La guerra de Troya en las fuentes literarias antiguas

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Caballo de Troya reconstruido

La leyenda de Troya en todos sus aspectos y variantes, sus protagonistas, sus argumentos y temas constituyen sin duda uno de los pilares más antiguos de la cultura occidental, con ramificaciones que se extienden en todos los campos de las artes y del pensamiento y a través de todos los siglos, desde la Antigüedad hasta nuestros días. Pocos han sido los artistas que no se han inspirado en algún momento de sus carreras en los mitos relacionados con la saga troyana. Escritores, pintores, escultores, dramaturgos, músicos, y, más recientemente, cineastas y dibujantes de cómic, han bebido de esta tradición y la han plasmado en sus propias obras, siendo fieles al mito original o transformándolo según su criterio y su conveniencia. Muchos artistas han conseguido traer hasta nuestros días los mitos troyanos, convirtiendo a las cautivas de Ilión en víctimas de las guerras modernas, o llevando el amor de Aquiles y Patroclo hasta los cánones del siglo XXI. Esta capacidad de la leyenda troyana para adaptarse a los nuevos tiempos y seguir estando de completa actualidad es una de las características que convierten la saga de la guerra de Troya en un clásico inmortal al que los seres humanos han regresado y regresarán a lo largo de los milenios.

Sin embargo, tal proliferación de aportes individuales a una saga que tiene ya más de tres mil años de antigüedad, hace que acercarse a ella resulte confuso y complejo. Cualquiera que se adentra en las procelosas aguas de la saga troyana descubre de inmediato que existen datos contradictorios, incongruencias, hechos que aparecen en unos autores y en otros no. ¿Era Aquiles realmente inmortal? ¿Fue perdonada Helena por Menelao después del conflicto? ¿Qué tipo de relación existió entre Aquiles y Patroclo? Estas preguntas encuentran respuestas diversas dependiendo del autor al que acudamos. Algo perfectamente lógico si tenemos en cuenta lo ya dicho: cada autor que se ha acercado a la guerra de Troya la ha hecho suya y ha añadido, modificado o eliminado los elementos que le han convenido. Algunos autores han tenido éxito y sus cambios han pasado a formar parte del canon de la saga troyana. Otros han tenido menos suerte y han quedado como meras curiosidades.

El primer paso que todo amante de la Cultura Clásica debe dar si desea familiarizarse con la saga troyana es conocer las fuentes literarias antiguas de las que podemos beber para conocer esta leyenda. ¿Cuál es el autor más antiguo que habla de la guerra de Troya? ¿Algún autor habla de la totalidad del conflicto, desde su origen más remoto hasta su desenlace? ¿Qué autores son más fiables? Estas son las preguntas que trataremos de abordar, de forma breve y concisa, en este artículo.

No entraremos aquí en la cuestión de si la guerra de Troya fue un acontecimiento histórico o es un hecho totalmente inventado por los poetas de la época oscura de Grecia. Existiera o no un conflicto entre las comunidades griegas y una ciudad en la costa de la actual Turquía, la leyenda de Troya tiene y tendrá la misma fuerza y el mismo valor cultural. Para disfrutar de las andanzas de Aquiles, Menelao y Héctor no necesitamos saber si estos héroes fueron reales por completo, en parte o totalmente ficticios. Troya y sus personajes existen en nuestra imaginación colectiva como seres humanos, y lleva existiendo más de tres milenios. Y con eso nos basta.

