incluso el derecho de asistir a las reuniones del Senado, donde contaban con un banco especial en el que se sentaban los diez juntos.

¿Qué límites tenían los poderes de los tribunos?

Como todos los cargos políticos en una República romana recelosa de la acumulación de poderes en unas mismas manos, los tribunos de la plebe tenían una serie de limitaciones que impedían que prerrogativas tan fuertes como la intercessio o el carácter sagrado se convirtieran en armas en manos de políticos ambiciosos.

En primer lugar, como todas las magistraturas, el tribunado de la plebe tenía una duración determinada en el tiempo. No sabemos mucho acerca de la forma en la que eran elegidos los tribunos en época primitiva, un momento en el que posiblemente eran aclamados por la asamblea de la plebe reunida de forma tumultuosa. En este momento, según las fuentes, los tribunos de la plebe eran únicamente dos, pero su número fue aumentando paulatinamente hasta acabar alcanzando el número de diez que quedó consolidado en la República media, y no se modificó desde entonces. En algún momento la elección de los tribunos comenzó a hacerse por votación de los plebeyos en la asamblea por tribus, que era la encargada de elegir a todos los magistrados no curules. Los candidatos se presentaban ante los electores y hacían una campaña electoral de la que no sabemos nada concreto pero que suponemos que no sería muy diferente de la llevada a cabo por candidatos a puestos más elevados como el consulado. Una vez se producía la votación, los diez ganadores tenían que esperar hasta el día diez de diciembre, momento en el cual comenzaba su año de mandato. Los tribunos de la plebe eran los únicos magistrados cuyos poderes comenzaban el diez de diciembre, ya que desde época muy temprana todos los demás, cónsules incluidos, comenzaban su mandato el día uno de enero, fecha de inicio del año desde que se añadieran dos meses al primitivo calendario de diez meses. Las causas por las que los tribunos de la plebe eran investidos de sus poderes varios días antes que el resto de los magistrados han sido analizadas por muchos investigadores, pero ninguno de ellos ha dado con una respuesta definitiva capaz de cerrar el debate. La primera limitación que tenían los tribunos, por tanto, era esta: sus poderes estaban limitados a un año que comenzaba el día diez de diciembre.

Magistrado romano precedido de sus lictores

La segunda limitación de los tribunos de la plebe era de tipo territorial. Dado que, a diferencia de la pretura o el consulado, era una magistratura exclusivamente civil que no tenía vertiente alguna en el campo militar, los poderes de los tribunos de la plebe estaban limitados al interior del pomerium. El pomerium era el límite sagrado de la ciudad, la frontera religiosa y mental que separaba Roma del territorio que, aunque podía ser zona conquistada y, por tanto, segura desde el punto de vista físico, no formaba parte de la comunidad original. El límite del pomerium dejó muy pronto de estar relacionado directamente con las murallas, pues a medida que éstas fueron creciendo, el pomerium se mantuvo casi inalterado, sólo con algunas modificaciones. Aunque una vez más chocamos con el silencio de las fuentes a la hora de profundizar en los detalles, parece ser que los tribunos de la plebe perdían todos sus poderes si salían del pomerium. Es decir, más allá de estos límites no podían hacer uso de la intercessio ni confiar en que nadie les agrediera amparándose en su carácter sacro. Fuera de Roma, los ciudadanos (cives) se convertían en soldados (miles), sujetos a la disciplina militar y susceptibles de ser condenados a muerte por sus generales sin que ningún otro oficial ni político pudiera intervenir en ello. El mundo más allá del pomerium era un mundo militar, y en él los tribunos de la plebe no tenían papel alguno. de hecho, algún autor señala que los tribunos de la plebe no podían pasar fuera del pomerium más de un día completo, aunque no se precisa qué le pasaba al tribuno si esto ocurría.

En tercer lugar, los tribunos de la plebe tenían una limitación que compartían con todas las magistraturas con excepción de la dictadura: era un cargo colegiado. El sistema político republicano estaba concebido para evitar que un mismo individuo pudiera acaparar un exceso de poder en sus manos y llegara a amenazar las libertades del resto de los ciudadanos. Para ello, todas las magistraturas tenían un carácter colegiado, es decir, eran ejercidas por al menos dos personas al mismo tiempo. Como ya hemos señalado, los tribunos de la plebe empezaron siendo dos pero su número fue creciendo a medida que la población de Roma aumentaba y sus labores se hacían más complejas. El derecho de veto de los tribunos se extendía también a sus propios colegas. Esto quiere decir que si un tribuno de la plebe decidía bloquear una medida de un colega suyo, bastaba con poner el veto y ésta quedaba anulada. Esta realidad obligaba a que en ocasiones el colegio de tribunos de la plebe tuviera que mantener una línea de actuación común, ya que bastaba con que uno solo no estuviera de acuerdo con el resto para que sus iniciativas políticas quedaran anuladas.

