Sexo y homosexualidad en la antigua Atenas

Luis Manuel López | Artículo | 28/08/2018 - 08:15Comenta

Sexo y homosexualidad en Atenas

Como bien señaló el divulgador Indro Montanelli, la Historia de Grecia debe denominarse de forma estricta Historia de los griegos. A diferencia de la historia de Roma, en la que una única comunidad impuso sus leyes y su cultura a todo el Mediterráneo, los griegos, hasta finales de época clásica al menos, fueron una pluralidad de ciudades estado que, aunque compartían una cultura general común, unos mismos dioses y una lengua muy semejante (con diferentes dialectos) tenían leyes, costumbres y visiones del mundo muy diferentes. Por este motivo resulta bastante inútil hablar de la sexualidad u la homosexualidad de la Grecia antigua. Habría que precisar a qué punto concreto, tanto en el tiempo como en el espacio, de esa Grecia nos referimos.

Aquí nos limitaremos abordar el tema de la sexualidad en la ciudad de Atenas, tanto porque es la ciudad que más fuentes nos ha proporcionado para reconstruir su historia y su cultura, como porque su prestigio cultural, y durante un tiempo político y militar, hizo que las costumbres de los atenienses se convirtieran hasta cierto punto en el paradigma de todo lo griego.

Lo que más ha llamado la atención sobre la sexualidad en Atenas es la normalidad con la que se asumían las prácticas homosexuales entre varones. Algo que ha chocado durante milenios con el rechazo del mundo judeocristiano a estas prácticas y que ha llevado a ocultar o interpretar desde prismas erróneos lo que las fuentes nos dicen sobre este tema. Hoy, sin embargo, la idea de que los hombres atenienses mantenían relaciones sexuales con otros varones forma parte de la visión popular que la mayoría de la gente tiene de la sociedad griega clásica. No es infrecuente encontrarse, por otro lado, con la expresión “la mayoría de los griegos eran homosexuales”, algo que es por completo erróneo desde muchos puntos de vista. La sexualidad ha de ser entendida como la elección de una pareja sexual, como aquello que nos atrae sexualmente, sin que ello conlleve un tipo de rol en la sociedad (género) ni por supuesto tenga nada que ver con el sexo biológico. La sexualidad, además, puede cambiar en el tiempo o permanecer estable. Y este cambio en la sexualidad puede darse por un proceso individual o por una presión social en la cultura que empuja al cambio, tal y como ocurría en la antigua Grecia. Esto, el cambio de la sexualidad a lo largo de la vida del individuo, es la clave para interpretar las prácticas sexuales de los atenienses. En Atenas la homosexualidad no era una identidad, no se era homosexual como opuesto a heterosexual, ya que estos conceptos modernos son totalmente ajenos a la mentalidad griega. Los varones mantenían prácticas homosexuales como las mantenían heterosexuales: todo formaba parte de su vida y no había oposición entre unos y otros.

Sexo y homosexualidad en AtenasHay que entender, en primer lugar, que los atenienses, pese a ser considerados una de las civilizaciones más abiertas y culturalmente avanzadas de la Antigüedad, eran profundamente machistas. Las mujeres eran consideradas menores de edad a todos los efectos, y vivían siempre a la sombra del varón. Ningún ateniense, o muy pocos, se habría planteado jamás que una mujer pudiera ser intelectualmente igual a un hombre. Sólo algunos artistas, como Aristófanes, rompieron con este machismo endémico, pero fueron la excepción. Ante esta concepción tan negativa del sexo femenino, ¿qué valoración podían tener las relaciones heterosexuales? Las relaciones entre hombres y mujeres eran, como es obvio, necesarias para perpetuar las familias y los linajes, y, en consecuencia, todos los varones debían encontrar una esposa que dirigiera su hogar y le diera hijos legítimos, sanos y fuertes. El matrimonio era una institución fundamental para la legislación ateniense, pues era la base para considerar a los hijos legítimos y para articular las herencias y trazar los linajes. Ahora bien, más allá de tejer la lana, dirigir la casa y parir hijos, ¿qué podía ofrecer una mujer a un varón ateniense? El hombre ateniense, tan pagado de si mismo, tan convencido de su propia superioridad, no podía encontrar en el amor con una mujer más que solaz físico, pero rara vez un provecho espiritual real. Sólo un hombre era digno del amor de otro hombre. Sólo dos almas masculinas, más elevadas que las de las mujeres, podían complementarse y dar sentido al amor. Platón tiene esto muy claro, y lo expone en varios de sus diálogos. Y, por continuar con Platón, dado que el amor no debía limitarse a lo físico, sino que debía trascender al nivel de lo inmaterial, poco se puede esperar de una relación con una criatura inferior, como era considerada la mujer. En conclusión, la mayoría de los atenienses mantenían relaciones sexuales con mujeres, como es lógico y esperable en toda sociedad que se perpetua, pero lo hacían como mero placer físico o como parte de sus obligaciones como cabezas de familia. El amor, el amor elevado del gusto de Platón, estaba reservado para las parejas de varones.

