El asesinato de Cicerón: la muerte que conmocionó a la República de Roma

El orador Marco Tulio Cicerón fue asesinado por orden de Marco Antonio en medio de las proscripciones del llamado segundo triunvirato para quitarse de en medio a sus rivales
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Fulvia y Marco Antonio observan la cabeza de Cicerón en un cuadro de Francisco Maura y Montaner
Luis Manuel López | Sáb, 19 Jul 2025 - 09:11
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Roma, 7 de diciembre del año 43 a.C. Un anciano de 63 años huye en una litera por los caminos polvorientos cerca de Formia. No es cualquier anciano: es Marco Tulio Cicerón, el orador más brillante que Roma había conocido, cónsul veinte años antes, y los sicarios de Marco Antonio le pisan los talones. Su muerte no fue solo el final de una vida extraordinaria; fue el último clavo en el ataúd de la República romana, esa institución que él había defendido con uñas y dientes durante décadas.

¿Cómo ocurrió la muerte de Cicerón a manos de Marco Antonio?

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Busto de Cicerón

Las circunstancias políticas que llevaron a su ejecución

Para entender por qué Cicerón terminó con la cabeza separada del cuerpo, tenemos que remontarnos a los idus de marzo del año 44 a.C., cuando Julio César cayó acribillado en el Senado. Su muerte, lejos de devolver el orden institucional a la República que pretendían los asesinos, desató el caos político. Marco Antonio, que había sido el brazo derecho de César, maniobró para ser el heredero natural del poder del dictador. No contaba con la aparición un joven de apenas 18 años, Octaviano, sobrino-nieto y heredero de César por testamento, reclamando un papel protagonista.

Marco Tulio Cicerón, por su parte, había celebrado en privado la muerte de César. Pensaba, al igual que otros muchos senadores, que con el dictador muerto la República podría renacer de sus cenizas. Tras meses apartado de primera línea política por la imposición de la dictadura de César, dedicado a escribir sobre filosofía en su retiro, decidió volver a la arena política. El viejo senador, que ya había salvado a Roma de la conspiración de Catilina cuando fue cónsul en el 63 a.C., miraba a Marco Antonio y veía algo mucho peor que César: un matón sin escrúpulos dispuesto a todo por el poder.

Y Cicerón hizo lo que mejor sabía hacer: hablar. Sus discursos contra Antonio fueron tan brutales que prácticamente firmó su propia sentencia de muerte.

Los sicarios enviados por Marco Antonio el 7 de diciembre

El día fatídico, Cicerón estaba en su villa de Formia, cerca de Nápoles. Las temidas listas de proscripción del Segundo Triunvirato, ya firmado entre Antonio, Octavio y Lépido, ya circulaban, y su nombre brillaba en ellas como un faro. Según cuenta Plutarco, cuando le avisaron que los sicarios se acercaban, sus esclavos —que lo adoraban— lo convencieron de huir hacia el mar.

Pero el destino es caprichoso. Los asesinos, liderados por el centurión Herennio y el tribuno Popilio Lenas, lo alcanzaron. Lo curioso es que este Lenas había sido defendido por Cicerón en un juicio años atrás, algo que no pareció importarle demasiado a la luz de los acontecimientos.

Cuando vio que no había escapatoria, el viejo orador hizo algo muy romano: ordenó detener la litera y, con la dignidad de quien ha vivido una vida plena, extendió el cuello hacia sus verdugos. Herennio no titubeó y descargo su gladius contra Cicerón, que murió al instante. 

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Muerte de Cicerón de François Perrier

La exhibición de la cabeza y las manos del senador romano

Pero la muerte no fue suficiente para saciar la sed de venganza de Antonio y los suyos. Los sicarios, siguiendo órdenes precisas, cortaron también las manos de Cicerón —esas manos que habían escrito las Filípicas, esos discursos demoledores contra Antonio—. La cabeza y las manos fueron llevadas a Roma como trofeos sangrientos.

Estos macabros trofeos se exhibieron en los Rostra del Foro Romano, la mismísima tribuna desde donde Cicerón había electrizado a las multitudes con sus discursos durante años. La ironía era cruel y deliberada. Los romanos que pasaban por allí y veían esos restos mutilados sentían un escalofrío. Muchos lloraron. Era como si la propia República estuviera colgada allí, pudriéndose al sol.

Aunque las fuentes nos dicen que fue Fulvia, la mujer de Antonio por aquel entonces, quien ordenó que la cabeza y las manos de Cicerón fueran expuestas de este modo, es probable que estemos ante un caso de manipulación de las fuentes antiguas, siempre dispuestas a poner las culpas en la mujer para exonerar a los hombres. 

¿Por qué Marco Antonio ordenó la ejecución de Cicerón?

Las Filípicas: los discursos que enfurecieron a Marco Antonio

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Escultura de Cicerón

¿Por qué sentía Marco Antonio este odio visceral hacia Cicerón? La respuesta hay que encontrarla en las "Filípicas", los discursos que Cicerón dio en el Senado poco después de la muerte de César, en los que atacó a Marco Antonio con todo el poder de su oratoria. 

Entre septiembre del 44 y abril del 43 a.C., Cicerón pronunció catorce discursos que llamó "Filípicas", imitando a Demóstenes cuando atacó a Filipo de Macedonia. Pero estos no eran discursos cualquiera. Eran puñaladas verbales, ataques despiadados que dejaban a Antonio como un borracho libertino y corrupto.