¿Por qué existieron estas limitaciones? Una vez más chocamos con la escasez de fuentes y con el hecho de que éstas fueran escritas muchos siglos después de que se creara el tribunado de la plebe. Los autores de dichas fuentes no entran en detalles ni en análisis de los motivos, bien porque ellos mismos los tenían tan claros que consideraban una pérdida de tiempo detenerse en explicaciones, bien porque tampoco ellos los conocían. Es muy probable que la limitación al pomerium esté relacionada con la diferencia ya señalada, esencial en la mentalidad romana primitiva, de la paz y la guerra, la ciudad y el ejército, el cives (ciudadano) y el miles (soldado). El tribuno de la plebe defendía a los plebeyos en cuanto a cives, individuo que ejercía sus derechos en la vida civil, pero que se veía privado de algunos de ellos una vez se convertía en soldado, algo que en la Roma republicana arcaica ocurría una vez al año de forma casi sistemática. Fuera del pomerium los ciudadanos llamados a las armas estaban sometidos a la autoridad de los magistrados cum imperio (dictadores, cónsules o pretores), que tenían sobre ellos derecho de vida y muerte sin que ningún otro magistrado ni asamblea pudiera intervenir en ello. En este contexto militar la presencia de los tribunos de la plebe investidos de la plenitud de sus poderes no tenía sentido alguno, ya que habría minado la necesaria disciplina y habría socavado la autoridad de los oficiales y generales, pudiendo esto ser origen de desastrosas situaciones y derrotas en el campo de batalla. Como ciudadanos, los plebeyos contaban con la protección de los tribunos. Una vez se convertían en soldados, asumían el mando absoluto de los oficiales y respetaban las reglas del comportamiento y la disciplina castrense.

Estas limitaciones en los poderes de los tribunos se mantuvieron inalteradas hasta finales de la República romana, y fueron respetadas incluso por los tribunos más radicales como los Graco o Publio Clodio.

Apio Claudio el Ciego

¿Qué ocurrió con el tribunado de la plebe en la República media?

Una vez los conflictos entre patricios y plebeyos quedaron diluidos al poder acceder los segundos a los cargos de responsabilidad de la República, la labor original de los tribunos de la plebe dejó de tener sentido. La división en el estado romano ya no fue tanto entre patricios y plebeyos como entre familias senatoriales, que contaban entre sus ancestros con magistrados superiores y que tenían entre sus filas tanto a patricios como a plebeyos, y familias que se mantenían al margen del juego político. Los primeros conformaron la llamada nobilitas patricio-plebeya, los segundos, un grupo muy variado, incluían tanto a los ricos ciudadanos englobados en la categoría de los caballeros como a la plebe romana más o menos empobrecida. Los tribunos de la plebe se encontraron con que tenían que defender a una clase, los plebeyos, que ya contaba entre sus miembros con ricos senadores perfectamente identificados con los valores de la República y que no tenían apenas diferencias con sus homólogos patricios. De hecho, los mismos tribunos de la plebe dejaron de ser hombres del pueblo y comenzaron a ser miembros de estas familias plebeyas enriquecidas que veían el tribunado como un escalón más en su escalada hacia los puestos más altos de la política romana.

¿En qué se tradujo este cambio? En primer lugar, el tribunado de la plebe perdió su esencia revolucionaria. Los tribunos ya no eran piedras que entorpecían el engranaje de la República, sino una pieza más del funcionamiento de la misma. Dado que podían convocar a las asambleas por tribus, principal órgano legislador de Roma, se convirtieron en los principales promotores de leyes, que defendían ante los ciudadanos con independencia de que dicho proyecto legislativo favoreciera a la plebe o no. De hecho, contar con un tribuno de la plebe dentro de la propia factio se consideraba algo esencial para que un cónsul ambicioso pudiera llevar a cabo una actividad legislativa intensa. Los tribunos presentaban las leyes al pueblo, convocaban a las asambleas para su votación y, en caso de que algún magistrado rival tratara de actuar contra ella contaban con su derecho de veto para bloquearlo.

