La red de carreteras y puentes que recorrían toda Europa y el norte de África es una de las imágenes más icónicas que el público suele relacionar con el Imperio romano. Aunque en este tema hay mucho de tópico, está fuera de toda cuestión que Roma, tanto en tiempos republicanos como en época imperial, dio una gran importancia a la construcción y conservación de sus vías de comunicación, a sabiendas de que una buena red de carreteras favorecía el comercio y facilitaba el movimiento de las legiones allí donde su presencia fuera necesaria.
El último gran hallazgo de la red de carreteras romanas se ha producido en Suiza, en el cantón de Berna, en un tramo del pequeño río Sihl, afluente del Limago. Unos de trabajos de construcción revelaron la presencia de unas estructuras bajo las aguas que llamaron la atención de los trabajadores y motivaron la intervención de los arqueólogos.
Cuando estos comenzaron a investigar descubrieron que se trataba nada menos que de los restos de trescientos pilares de madera roble que fueron la base de un puente sobre el río. Los primeros estudios confirman que se trata de los restos de un puente de época romana que era empleado por los viajeros que salían o se dirigían a la localidad de Petinesca, la actual Studen. El hecho de que se hayan conservado restos de madera ha permitido realizar análisis de dendrocronología que han arrojado la fecha del 40 a.C., es decir, poco después de que la presencia romana en la zona se consolidara tras las campañas de César contra los helvecios. Es posible que el puente estuviera en uso durante más de tres siglos, y que fuera reconstruido en diversas ocasiones, ya que algunos de sus restos más recientes datan del 369 d.C., en tiempos del emperador Valentiniano, ya en el Bajo Imperio.
La aparición de los restos del puente ha permitido a los arqueólogos acceder a un interesante yacimiento en el que han aparecido también objetos de la vida cotidiana y monedas que permitirán reconstruir con más profundidad el proceso de romanización de esta región de los Alpes. Las condiciones de falta de oxigeno que se dan en el cieno de la orilla del río han permitido que se conserven restos de madera e incluso materiales más delicados como el cuero que en otras circunstancias se habrían perdido de forma irremediable.