Esto no quiere decir, por supuesto, que no existieran hombres que prefirieran a las mujeres como compañeras sexuales. Existieron, y no fueron pocos, y dejaron su huella en las fuentes. De hecho, la heterosexualidad estricta de un varón adulto tuvo que ser algo muy habitual, aunque no tanto la de los jóvenes varones, especialmente entre la aristocracia, ya que, como veremos el sexo entre hombres formaba parte de la educación del efebo.

Sexo y homosexualidad en Atenas¿Qué limitaciones había para las relaciones sexuales entre hombres? Las había, y eran muy nítidas. En Atenas, las relaciones amorosas y sexuales formaban parte de la formación de los jóvenes aristócratas. Se consideraba que el amor y el sexo eran un camino perfecto para que los adolescentes imitaran la vida virtuosa de sus mayores. En consecuencia, no todas las relaciones eran igualmente bien vistas. La relación ideal era aquella de la que el joven podía sacar un provecho educativo, es decir, aquella que tenía lugar con un hombre de más edad, más experiencia, mayor virtud en todos los campos. Los amantes, conocidos como erastés y erómenos, pasaban muchas horas juntos, y su relación era el contexto perfecto para que el joven aprendiera a ejercer su papel en el gobierno de la ciudad, en el ejército, en los cultos religiosos… El erastés se convertía en un maestro del erómenos, y la virtud de uno y otro empujaba a la del compañero a la mejora y la superación. Por este motivo, la elección de la pareja, sobre todo por parte del joven erómenos, no debía basarse en los apetitos físicos, sino en la grandeza espiritual del elegido y en las posibilidades de aprendizaje que se tuviera a su lado.

Más allá de esto, no estaban bien vistas las relaciones entre hombres de un mismo rango de edad. Ni las relaciones entre jóvenes, ni las relaciones entre hombres maduros eran socialmente aceptadas. El hombre maduro debía limitar su sexualidad a su mujer, a un erómenos más joven que pudiera aprovecharse de su experiencia y al uso de los servicios de un profesional del sexo o a sus propios esclavos. No se admitía que un hombre maduro rechazara contraer matrimonio para hacer su vida con otro varón de su misma edad. Esta idea rompía con la idea de la familia como centro fundamental de la sociedad ateniense. Su esposo legítima en casa y un erómenos en la vida social, éste era el marco que limitaba la vida sexual de un varón maduro ateniense. Sabemos además que no todos los hombres casados tenían un erómenos, o lo tenían sólo durante un tiempo.

Del mismo modo, los jóvenes no debían tener relaciones entre ellos, pues este tipo de encuentros poco podían aportar a uno y a otro amante, habida cuenta de la escasa experiencia vital entre ambos. El erómenos debía buscar a su compañero entre los hombres de más edad. Una relación entre jóvenes sólo podía buscar el mero placer físico, no el engrandecimiento mutuo, por lo que era rechazada por los atenienses.

No podemos caer, por tanto, en el extremo de considerar que la sociedad ateniense era un mundo en el que las relaciones sexuales entre varones se vivían en un entorno de total permisividad. Como hemos dicho, sólo eranSexo y homosexualidad en Atenas aceptadas las relaciones entre hombre maduro y adolescente, y siempre dentro de unas pautas muy marcadas. Conocemos casos de hombres que conservaron sus relaciones durante toda su vida, incluso en la madurez de ambos amantes, pero son siempre casos excepcionales y que no eran bien vistos por la sociedad ateniense. No todo estaba permitido.

Las prácticas sexuales eran, en consecuencia, sólo una parte de una relación de pareja mucho más amplia, pero eran sin duda una parte importante. En ellas y por norma, el joven, el erómenos, debía asumir la parte pasiva de la relación sexual, mientras el maduro, el erastés, asumía la parte activa. Si esto no se cumplía, la relación podía no estar bien vista. Un hombre maduro con gusto por el sexo pasivo era considerado un hombre poco viril, blando, era, en consecuencia, despreciado. Existe un gran debate acerca de si el sexo anal era practicado de forma habitual o si, por el contrario, era el sexo intercrural (consistente en situar el miembro entre las piernas del amante) el que tenía más adeptos. Las fuentes literarias no son muy explícitas en este sentido, y la iconografía de las pinturas muestra posibilidades muy variadas. Desde luego, tanto la masturbación como el sexo oral eran practicados con frecuencia, siempre siendo el erastés el que recibía todas las atenciones del erómenos y rara vez al revés.