Por otro lado, ser tribuno de la plebe se convirtió en un escalón más en la lucha para alcanzar las magistraturas superiores. Un escalón que además siguió siendo exclusiva de los plebeyos y que los patricios nunca pudieron utilizar. Aunque no existió una legislación estricta que regulara esto, lo habitual era que los jóvenes plebeyos optaran al tribunado después de haber ejercido como cuestores y procuestores y, en consecuencia, haber tomado ya un primer contacto con el mundo de la política senatorial e incluso de la administración del ejército. Como tribuno de la plebe, un joven político se daba a conocer en las asambleas, se hacía popular ante el pueblo y podía convertirse en una pieza útil para alguna factio poderosa de aristócratas que lo protegería e impulsaría a magistraturas posteriores. Después de ejercer como tribunos, podían aspirar a ser ediles, y posteriormente pretores e incluso cónsules o censores. Este fue el camino que completaron numerosos plebeyos poderosos en la República media, demostrando con ello que los tribunos de la plebe ya no eran en absoluto los radicales defensores del pueblo sino unos políticos más con ambición de prosperar en sus carreras.

La anulación del tribunado de la plebe como fuerza independiente se produjo en un marco más amplio de consolidación del papel del Senado como auténtico rector de la política romana. Una política que vivió durante siglos en aparente concordia, con momentos de tensiones puntuales, y que estuvo más enfocada a aumentar y fortalecer el papel de Roma en el exterior, primero en Italia y en el Mediterráneo después, que en modificar las reglas del juego interno de la República. Como suele ocurrir en todas las sociedades, la aparición de enemigos externos, y Roma los tuvo siempre y cuando no los tuvo los buscó, aplacó las diferencias internas y consiguió que las tensiones sociales se diluyeran.

El renacimiento del tribunado de la plebe

A mediados del siglo II a.C. la situación en Roma comenzó a cambiar. Han sido muchos los autores que han tratado de analizar las causas de lo que se ha denominado la crisis de la República, un proceso que comenzó por cambiar algunas estructuras del estado romano y terminó por desembocar en algo completamente nuevo de la mano de un personaje fundamental como fue Augusto. Aunque ninguno ha dado con la clave que explique la totalidad del proceso, muchos han apuntado al fin de las conquistas externas y el consiguiente cese de llegada de botín a Roma desde las provincias como uno de los factores esenciales del cambio. Las guerras en el exterior pasaron de ser contra los ricos reinos orientales y se centraron en las pobres y poco desarrolladas tierras de Hispania. Esto generó una crisis económica en Roma que se vio agravada por un creciente problema: los soldados romanos, propietarios de tierras y campesinos, se veían obligados a permanecer largos periodos lejos de sus casas, lo que en ocasiones acarreaba la ruina de sus haciendas. Muchos se veían obligados a vender sus parcelas a los ricos terratenientes y a marchar a las ciudades para ejercer un oficio o vivir de la caridad de la República o los nobles. Esto acabó con la estructura de medianos y pequeños propietarios que había sido la columna vertebral del ejército y la sociedad romana y dio paso a una estructura de grandes latifundios en manos de unos pocos terratenientes que explotaban la tierra por medio de esclavos. Las consecuencias fueron catastróficas: menos soldados disponibles para el reclutamiento, un aumento exponencial de los habitantes empobrecidos de las ciudades, una profundización en la brecha de vida entre ricos y pobres y un aumento paulatino de la conflictividad social.
Es comprensible que ante este panorama de tensiones algún político tratara de iniciar un programa de reformas que revirtiera la tendencia y permitiera devolver a la República romana a sus antiguos cauces de concordia y prosperidad. Fue en este punto en el que apareció la figura de Tiberio Sempronio Graco, el aristócrata plebeyo que resucitó el espíritu del tribunado de la plebe para tratar de frenar la decadencia del sistema político y militar de Roma.

