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La cultura como bien de lujo

Luis Manuel López | Artículo | 30/01/2014 - 10:42Comenta

Marchantes de arteLa pasada semana el Consejo de Ministros nos sorprendió a todos con la decisión de bajar el IVA del mercado de las artes plásticas y las antigüedades del 21% al 10%, una cuestión que ha desatado una gran polémica en diversos sectores. En un país en el que el consumo de cultura es cada día más bajo, en el que las salas de cines y teatros se vacían de forma paulatina al tiempo que crecen los precios de las entradas, en el que un libro comienza a ser un bien de lujo, ¿qué sentido tiene una rebaja fiscal a un producto destinado a un mercado tan minoritario? Aunque los representantes del mundo de la cultura en sus diversas facetas han mostrado su alegría por sus compañeros pintores y escultores, no han podido evitar un deje de ironía y amargura en muchos de sus comentarios. ¿Y el resto cuándo? Esta ha sido la pregunta más formulada en las redes sociales. Aunque la portavoz del gobierno ha afirmado que esta rebaja del IVA al mercado del arte es sólo un primer paso que se extenderá próximamente al resto de productos culturales, no podemos evitar dudar de la veracidad de un ejecutivo que ha hecho de la doblez y la falsedad una de sus principales señas de identidad. Y aunque fuera cierto, ¿por qué comenzar la rebaja por el mercado del arte?
La respuesta es, desde mi punto de vista, muy sencilla. Porque es la línea política de este gobierno. Considerar como lujo la mayoría de productos culturales, sean materiales o no, y tratar como si fueran adquisiciones básicas bienes que sólo las clases altas pueden permitirse comprar. ¿Quién consume en el mercado del arte y las antigüedades? Desde luego, no lo hacen las cada vez más hundidas clases medias, ni, por supuesto, la clase baja. La rebaja del IVA en el mercado del arte y las antigüedades sólo favorece a un colectivo: los potentados que pueden permitirse invertir en este tipo de productos. Una vez más, estamos ante un ejemplo de política liberal mal entendida: que los ricos paguen menos impuestos, ya sea de forma directa o indirecta. No hay duda de que la rebaja podrá incrementar los ingresos de artistas y marchantes, pero el gran beneficiado será el consumidor de estos productos, que podrá comprar más y a mejor precio. El resultado será la potenciación de la venta de objetos de lujo, un mercado que no ha parado de subir desde que se desató la crisis. Una prueba de que hay unos cuantos que no sólo no están notando las vacas flacas ni los recortes, sino que se están haciendo más ricos con ello.
En España la cultura es un lujo que no está al alcance de todos. No todas las familias pueden permitirse desembolsar cincuenta euros para que sus miembros vayan al cine un fin de semana. Del teatro ni hablemos: pese a que la afición de los españoles a este tipo de espectáculos está más que probada, la gente no puede asumir el precio de una entrada más que unas pocas veces al año, y eso sólo en el mejor de los casos. ¿Y los libros? ¿Es normal que este sector tenga que tributar el 21% mientras que la compra de un lienzo de Antonio López lo hace al 10%? ¿Es normal que tengamos que pagar un suplemento de más de cinco euros si queremos disfrutar de una buena edición de la Ilíada, Aristófanes o Catulo? Basta echar un vistazo al catálogo de algunas editoriales (Gredos o Cátedra son buenos ejemplos de ello) para darnos cuenta de que un buen libro no está al alcance de cualquier bolsillo. En una época en la que muchos tienen que elegir entre leer y comer, es lógico que la gente abandone la lectura, porque la alternativa es abandonar la vida.El libro, un bien al alcance de unos pocos En el caso de los que amamos el Mundo Antiguo, la situación nos aboca a olvidarnos de nuestra pasión por los precios que alcanzan algunos de sus productos. ¿Qué bolsillo puede permitirse en un mismo mes ir al cine a ver el estreno de Hércules, al teatro a disfrutar con Julio César, una escapada de un día para visitar el yacimiento de Segóbriga y comprar un par de novedades editoriales de literatura grecolatina? Sólo unos pocos privilegiados pueden hacer esto. No estamos hablando de que pagar impuestos sea algo negativo, en absoluto. El estado de bienestar debemos sostenerlo entre todos, y eso sólo funciona con un buen sistema fiscal. Pero un buen sistema fiscal es un sistema que utiliza la coherencia a la hora de repartir las cargas. En ninguna cabeza puede caber la idea de que por un libro o una entrada de teatro haya que pagar más impuestos en proporción que por una lujosa lámpara del siglo XVIII.
Insisto: no es lícito tratar la cultura como un lujo y los productos de lujo como un bien necesario. Esta política fiscal aboca al país a la ruina intelectual, al erial cultural más absoluto, a que los ciudadanos no lean, no escriban, no vayan al teatro. Esta política sólo puede explicarse de dos maneras. O bien es producto de la incompetencia, en cuyo caso habría que preguntarse si os que toman las decisiones políticas deben continuar en sus cargos. O bien es fruto de un plan deliberado que busca que los españoles no leamos, no escribamos, no vayamos al teatro para que no pensemos, no opinemos y no critiquemos. E definitiva, para que no molestemos.


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