En la Segunda Filípica —una obra maestra de la invectiva política— Cicerón no dejó defecto alguno sin achacar a Antonio: "No hay vicio, no hay crimen, no hay infamia de la que tú no seas culpable". Este, que no era precisamente un intelectual refinado, se sentía humillado públicamente. Dicen que juró no descansar hasta ver la cabeza de Cicerón rodando por el suelo.

La defensa de la República Romana por parte de Cicerón

Pero había algo más profundo que el rencor personal. Cicerón era la República hecha hombre. Desde que desbarató la conspiración de Catilina siendo cónsul, hasta sus últimos días, defendió las instituciones republicanas como un perro guardián.

Mientras otros —como Pompeyo o César— apostaban por el afianzamiento de un poder personal apoyados en el ejército, Cicerón seguía creyendo en el Senado, en las magistraturas, en el equilibrio de poderes. Tras la muerte de César, vio en Antonio no solo a un ambicioso más, sino a alguien decidido a enterrar definitivamente el sistema republicano con la fuerza de sus legiones.

Lo más irónico es que Cicerón, en un momento de enorme ingenuidad, confió en la figura del joven Octavio como contrapeso a las ambiciones de Antonio. En las "Filípicas" hay numerosos elogios al muchacho que posteriormente se convertiría en Augusto, y en ellas incluso invita a los senadores a que se le concedan al heredero de César poderes por encima de los que le correspondían por edad. Más tarde, cerrada ya su alianza con Marco Antonio, Octavio no dudó en traicionar a Cicerón, permitiendo que su nombre se incluyera en las proscripciones. 

La rivalidad política entre el orador y Marco Antonio

Los enfrentamientos entre Cicerón y Antonio venía de lejos. Ambos representaban dos maneras antagónicas de entender Roma: uno era un intelectual formado en la retórica y la filosofía; el otro, un soldado curtido en las campañas de César. Uno creía en las palabras; el otro, en las espadas.

El punto de ruptura llegó el 2 de septiembre del 44 a.C., cuando Cicerón pronunció la Primera Filípica criticando la gestión de Antonio como cónsul. La respuesta de Antonio fue amenazarlo directamente en plena sesión del Senado. ¿Qué hizo Cicerón? Escribir la Segunda Filípica, un texto tan demoledor que al principio solo circuló en privado. Cuando se hizo público, su suerte estaba echada.

Era una lucha entre dos formas de entender Roma, y solo uno podía sobrevivir.

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Fulvia y Marco Antonio observan la cabeza de Cicerón en un cuadro de Francisco Maura y Montaner

¿Qué papel jugó Octaviano en el asesinato de Cicerón?

La traición de Octaviano al defensor de la República

Como hemos dicho, el viejo senador había apostado fuerte por Octaviano tras la muerte de César. Veía en ese chico de 18 años una herramienta para frenar a Antonio y afianzar las instituciones de la República. Es muy probable que Cicerón viera en un chico tan joven una figura fácilmente manipulable a la que él podría mentorizar y manejar a su antojo; un error de cálculo que le costó muy caro. 

Cicerón movió todos sus hilos en el Senado para legitimar a Octaviano, conseguirle honores, darle poder militar. En una carta a su amigo Ático escribió que había que "elogiar, apoyar y elevar" al muchacho. Sin embargo, luego añadió, con su habitual ironía, algo así como "alabarlo, honrarlo y... eliminarlo". El verbo latino "tollere" podía significar tanto "elevar" como "eliminar". 

Durante meses, Cicerón fue el padrino político de Octaviano. Y entonces llegó la puñalada por la espalda: en octubre del 43 a.C., el joven se alió con Antonio y Lépido para formar el Segundo Triunvirato. Cuando Antonio exigió la cabeza de Cicerón como parte del trato, Octaviano resistió en un primer momento, pero su determinación duró dos días. Luego cedió y el nombre de Cicerón fue incluido en las listas. 

El pacto con Marco Antonio y el Segundo Triunvirato

El 27 de noviembre del 43 a.C. nació oficialmente el Segundo Triunvirato mediante la Lex Titia. A diferencia del primero (el de César, Pompeyo y Craso), este era legal, con poderes extraordinarios para "reorganizar el Estado" durante cinco años.

¿Por qué Octaviano traicionó a Cicerón? Puro pragmatismo. Con 19 años y enfrentado a las legiones de Antonio, el chico comprendió que más valía pactar que pelear.

Lo primero que hicieron los triunviros fue elaborar las listas de proscripción: 300 senadores y 2,000 équites condenados a muerte. No era solo limpieza política; confiscando sus propiedades financiarían la guerra contra Bruto y Casio, los asesinos de César refugiados en Oriente con sus legiones.

En esas negociaciones siniestras, el nombre de Cicerón se convirtió en moneda de cambio. Antonio no cedería sin su cabeza. Y Octaviano, que le debía tanto al viejo orador, decidió que sus ambiciones valían más que la gratitud.

La muerte de Cicerón no fue solo el asesinato de un hombre. Fue el entierro simbólico de una era, el final de la República que tanto había amado. Mientras su cabeza se pudría en el Foro, se ponían los últimos cimientos de lo que sería el Imperio Romano. Y el joven Octaviano, futuro Augusto, había aprendido su primera gran lección política: en el juego del poder, la lealtad es un lujo que pocos pueden permitirse.

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Cicerón y Catilina, cuadro de Cesare Maccari