Muerte de Cayo Graco

La figura y la obra de Tiberio Sempronio Graco es lo suficientemente compleja como para que no entremos a analizarla aquí en detalle. Nos limitaremos a hacer un esbozo de lo que supuso la ideología de Tiberio en el renacimiento del tribunado de la plebe. Tiberio Sempronio Graco era un noble miembro de una factio, un grupo de aristócratas con un proyecto político más o menos común, que pretendía lanzar una ley agraria que limitara la cantidad de ager publicus que una misma persona podía acaparar. El objetivo era requisar a los terratenientes una parte de sus parcelas para posteriormente repartirlas entre la plebe urbana y rural que no disponía de ellas. De esta forma, se aliviaba la tensión social en las ciudades devolviendo a parte de sus habitantes al campo, se aumentaba la cantidad de ciudadanos que podían servir en las legiones y se sorteaba el principal problema por el que atravesaba la República romana. El papel como tribuno de la plebe de Tiberio en este proyecto era tanto presentar la ley al pueblo para su votación como convencer a los votantes de su idoneidad y lograr sus votos positivos.

Como era de esperar, la aristocracia terrateniente comenzó muy pronto a poner trabas al proyecto de ley, y se sirvió de Octavio, otro de los tribunos de la plebe del año 133 a.C., colega de Tiberio, para intentar bloquearla antes de que fuera aprobada. Cuando Tiberio propuso a la asamblea de las tribus que votaran la ley agraria, Octavio interpuso su veto. En circunstancias normales ahí habría terminado todo el proceso, pero Tiberio guardaba un as en la manga. Convencido de que el tribunado de la plebe no era la magistratura dócil y domesticada en que se había convertido con el paso de los siglos, Tiberio invocó ante el pueblo el carácter original del cargo. Les recordó a todos que los tribunos de la plebe eran los defensores del pueblo, y que sólo el deseo del pueblo los investía de carácter sagrado y los dotaba de su poder de veto. ¿Podía ser considerado tribuno de la plebe un hombre que actuaba contra los deseos del pueblo? ¿Podía hacer uso de los poderes de los tribunos alguien que actuaba manifiestamente en contra de los intereses de aquellos que le habían otorgado esos poderes? Tiberio estaba convencido de que al actuar como estaba actuando, Octavio dejaba de ser tribuno de la plebe. Y para ratificarlo invitó a las tribus a que dieran su opinión al respecto. Dio la posibilidad a Octavio de que retirara su veto si quería conservar su cargo de tribuno. Octavio se negó, y Tiberio invitó al pueblo a que votara sobre la deposición de Octavio. Las tribus votaron a favor: Octavio dejó de ser tribuno de la plebe, perdió su carácter sagrado y apenas logró salir con vida de la asamblea. Después de esto, Tiberio volvió a presentar su proyecto de ley agraria, que fue aprobado sin más problemas.

De este modo, Tiberio Sempronio Graco resucitó el espíritu original del tribunado de la plebe, dando a la magistratura un carácter que había perdido en los siglos anteriores. Por supuesto, su maniobra política fue contestada por una aristocracia que se había acostumbrado a contar con los tribunos de la plebe como una herramienta a su servicio. Incluso los miembros de la factio de Tiberio, ante su creciente radicalización, comenzaron a alejarse de él, y a pesar de que la ley agraria siguió adelante y a que contaba con el favor del pueblo, los nobles comenzaron a maniobrar para lograr su caída.

Durante el resto del año se produjo una escalada de tensión en Roma. Las acusaciones sobre Tiberio se iban acumulando: aspiraba a convertirse en rey, quería ser tirano, tener poder absoluto… Finalmente, en medio de una asamblea, Tiberio Graco y sus partidarios fueron atacados por una masa enfurecida dirigida por un grupo de senadores. Tiberio fue asesinado y su cuerpo arrojado al Tíber.

Diez años después de la muerte de Tiberio, su hermano Cayo dio el salto a primera línea de la política en Roma. Aunque en monografías y artículos especializados se suele meter a Tiberio y Cayo dentro de un mismo saco ideológico, desde mi punto de vista esto sólo responde a una lectura poco crítica de las fuentes y a un escaso entendimiento de la realidad de los programas de estos dos políticos. Tiberio era un romano esencialmente conservador, que, junto con un gran grupo de senadores que formaban parte de su factio, deseaba devolver a la República a sus formas socioeconómicas originales, las que habían existido tres siglos antes de su propia época. Dado que el tribunado de la plebe en su forma original respondía a algo muy distinto de la realidad en la que se había convertido, Tiberio trató de devolver también a los tribunos a esa esencia con la que habían sido creados.

Cayo Graco actuó de forma muy diferente. Su proyecto político era completamente opuesto al de Tiberio: no pretendía que Roma volviera a tener unas estructuras propias de la ciudad-estado que fue siglos atrás, sino crear unas instituciones y leyes totalmente nuevas que adaptaran a la República a su nueva realidad imperial.