FUENTES GRIEGAS PARA LA GUERRA DE TROYA

Busto del poeta HomeroLa fuente más antigua de la leyenda de la guerra de Troya la tenemos en la propia Ilíada, sea o no una composición unitaria de un poeta llamado Homero por la tradición o un conjunto de cantos épicos orales recogidos y sistematizados en época más tardía. Para la gran mayoría de investigadores, la Ilíada, tal y como la conocemos hoy, es el resultado de un largo proceso de composición que arrancó como diversos poemas épicos transmitidos de forma oral por los aedos de época oscura y que pudo ser puesto por escrito por primera vez en algún momento de comienzos de época arcaica por un poeta al que la tradición ha llamado Homero. Posteriormente, esta versión escrita fue quedando fijada, aunque se hicieron algunos cambios y añadidos, como ocurrió en la Atenas de Pisístrato, para quedar fijado con seguridad el texto que ahora conocemos en época helenística, momento en el que los filólogos de la Biblioteca de Alejandría crearon la versión definitiva.
Pese a ser el testimonio más antiguo del que disponemos, la Ilíada únicamente nos habla de un momento concreto de todo el ciclo: el décimo año de la guerra, con la cólera de Aquiles y las muertes de Patroclo y Héctor. Es decir, la Ilíada no nos cuenta toda la guerra de Troya, sino únicamente una parte de la misma. No cabe duda sin embargo, por noticias del propio texto y por otras fuentes iconográficas, que el resto de la historia de la guerra estaba ya fijado en la imaginación colectiva de los griegos. Cuando Homero puso el poema por escrito, sabía perfectamente cómo comenzaba la guerra y cómo terminaba, y tenía muy claros episodios que no aparecen en el poema, como el célebre uso del caballo de madera para la conquista definitiva de la ciudad. Seguramente existieron otros poemas, tan antiguos como la propia Ilíada o más incluso, que narraban estos acontecimientos, pero dichos poemas o no fueron puestos nunca por escrito, o, si lo fueron, se han perdido y han sobrevivido sólo de forma fragmentaria.

La Odisea, se trate o no de una obra del mismo autor que la Ilíada y sea o no posterior a esta, fue uno de estos poemas que tuvo más fortuna. En concreto, existieron poemas independientes que narraban el regreso a sus patrias de los héroes que habían combatido en Troya. La Odisea es el relato de los regresos, llamados nostoi en griego, que más éxito y fortuna literaria tuvo. En este poema, junto al tema principal del regreso de Odiseo a Ítaca, encontramos pinceladas sobre algunos momentos del desarrollo y el final de la guerra. Un ejemplo de esto es el informe de Menelao y Helena al joven Telémaco cuando éste acude a la corte de Esparta en busca de noticias de su padre.

Posteriores a la obra de Homero son todos los poemas recogidos en el ciclo épico, de los cuales hemos conservado muy escasos fragmentos. Los Cantos Ciprios de Estásimo, del s. VII a.C., narran toda la leyenda prehomérica: el nacimiento de Helena, las bodas de Tetis y Peleo… La Etiopide de Actino de Mileto contaría las últimas hazañas de Aquiles, tras la muerte de Patroclo y antes de la suya propia. En la Pequeña Ilíada quedarían fijados los detalles de la historia del caballo de madera, mientras la Iliupersis narraría la caída de Troya propiamente dicha y el reparto de los prisioneros entre los caudillos griegos victoriosos. La Telegonía de Eugamón sería cronológicamente el último episodio de la saga, con el viaje de Telégono, hijo de Ulises y Circe, en busca de su padre y la muerte de éste en sus manos cumpliendo un oráculo. Por desgracia, la mayor parte de estos poemas los conocemos sólo por escasos fragmentos o por referencias de otros autores más tardíos.

Los líricos griegos arcaicos y clásicos, aunque no abordaron el tema de la guerra de Troya de forma sistemática, utilizan frecuentemente argumentos y personajes del ciclo troyano a modo de exempla en sus propias composiciones, encontrándose estos elementos en Estesícoro, Safo, Alceo, Íbico o Píndaro. La leyenda troyana fue muy querida por los poetas desde época arcaica, algo que no ha desaparecido hasta nuestros días.

En la obra de los historiadores atenienses del siglo V a.C. podemos ver los primeros intentos de racionalización de los acontecimientos en Troya, aunque sin llegar a dudar nunca de su historicidad. Ya en esta época se comenzaba a poner en tela de juicio la participación de los dioses en los acontecimientos narrados, y se intentaba dar una explicación racional a los versos de Homero y otros poetas. En Heródoto, un autor que por lo demás no es especialmente crítico y recoge todos los datos sin distinción, encontramos los primeros intentos de explicar fenómenos sobrenaturales del ciclo según nuevos patrones de pensamiento racional. Este hecho queda mucho más patente en la obra de Tucídides, el primer escritor que entendió la Historia como un ejercicio de crítica y reconstrucción objetiva de los acontecimientos.