Algunos autores han querido presentar las relaciones entre erómenos y erastés como algo meramente espiritual, una camaradería que no incluía el sexo carnal.Una lectura fuera de contexto de los diálogos de Platón podría dar esta sensación, y desde luego una relación sin componente carnal era el ideal al que el discípulo predilecto de Sócrates pretendía que todos los varones aspiraran. Sin embargo, basta echar un vistazo a las muchas representaciones de contenido homosexual que nos ha legado la cerámica ateniense para darnos cuenta de que el sexo físico era algo muy habitual y que, por tanto, formaba parte esencial de las relaciones entre el erastés y erómenos. Tal vez se dieron relaciones castas y puras al modo soñado por Platón; pero, como podemos sospechar, eran las menos frecuentes.

Sexo y homosexualidad en AtenasA la vista de estos datos, ¿podemos considerar que los atenienses fueran homosexuales? Como vemos, el primer problema con el que topamos es que las prácticas sexuales de los atenienses no se dejan encajar con facilidad en nuestros esquemas mentales. Un varón ateniense que escogiera a un erómenos y que practicara sexo con él siendo la parte activa en todo momento nunca habría sido tachado de afeminado ni se habría cuestionado su hombría. Un joven que durante la adolescencia hubiera mantenido relaciones con un erastés pero que después hubiera optado por limitar su vida sexual a su esposa, esclavas y prostitutas jamás habría tenido problemas para definir su identidad ni habría sido objeto de escarnio ni mucho menos de persecución legal. En Atenas tenemos un ejemplo claro de que la sexualidad de un individuo no es constante, sino que cambia a lo largo de la vida del individuo, y de que ésta no condiciona de modo automático su identidad. Los griegos no eran homosexuales. Pero tampoco eran heterosexuales. El único término que existe en nuestra lengua para definir la identidad sexual de los atenienses es el de bisexual, aunque tampoco éste se ajuste a la perfección a la mentalidad antigua. En Atenas, a diferencia de las sociedades cristianas tradicionales, sexualidad y género eran dos elementos que estaban separados de forma nítida y clara y que no dependían el uno del otro.

Hay que tener mucho cuidado, en conclusión, con las sentencias absolutas, muy frecuentes en las publicaciones de divulgación y en los programas de televisión, del tipo “en Grecia la homosexualidad estaba permitida” o “los griegos eran homosexuales”, porque ofrecen un retrato de la sociedad ateniense que deforma la realidad histórica y la falsea.

¿Qué ocurría mientras tanto con la mitad de la población tan silenciada en las fuentes como en los estudios de historia modernos? ¿Qué ocurría con el sexo de las mujeres? Como suele ocurrir en casi todas las épocas, cuando un historiador se enfrenta a la reconstrucción de la vida íntima de las mujeres topa con una realidad: las fuentes literarias rara vez se interesaron por ellas. Esto es más frecuente aún en la muy machista Atenas, que consideraba a la mujer un elemento subordinado al hombre, un ser inferior que debía permanecer recluido en el gineceo y que, como tal, no era digno de atención en una obra literaria o filosófica. Las relaciones de las mujeres con los hombres son algo más conocidas. ¿Y las relaciones entre las propias mujeres? Por desgracia sabemos muy poco. En la mentalidad colectiva aparece la figura de Safo, la poetisa de Lesbos cuya vida está llena de elementos oscuros que los historiadores no han sido capaces de aclarar. Se conservan poemas de Safo en los que habla de su amor por otras mujeres, pero son textos tan aislados y difíciles de encajar en un contexto que han generado un enorme debate. No olvidemos además que Safo era de Lesbos y que por tanto no formaba parte de la cultura ática propiamente dicha. Fuera el amor de Safo por otras muchachas algo espiritual o algo que de verdad se plasmaba en relaciones físicas queda a la especulación de los investigadores. En lo que se refiere a las relaciones homosexuales entre mujeres en Atenas, lo que sabemos es prácticamente nada. Alguna mención en “El Banquete” de Platón, algún término que se refiere a ellas, alguna parodia en la comedia de Aristófanes… y poco más. Una vez más el historiador que quiere abordar el mundo de las mujeres choca con el muro del silencio de los autores antiguos.

Sexo y homosexualidad en Atenas


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