Cayo Graco arengando al puebloPor las limitaciones de este artículo no podemos entrar a analizar la obra reformista de Cayo Graco, la más ambiciosa de cuantas conoció Roma hasta la aparición de Julio César un siglo más tarde. Sí tenemos que detenernos en la forma en la que Cayo Graco defendió e hizo aprobar estas reformas. La única magistratura que le otorgaba el poder suficiente para convocar a las asambleas, proponer leyes y hacer que estas fueran votadas y aprobadas con seguridad era el tribunado de la plebe. Contaba además con la posibilidad de ejercer su derecho a veto y con la protección sagrada que le otorgaba su cargo. Fue en consecuencia el tribunado de la plebe la plataforma que Cayo escogió para llevar a cabo su proyecto de reformas. De hecho, uno de sus colegas y partidarios, Fulvio Flaco, había llegado ya a ser cónsul cuando se presentó al tribunado de la plebe junto con Cayo Graco. Esto suponía una absoluta novedad, ya que hasta el momento el tribunado se consideraba un escalón previo, muy inferior, al consulado, y ningún antiguo cónsul habría visto jamas ventajas en ejercer esta magistratura después de haber disfrutado de los máximos honores que otorgaba la República. Fulvio Flaco decidió convertirse en tribuno simplemente para usar los poderes de esta magistratura en la defensa de un proyecto político.

La de Cayo Graco y Fulvio Flaco es una concepción radicalmente distinta del tribunado que la que había defendido Tiberio. Cayo ya no quería devolver a los tribunos a su esencia de representantes de la plebe; quería utilizar los poderes del tribunado para reformar las bases de la República y crear un estado más moderno y eficiente en el nuevo contexto en el que se vivía.

Por desgracia para él, Cayo recibió la misma respuesta que su hermano Tiberio por parte de sus rivales. En un enfrentamiento armado promovido por el Senado, Cayo Graco y sus seguidores fueron exterminados. Para justificar su muerte, los enemigos de Cayo llegaron a inventarse incluso un recurso novedoso, el senatus consultum ultimum, que daba al Senado y a los cónsules poderes absolutos para defender a la República sin tener que responder judicialmente por ello.

Los hermanos Graco

El tribunado de la plebe y el fin de la República

La política de los hermanos Graco y su concepción del tribunado de la plebe, a pesar de ser esencialmente diferente, fue presentada como una corriente ideológica concreta y común ya desde tiempos del propio Cayo Graco, y esto encontró un eco en otros políticos que decidieron hacer del tribunado la plataforma desde la que lanzar sus propias carreras o abordar sus proyectos de reformas. Surgen así los tribunos que la historiografía ha querido unificar bajo la categoría general y poco justificada de “revolucionarios”: todos aquellos que hicieron uso de sus poderes para tratar de doblegar la voluntad del Senado y del resto de magistrados. Una parte esencial de la historia de la crisis de la República es la historia de estos tribunos de la plebe, presentados por la mayoría de las fuentes antiguas como sediciosos y peligrosos para la estabilidad de la República. Sin embargo, hay que matizar mucho estas afirmaciones.

En primer lugar, y a pesar de que las fuentes antiguas y la historiografía actual les dediquen una atención preferencial y un notable espacio en sus obras, lo cierto es que estos tribunos fueron una minoría. De los centenares de políticos que ocuparon el tribunado de la plebe durante la llamada crisis de la República sólo unos pocos actuaron de forma que pudiera considerarse subversiva o revolucionaria. La mayoría de los tribunos siguieron la misma línea de colaboración con el Senado y las instituciones que había predominado en la República Media.

En segundo lugar sería un error incluir en una misma categoría a todos los tribunos que pretendieron hacer reformas políticas desde esta magistratura. Algunos lo hicieron desde postulados populistas, otros desde ideas auténticamente reformistas y otros desde puntos de vista esencialmente conservadores. Por mucho que se empeñen las fuentes, y con ellas algunos autores modernos, nada tienen que ver tribunos tan célebres como Saturnino o Livio Druso aunque ambos acabaran siendo asesinados por sus enfrentamientos con la mayoría senatorial. No existió, en consecuencia, una gran corriente de tribunos revolucionarios, sino tan sólo políticos concretos que, siguiendo de forma más o menos fiel la estela de Cayo y Tiberio Graco, quisieron realizar reformas en el funcionamiento de la República en contra de la opinión del Senado. Crear una categoría que los aglutine a todos conllevaría fatales errores de interpretación.