Sin duda fueron los tragediógrafos atenienses del siglo V a.C. los que colaboraron en gran medida a fijar con sus obras determinados argumentos y versiones y a consolidarlos en la mente colectiva de los griegos. El tema troyano fue utilizado por todos ellos con gran abundancia para construir sus tragedias. Esquilo, Sófocles, Eurípides y el resto de autores menores encontraron en la saga troyana una gran cantidad de material y personajes con los que jugar para construir sus dramas y reflexionar acerca de la naturaleza humana. Esquilo escribe toda una trilogía sobre Orestes (Agamenón, Coéforos y Euménides), así como otras obras que no han llegado hasta nosotros; de Sófocles conservamos Ayax, Electra y Filoctetes, y sabemos de la existencia de las no conservadas Eurípilo y Polixena; es de Eurípides del que más muestras de tragedias troyanas tenemos: Ifigenia en Áulide, Andrómaca, Hécuba, Las Troyanas, Electra, Helena, Orestes y Reso. Junto con los versos de Homero, los dramaturgos atenienses del siglo V a.C. fueron los que llevaron la saga troyana a sus más altas cotas de calidad literaria y artística. Pocas obras han tenido tanta influencia en el pensamiento y el arte posteriores como lo hicieron estas tragedias.

Teatro griego de Epidauro

La filosofía hizo uso también de la leyenda de Troya en manos de sus principales autores y obras. En el siglo V a.C., Gorgias escribió El Elogio de Helena y la Defensa de Palamedes, como puros ejercicios retóricos en los que trataba de reivindicar dos figuras muy mal paradas en la tradición homérica. Esta corriente de utilizar personajes del ciclo troyano para argumentar composiciones retóricas que trataban de rivalizar con Homero y la tradición fijada pervive en el mundo griego hasta la dominación romana en la llamada segunda sofística: Ptolomeo de Queno escribió una obra perdida, el Antihomero. Filóstrato un diálogo, el Heroico. Luciano de Samósata, en los Diálogos de los Muertos, vuelve a reflexionar sobre la figura de Helena y sus responsabilidades en la guerra. La costumbre de emplear argumentos sacados de la saga troyana como ejercicios de composición retórica fue adoptada en época romana y se convirtió en una pieza clave de la formación de las élites intelectuales y políticas. Los jóvenes de todo el Imperio se ejercitaban junto a sus maestros componiendo discursos en los que fingían ser Palamedes defendiéndose de Odiseo, Helena probando su inocencia o Áyax reclamando las armas de Aquiles. De este modo, los jóvenes se convertían en hábiles oradores, capaces de defender todo tipo de argumentos durante su carrera como abogados o magistrados.

Los poetas helenísticos utilizaron en sus obras los personajes troyanos, siguiendo la línea de los líricos arcaicos y clásicos, y en muchas ocasiones con abierta vocación de discrepar con Homero y dar su propia versión de los acontecimientos. Así lo hicieron Teócrito en el Encomio de Helena o Dión Crisóstomo en el Troico, donde llegaba a plantear una versión alternativa en la que Troya no habría caído en manos griegas, sino que habría resistido y vencido la guerra. Una vez más estamos ante ejercicios de retórica con los que los poetas trataban de demostrar su habilidad componiendo versos hermosos que al mismo tiempo resultaran convincentes al lector.

Ya en el Bajo Imperio, Quinto de Esmirna escribió sus Posthoméricas, una obra en catorce libros donde se narran los episodios posteriores a la muerte de Héctor, siendo el testimonio más completo, aunque tardío, conservado de estos hechos. Quinto de Esmirna conocía bien toda la tradición literaria anterior a él, obras que en su mayor parte se han perdido para nosotros pero que este poeta supo sintetizar y utilizar en su obra. Gracias a este autor tenemos un relato continuado de lo ocurrido desde el final de la Ilíada hasta el comienzo de la Odisea. Siguiendo esta misma línea, aunque sin alcanzar las cotas de calidad de Quinto de Esmirna, tenemos las obras de Trifiodoro de Panópolis (Toma de Troya) o Coluto (El rapto de Helena).

