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Nacho Ataz
| Jue, 12 Feb 2015 - 13:06
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En otoño del año 1900, un grupo de submarinistas descubrió un barco hundido frente a las costas de la isla de Anticitera, al norte de Creta. Las expediciones que siguieron al hallazgo desvelaron la existencia de espectaculares tesoros. Las maravillas se encontraban enterradas en el lecho marino, a unos 55 metros de profundidad, distancia que rebasaba las restricciones tecnológicas de la época. Las inmersiones desembocaron en la muerte de un buzo, afectado por el síndrome de descompresión, y la parálisis de dos compañeros suyos, con lo que las excursiones a la nave naufragada quedaron congeladas. Ahora, más de cien años después, provistos de los instrumentos necesarios para sortear tales fronteras naturales, un equipo de arqueólogos de la "Agencia Griega de Arqueología Marina" (HEUA) y de la "Institución Oceanográfica de Woods Hole" (WHOI) ha vuelto a la escena del naufragio.
En efecto, hace apenas cinco meses, el nuevo equipo bajó a otear el fondo marino con cámaras de alta definición y recicladores de oxígeno tipo rebreather. La función de estos artefactos de respiración es filtrar y conservar el oxígeno útil, expulsando exclusivamente el dióxido de carbono, pudiendo llegar a mantenerse sumergidos más de tres horas seguidas. En base a las grabaciones realizadas, han desarrollado un mapa en 3D de la zona subacuática que les permite ahora asegurar la existencia de más objetos de valor cultural abandonados junto a la antaño cóncava nave; también han podido constatar que una parte importante del navío ha sobrevivido al paso de los siglos. Por la dispersión de la carga ---a lo largo de unos 300 metros--- y las dimensiones de las anclas y su tablazón, parece que se trataría de un buque de más de 50 metros de eslora y, con ello, el más grande jamás descubierto. ¡Es el Titanic del Mundo Antiguo! ha declarado Brendan Foley, uno de los arqueólogos de la WHOI. Entre otros hallazgos, han extraído una lanza de dos metros de largo que se encontraba enterrada por la sedimentación. El dardo de cobre ha causado gran estupor, fundamentalmente, por su tamaño: supera con mucho las medidas y el peso habitual para su uso humano. Por eso, han buscado a su propietario directamente en la esfera divina: si no perteneció a una estatua de un guerrero de grandes dimensiones, la titularidad corresponde a la diosa Atenea.
Parece ser que este buque de carga de grandes dimensiones partió de Asia Menor con rumbo a Roma en torno al año 70 o 60 a.C.. La isla de Anticitera se encuentra en una ruta marítima con mucha afluencia en la Antigüedad, y fue justo donde, debido probablemente a un temporal imprevisto ---lo que suelen concluir mayoritariamente ante este tipo de hallazgos arqueológicos---, la embarcación naufragó y acabó hundida en el fondo de la costa de Anticitera.
Las inmersiones de 1901 habían conseguido rescatar, entre otros objetos de valor, mobiliario, joyas, ánforas, vídrios, esculturas de bronce y de mármol y los restos del que denominaron Mecanismo de Anticitera, un objeto metálico con forma de rueda dentada e inscripciones griegas en su interior, cuyo valor pasó inadvertido en un principio. Según los expertos tanto del campo de la arqueología como del de la física, se trata de un aparato basado en el modelo babilónico para la predicción astronómica. Con esta "proto-computadora", como han querido llamarlo algunos, y gracias a la posición de las constelaciones, se podría calcular el movimiento y posición de la luna en fechas venideras y, con ello, los eclipses solares, entre otros fenómenos.
Según el proyecto, después del éxito de los descubrimientos del pasado mes de octubre, no van a dejar pasar un año para volver a sumergirse e intentar salvar, entre otras cosas, las piezas perdidas del Mecanismo de Anticitera.
Fuente: Süddeutsche Zeitung y Web del Proyecto Return to Antikythera.
En efecto, hace apenas cinco meses, el nuevo equipo bajó a otear el fondo marino con cámaras de alta definición y recicladores de oxígeno tipo rebreather. La función de estos artefactos de respiración es filtrar y conservar el oxígeno útil, expulsando exclusivamente el dióxido de carbono, pudiendo llegar a mantenerse sumergidos más de tres horas seguidas. En base a las grabaciones realizadas, han desarrollado un mapa en 3D de la zona subacuática que les permite ahora asegurar la existencia de más objetos de valor cultural abandonados junto a la antaño cóncava nave; también han podido constatar que una parte importante del navío ha sobrevivido al paso de los siglos. Por la dispersión de la carga ---a lo largo de unos 300 metros--- y las dimensiones de las anclas y su tablazón, parece que se trataría de un buque de más de 50 metros de eslora y, con ello, el más grande jamás descubierto. ¡Es el Titanic del Mundo Antiguo! ha declarado Brendan Foley, uno de los arqueólogos de la WHOI. Entre otros hallazgos, han extraído una lanza de dos metros de largo que se encontraba enterrada por la sedimentación. El dardo de cobre ha causado gran estupor, fundamentalmente, por su tamaño: supera con mucho las medidas y el peso habitual para su uso humano. Por eso, han buscado a su propietario directamente en la esfera divina: si no perteneció a una estatua de un guerrero de grandes dimensiones, la titularidad corresponde a la diosa Atenea.
Parece ser que este buque de carga de grandes dimensiones partió de Asia Menor con rumbo a Roma en torno al año 70 o 60 a.C.. La isla de Anticitera se encuentra en una ruta marítima con mucha afluencia en la Antigüedad, y fue justo donde, debido probablemente a un temporal imprevisto ---lo que suelen concluir mayoritariamente ante este tipo de hallazgos arqueológicos---, la embarcación naufragó y acabó hundida en el fondo de la costa de Anticitera.
Las inmersiones de 1901 habían conseguido rescatar, entre otros objetos de valor, mobiliario, joyas, ánforas, vídrios, esculturas de bronce y de mármol y los restos del que denominaron Mecanismo de Anticitera, un objeto metálico con forma de rueda dentada e inscripciones griegas en su interior, cuyo valor pasó inadvertido en un principio. Según los expertos tanto del campo de la arqueología como del de la física, se trata de un aparato basado en el modelo babilónico para la predicción astronómica. Con esta "proto-computadora", como han querido llamarlo algunos, y gracias a la posición de las constelaciones, se podría calcular el movimiento y posición de la luna en fechas venideras y, con ello, los eclipses solares, entre otros fenómenos.
Según el proyecto, después del éxito de los descubrimientos del pasado mes de octubre, no van a dejar pasar un año para volver a sumergirse e intentar salvar, entre otras cosas, las piezas perdidas del Mecanismo de Anticitera.
Fuente: Süddeutsche Zeitung y Web del Proyecto Return to Antikythera.