Lo que sí es evidente es que la política de los Graco abrió la puerta a que algunos tribunos trataran de imponer sus proyectos por encima de otras instituciones, como el Senado, que estaban acostumbradas a tomar todas las decisiones en casi todos los aspectos del gobierno de Roma. La obra de tribunos como Saturnino, Livio Druso o Sulpicio da buena cuenta de ello.

Lucio Cornelio SilaEsta cierta autonomía con la que actuaron algunos tribunos de la plebe, y decimos cierta porque la mayoría de ellos acabaron muriendo de forma violenta, tuvo un final abrupto con la dictadura de Sila. Tras haber derrotado con las armas a sus rivales políticos, Lucio Cornelio Sila se vio con las manos libres para aplicar sus propias reformas al estado romano y conseguir el modelo que él como político conservador tenía en mente. Tras anegar en sangre los proyectos de sus adversarios y hacerse con el poder absoluto de forma completamente ilegal, Sila intentó devolver a la República al estado en el que se encontraba cien años antes, es decir, a una situación en la que el Senado controlaba todos los resortes de la política interior y exterior y en la que tanto asambleas como magistrados actuaban bajo su estricta y rigurosa tutela. No entraremos aquí a analizar todas las reformas que Sila llevó a cabo desde su puesto de dictador, nos limitaremos a analizar cómo intentó anular el tribunado de la plebe devolviéndolo a algo parecido a lo que había llegado a ser en la República Media. Sila entendía que un tribunado de la plebe independiente y poderoso era el cáncer que estaba comiéndose la República desde dentro, por lo que centró todos sus esfuerzos en eliminar este peligro. El medio con el que Sila trató de recortar los poderes de los tribunos de la plebe fue la lex Cornelia de tribunicia potestate, una medida impuesta sin ser votada por ninguna asamblea y aprobada sólo por la fuerza del dictador.

La primera medida tomada por Sila y con la que pretendía herir de muerte al tribunado de la plebe fue decretar por ley que todo aquel que ejerciera este cargo quedara inhabilitado de por vida para seguir ascendiendo en el cursus honorum. Esto quiere decir que todos los romanos que optaran a ser elegidos tribunos renunciaban de inmediato a alcanzar la pretura, el consulado o la censura, máximas aspiraciones de un aristócrata romana ambicioso. Obviamente lo que pretendía Sila con esta medida era alejar del tribunado a los miembros de la aristocracia plebeya y evitar que sintieran tentaciones de usar esta magistratura para impulsar su propia carrera o sacar adelante proyectos de reforma que el Senado no podría controlar. Ningún noble romano habría renunciado jamás a sus aspiraciones a llegar a ser cónsul a cambio de ser tribuno de la plebe, por lo que esta ley de Sila habría reducido el tribunado a una magistratura ocupada por personajes de perfil bajo y sin posibilidades reales de llegar a alcanzar las más altas magistraturas.

En segundo lugar, los tribunos de la plebe perdían la posibilidad de presentar leyes para ser aprobadas ante la asamblea de las tribus si éstas no habían sido revisadas y autorizadas previamente por el Senado. Se cercenaba de este modo la independencia de los tribunos como principal órgano promotor de legislación, carácter que había tenido desde que siglos atrás se decretara que las leyes tribunicias también afectarían a los patricios y no sólo a los plebeyos. El Senado se convertía en garante de estabilidad y en filtro de cualquier programa legislativo, con lo que se evitaba que se aprobaran leyes como algunas de las defendidas por Cayo Graco y sus seguidores que buscaban quitar poder a la institución senatorial para ponerlo en otras manos.

El ius intercessionis también desaparecía de los poderes de los tribunos de la plebe, ya que para Sila este derecho de veto daba al tribunado un poder excesivo que con demasiada facilidad podía ser usado para subvertir la estabilidad republicana. Se mantenía el ius auxilii, la capacidad de los tribunos para intervenir en defensa de un plebeyo que estuviera siendo maltratado por un patricio. Una realidad ésta completamente desfasada y que ya no respondía en absoluto a la sociedad del siglo I a.C.

En realidad lo que Sila persiguió con su lex Cornelia de tribunicia potestate fue sacar al tribunado de la plebe de la maquinaria política de la República. Convertir esta institución en una reliquia del pasado, sin poderes reales, tutelada en todo momento por el Senado y en absoluto atractiva para cualquier joven político ambicioso que quisiera medrar en una carrera futura hacia las altas magistraturas. Su aprobación fue muy aplaudida por una parte de la aristocracia senatorial, pero el pueblo lo sintió como un atropello a sus derechos esenciales como ciudadanos.

