Roma Oscura

Un mundo clásico de mármol o un mundo clásico de colores

Luis Manuel López | Artículo | 19/04/2014 - 20:02Comenta

Fachada del Coliseo, en pleno proceso de limpiezaLa semana pasada, un periódico anunciaba en sus titulares que, en fecha próxima, el mundo quedaría asombrado al descubrir el color original del Coliseo. La noticia informaba del proyecto de restauración iniciado hace unos meses en el Anfiteatro Flavio, consistente en utilizar chorros de agua a presión sobre la piedra del monumento para eliminar la capa de suciedad que, tras siglos de descuido y décadas recientes de contaminación, se ha incrustado en la superficie de los materiales. La jefa del equipo de restauradores, Gisella Caponni, ha anunciado que el resultado definitivo será una tonalidad semejante al ámbar que, aunque no será la misma que la del mármol que cubría originalmente el anfiteatro, permitirá al visitante hacerse una idea del color original del monumento.

Aunque todo apunta a que las autoridades italianas están siendo sumamente cuidadosas en todo lo que se refiere a la restauración del área del Coliseo y los Foros, lo cierto es que el debate entre restauración y conservación sigue abierto y genera arduas polémicas. ¿Debemos conservar los restos arqueológicos tal y como han llegado a nosotros o tratar de reconstruir su grandeza original? En España contamos con ejemplos de lo desastroso que puede resultar un proyecto de restauración mal concebido, como es el engendro moderno en el que se ha convertido el teatro de Sagunto. Ante las críticas que han generado este tipo de casos, por norma general se opta por la conservación, limitando la restauración a casos muy contados y con obras que, a ser posibles, puedan retirarse para acceder a las piezas originales.

Dentro de la polémica de la restauración el tema del color merece un capítulo aparte. ¿Estamos preparados para contemplar los monumentos antiguos con sus colores originales? El paso del tiempo y la degradación de las piezas han hecho que el legado de la Antigüedad que hemos conservado tenga una imagen esencialmente blanca, de piedra desnuda. Templos sobrios de color del mármol. Esculturas de una palidez completa. Nuestra visión del mundo griego y romano se limita al color blanco hasta el punto de que la simple idea de que se pudieran colorear esculturas como el Discóbolo o el Diadúmenos nos resultan poco menos que un insulto a la estética. No debemos sentirnos culpables por ello. También los artistas del Renacimiento cayeron presa de esta visión monocromática, y, en su afán de imitar a los clásicos, realizaron sus grandes obras en un mármol puro sin decorar. De ahí que tengamos unos blanquísimos David o Moisés entre las mayores obras de arte de todos los tiempos.Polémica interpretación del Augusto Prima Porta

Sin embargo, desde hace relativamente poco tiempo sabemos que esta imagen que tenemos del Mundo Antiguo está por completo falseada. Ni los templos ni las esculturas griegas eran blancos. Rara era la ocasión en la que una de estas piezas se quedaba sin decorar. Los arqueólogos han descubierto en numerosas esculturas y columnas restos de pintura, con colores que no eran precisamente discretos. Colores muy vivos, casi eléctricos, dignos del mejor Warhol, que hoy en día ofenderían a nuestros ojos de clasicistas. Las fuentes literarias son muy explícitas cuando hablan de las esculturas y de los pintores que se dedicaban a darles color. ¿Quién podría hoy resistir la visión de un Partenón de colores, con las metopas y los triglifos alternando azules y rojos, con el friso de las Panateneas coloreado con tonalidades chillonas? ¿Y el Hermes de Praxíteles, con los cabellos rubio platino y los labios de un rojo pasión, como recién salido de una película de Almodóvar? Ningún estudioso ni aficionado aceptaría jamás que se aplicara una capa de pintura a los mármoles de Elgin, la joya del Museo Británico, para que éstos volvieran a su estado original.

Desengañémonos. No queremos ver el Mundo Antiguo tal y como era en realidad. Sucio, ruidoso, violento y, en cuestión de decoración, chillón y estridente. No, nosotros queremos nuestros mármoles blancos impolutos. Ese modelo con el que hemos construido nuestro propio Neoclasicismo, con edificios tan blancos como el Panteón de París o el Capitolio de Washington. Ese modelo en el que se fijaron Miguel Ángel y Bernini. No queremos a Venus con labios pintados y cabellos rubios. No queremos la Venus original. Queremos nuestra Venus, nuestro Partenón y nuestro Coliseo. En lo que respecta al color todos somos extremadamente conservacionistas.

El Partenón son sus colores originales


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