El mundo bizantino fue el verdadero depositario de la tradición homérica directa, ya que los poemas se perdieron durante siglos en Occidente. En el medioevo oriental encontramos autores que desarrollan la tradición como Malalas (Cronografía), Cedreno (Crónica) y Juan Tzetzes (Poemas Ilíacos), aunque ninguno de ellos llegó a aportar mucho al ciclo troyano. Su principal valor fue el de mantener viva la llama de la saga homérica en un tiempo en el que en Occidente todo conocimiento de la lengua griega se había perdido y los recuerdos de la Guerra de Troya se desvirtuaban, mezclándose con novelas de caballería y alegorías cristianas.

FUENTES LATINAS PARA LA GUERRA DE TROYA

Desde prácticamente sus mismos orígenes, el mundo romano se vio inmerso dentro de la tradición cultural griega. Esto se debió a la notable influencia que sobre el mundo latino ejerció tanto la civilización etrusca, muy helenizada ella misma, como las propias comunidades griegas del sur de Italia y la Campania. En el momento en el que los romanos salieron de los estrechos confines del valle del Tíber, comenzaron a beber de una tradición literaria y cultural griega que tenía ya varios siglos de antigüedad y había acumulado un enorme prestigio en todo el Mediterráneo. La literatura latina se hizo eco por tanto desde sus orígenes de la leyenda troyana, ya que ésta era uno de los principales pilares de la tradición cultural griega. La épica fue el primer género que recogió la tradición en obras como el Carmen Priami, la Odusia de Livio Andronico, el Bellum Punicum de Nevio y los Annales de Ennio. Para todos estos autores, Homero era el gran referente, y su objetivo fue crear en lengua latina una tradición que trataba de emular a la ya consolidada en lengua griega.

El teatro latino, siguiendo la tradición ateniense, también hizo uso de la leyenda troyana y así lo constatamos en los escasos fragmentos y noticias conservados de Pacuvio y Accio. También la comedia de Plauto refleja un profundo conocimiento del ciclo troyano, aunque, como es natural, su temática se adecuaba menos a los tópicos homéricos y recurre a ellos de una manera indirecta. Los romanos, de gustos menos elevados que los griegos, siempre prefirieron los argumentos sencillos, y en ocasiones burdos, de la comedia, que las elevadas reflexiones de la tragedia griega, por lo que la saga troyana se prodigó poco en los escenarios de Roma a los que acudía la plebe.

La poesía de los neotéricos, poetas que escribieron su obra en el siglo I a.C. siguiendo la moda de los reinos helenísticos, también recogió tradición troyana, como queda constatado en la obra de Catulo: en el poema 64, aunque se habla de Tetis y Peleo, hace referencia a la profecía sobre la muerte de Aquiles; el poema 68 habla de la muerte de su hermano en Asia Menor, y recurre a la leyenda troyana para mitificar y describir el paisaje.

Rostro de Eneas imaginado por el escultor BerniniSin duda el gran continuador de Homero en la construcción de la leyenda troyana y la fijación de determinados episodios en la tradición fue Virgilio, uno de los mejores poetas de todos los tiempos. Dentro del programa cultural iniciado por Augusto para dotar a Roma de una gloria artística de la que había carecido hasta el momento, a Virgilio se le encargó la composición de un gran poema épico que, al modo de Homero, glosara las hazañas de los héroes romanos. A finales del siglo I a.C. ya estaba consolidada la idea entre los romanos de que su pueblo descendía de los últimos supervivientes de la caída de Troya. No sabemos cuál fue el origen de esta identificación, pero es evidente que los romanos la utilizaron para justificar su conquista de Grecia y Oriente. Según este nuevo mito, los romanos serían los descendientes del héroe Eneas y sus compañeros troyanos, por lo que su conquista de Oriente no sería la llegada de un extranjero imperialista sino el regreso a su hogar de un pueblo que había sido expulsado de su tierra. De este modo, Roma se entroncaba directamente con la prestigiosa leyenda troyana y se permitía mirar de igual a igual a los pueblos griegos que se decían descendientes de los héroes aqueos.
El argumento de la Eneida entronca directamente con el final de la guerra y la destrucción de Troya y aunque cronológicamente se sitúa con posterioridad a estos acontecimientos, hay continuas referencias al pasado y al destino de muchos de los protagonistas de la epopeya homérica. Citando muy brevemente: en el Libro I encontramos la écfrasis del friso del templo de Cartago que narra algunos episodios de la contienda; en el Libro II se pone en boca de Eneas el relato del caballo y la destrucción de la ciudad. El éxito de Virgilio fue tal que las obras posteriores quedarán altamente condicionadas por su versión de los hechos, quedando éstos dentro de la versión canónica para los siglos venideros.