Un tiempo después de haber asumido los poderes dictatoriales y por causas que los historiadores no han sido capaz de precisar con exactitud, Sila abdicó de la dictadura y se retiró a vivir como un ciudadano privado, entregado, si hacemos caso de las fuentes antiguas, a todo tipo de vicios y a la escritura de sus “Memorias”. Mientras el viejo dictador siguió vivo, ningún político se atrevió a tocar su obra legislativa. Sin embargo, tras su muerte en el 78 a.C. las leyes de Sila comenzaron a ser atacadas, precisamente por algunos de los políticos que más habían medrado a su sombra. Fueron Cneo Pompeyo y Marco Craso, dos hombres que debían una gran parte de su carrera a haber estado al lado de Sila en la guerra civil, quienes, al alcanzar el consulado en el 70 a.C. pusieron punto y final a muchas de las leyes de Sila, entre ellas la lex Cornelia de tribunicia potestate. Por medio de una nueva ley, que buscaba ante todo ganar el favor del pueblo para sus promotores, quedaron anuladas las limitaciones que Sila había impuesto a los tribunos: éstos podrían de nuevo presentar leyes a las asambleas sin aprobación previa del Senado, gozarían de nuevo de se derecho de veto y, ante todo, ejercer el tribunado ya no cerraría el paso a las magistraturas superiores. La obra de Sila, que tanta sangre y muerte había costado, quedaba eliminada así de un plumazo.

En los años que siguieron al consulado de Pompeyo y Craso, el tribunado de la plebe retomó la vieja senda que había comenzado a andar en tiempos de los Graco. Mientras la mayoría de tribunos seguían un camino de colaboración con el Senado, tal y como se había hecho durante siglos, otros mantuvieron una línea más independiente que algunos historiadores han querido tachar, sin demasiado acierto desde mi punto de vista, como revolucionaria. Se consolidó, sin embargo, en este periodo un fenómeno que ya había comenzado a surgir a comienzos del siglo I a.C. con personajes como Lucio Apuleyo Saturnino: los tribunos de la plebe que funcionaban como brazo político de generales que contaban con el apoyo de sus legiones en activo y sus veteranos retirados pero necesitaban aprobar leyes para continuar afianzando sus carreras. Esta combinación de un tribuno de la plebe controlando las asambleas y al resto de los magistrados en Roma por medio del poder del veto y un cónsul con un ejército a sus espaldas en las provincias o a las puerta de la ciudad va a resultar letal para la estabilidad republicana y va a ser en última instancia una de las causas que expliquen su desintegración y la aparición del Principado como nuevo sistema político.

Cicerón acusando a Catilina

Uno de los principales problemas que encontramos a la hora de analizar la actuación de estos tribunos de la plebe es que las fuentes no son claras acerca de si actuaban de forma independiente o lo hacían a las órdenes de un noble de mayor poder y prestigio. En algunos casos es evidente que los tribunos seguían una línea marcada por una factio con un personaje poderoso detrás, tal y como ocurrió con Gabinio o Manilio y su defensa de las leyes que dieron amplios poderes a Pompeyo en Oriente. En otros casos, como es el de Servilio Rulo en el 63 a.C. y su propuesta de ley agraria, el asunto no ha podido aclararse del todo, ya que las fuentes no dejan claro si era un actor político independiente o si actuaba siguiendo las directrices de otros como Pompeyo o Craso.

Cayo Julio CésarUno de los casos más significativos es el de Publio Clodio Pulcher. Clodio, que a pesar de pertenecer a la gens patricia de los Claudio, se hizo adoptar por un plebeyo para poder ejercer como tribuno de la plebe, es un ejemplo de cómo el tribunado en los años en los años cincuenta se había convertido ya en una plataforma de poder superior en ocasiones al consulado y el resto de magistraturas. Publio Clodio llegó al tribunado en el 58 a.C. como un agente de César, con el objetivo de asegurarse de que las leyes que éste había aprobado como cónsul el año anterior no eran anuladas por los nuevos magistrados. Sin embargo, Clodio pronto se mostró como un individuo poco dado a colaborar con la que en principio era su factio: se enfrentó con Pompeyo, por entonces aliado de César, y comenzó a llevar una política independiente que incluyó entre otras medidas enviar al exilio a Cicerón por su participación en la represión de Catilina y sus seguidores. Para lograr aprobar sus leyes Clodio hizo uso de una herramienta que ya otros tribunos habían utilizado en décadas anteriores: formar bandas reclutadas entre los collegia de la ciudad y emplearlas como medio de presión violenta en las asambleas y los comicios y como presión contra sus rivales políticos. La aparición en las calles de Roma de estas bandas armadas, que habían estado prohibidas durante muchos años, hizo que la violencia se disparara en la Urbe y llegara a bloquear en muchos momentos toda actividad de las asambleas y Senado. Para muchos historiadores, Clodio supuso la cima de un tribunado de la plebe enseñoreado de su poder y de su capacidad para hacer y deshacer en las instituciones, algo muy diferente del espíritu para el que se había creado esta magistratura en los albores de la República.

Las guerras civiles entre César y Pompeyo y posteriormente entre los cesaricidas y los cesarianos fueron el epílogo de esta situación. Una espiral de muertes y violencia en la que los tribunos de la plebe tuvieron un papel muy destacado. Por señalar sólo un ejemplo: la violencia de una parte del Senado contra los tribunos de la plebe, que como sabemos estaban protegidos por un juramento sagrado, fue uno de los argumentos que esgrimió César para invadir Italia con sus ejércitos y desatar la guerra civil. El tribunado de la plebe y la supuesta defensa de sus derechos se convirtió de este modo en el eje central sobre el que se construyó la dictadura de César, a pesar de que él mismo, una vez asumió los poderes casi absolutos no dudó en ningunear a los tribunos en cada ocasión en la que resultaron molestos para sus planes.

El fin del tribunado de la plebe

La Roma de finales del siglo I a.C. ya no se parecía en nada a aquella comunidad de pastores y agricultores que a comienzos del siglo VI a.C. había visto nacer el tribunado de la plebe como magistratura casi revolucionaria. Una figura que había nacido para defender a los plebeyos de los abusos de los patricios y había pasado a convertirse en marioneta del Senado para ser finalmente una plataforma de poder en manos de políticos y generales ambiciosos. El tribunado de la plebe, con sus amplios privilegios y atribuciones, tenía en su esencia la semilla de la destrucción de la República. Sila había entendido este hecho de forma parcial, pero desde su ceguera conservadora no supo dar con más solución que la violencia y una frágil legislación. Fue un político posterior, acaso uno de los más sagaces y brillantes que ha dado la historia de la humanidad, quien encontró la manera de acabar con el problema que suponía el encaje del tribunado de la plebe en el sistema político romano.

Hablamos, como no podía ser de otra manera, de Augusto. El Octaviano que había sido nombrado por sorpresa como uno de los herederos de César y que finalmente se alzó con el poder único en Roma tras derrotar a Marco Antonio y sus aliados, comprendió que si pretendía crear una base de poder sólida sobre la que asentar su nuevo sistema político tenía que comenzar haciendo algo con el tribunado de la plebe. Y la solución que encontró fue nada más y nada menos que asumir él mismo de forma vitalicia la potestas tribunicia, es decir, asumir todos los poderes y los privilegios de los tribunos de la plebe. De este modo, Augusto reunió en sus manos el imperium proconsular (el poder de mandar legiones en el exterior) con el carácter sagrado y el derecho a veto de los tribunos. Una fórmula a todas luces ilegal dentro del sistema republicano, pero que los ciudadanos de Roma, cansados de décadas de guerras civiles, asumieron sin problemas dado que venía de la mano de un programa de gobierno que aseguraba la paz y la prosperidad económica.

Al asumir la tribunicia potestas, Augusto daba el primero paso hacia la desaparición del tribunado de la plebe. Él mismo la mantuvo durante toda su vida, y sus sucesores asumieron estos poderes como parte de sus cargos como emperadores. Siguió habiendo otros tribunos de la plebe, aunque al tener el emperador sus mismas prerrogativas eran meros cargos simbólicos, como por otro lado lo eran también el resto de las magistraturas. Es muy significativo que las fuentes imperiales van dejando de hablar del tribunado de la plebe lentamente, limitándose a mencionar sus poderes como parte de las prerrogativas imperiales pero sin citar apenas el nombre o la actividad de tribunos concretos. En algún momento del Alto Imperio, el cargo, ya vacío de todo contenido, simplemente desapareció y cayó en el olvido.

Cayo Julio César Octaviano Augusto


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