La lírica de época de Augusto también se hace eco de la tradición homérica, como es el caso de Horacio y, especialmente, de Ovidio en sus Heroidas, donde los protagonistas de la guerra, masculinos y femeninos, cobran enorme importancia. También en sus Metamorfosis Ovidio narra numerosos episodios de la saga troyana, como el juicio de las armas o el sacrificio de Polixena. La mayor parte de los autores medievales que conocieron las historias de la guerra de Troya, lo hicieron gracias a la versión de Ovidio, que nunca dejó de leerse a diferencia de otros muchos autores.

Tito Livio, el gran historiador de época de Augusto, sigue una tradición que ya está presente en los primeros analistas y en Salustio y entronca los orígenes de Roma con la guerra de Troya a través de Eneas, tema que que desarrolló Virgilio en su Eneida, y de sus descendientes hasta llegar a Rómulo y Remo. A pesar de que Livio pone en duda algunos mitos, como el de la loba que amamantó a los gemelos, en ningún momento llega a plantearse la veracidad de la leyenda que hacía a los romanos descendientes de Eneas.

La llamada Ilíada Latina es una visión de la obra de Homero, muy tamizada por la Eneida y la influencia de Virgilio. De hecho, llega hasta el punto de que algunos pasajes homéricos se reinterpretan en esta clave, como es el caso evidente de la Dolonía de Ulises y Diomedes, redactada según el episodio virgiliano de Niso y Euríalo. La Ilíada Latina es una obra de autor anónimo y de muy difícil datación, dos dificultades que hasta la fecha ningún investigador ha sido capaz de solventar por completo.

Los autores de la Edad de Plata también recogieron el testigo de la tradición homérica: Petronio recoge un poema sobre la caída de Troya en el Satiricón; Séneca escribe, a la manera de Eurípides, dos tragedias de tema troyano, Las Troyanas y Hécuba; Lucano, en su Farsalia, hace un recuerdo de la contienda con motivo del episodio de César en las ruinas de la ciudad. Estacio creó su Aquileida con un tema propiamente homérico, aunque desconocemos si llegaba a narrar episodios de la guerra o se limitaba a la juventud y formación de Aquiles, que es la parte que se ha conservado. También su Tebaida tiene fuertes influencias de la obra homérica, aunque se centra en una saga distinta.

Durante el Bajo Imperio se continuó cultivando la leyenda troyana: Ausonio escribe los Epitafios de los héroes en la guerra de Troya, Draconcio su De raptu Helenae y ya en el siglo VI d.C. encontramos el Excidium Troiae, de autor anónimo. Pero sin duda fueron las obras de Dictis y Dares, de valor literario desigual y fuerte vocación de separarse de la versión homérica en muchos aspectos, las llamadas a conservar la tradición troyana durante la Edad Media de Occidente al perderse aquí durante siglos los textos de Homero. Las narraciones de Dictis y Dares, a las que hasta el momento no se ha conseguido datar de forma segura, fingen ser las memorias de dos soldados que combatieron en bandos opuestos durante la guerra de Troya. En estas dos obras encontramos una narración continuada de los hechos, pero ya muy contaminada por otras fuentes y alejada en muchos sentidos de los originales griegos.

Aquiles arrastra el cuerpo de Héctor frente a las murallas de Troya

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