Si hay un monumento que refleja para el gran público la esencia de la Roma antigua, ese es el Coliseo. Este edificio, cuyo nombre real era Anfiteatro Flavio, es una imponente estructura que sigue siendo el corazón simbólico de Roma, atrayendo cada año a millones de personas que quedan boquiabiertas ante su grandeza. Una maravilla del mundo antiguo que fue el anfiteatro más grande que jamás construyó el Imperio Romano, y cuyos muros fueron testigos de espectáculos que hoy nos parecerían imposibles: combates mortales entre gladiadores, batallas navales recreadas en plena arena, cacerías de animales exóticos y en ocasiones ejecuciones públicas, todo lo cual mantenían al pueblo romano pegado a sus asientos.
¿Quién construyó el Coliseo Romano y cuándo se inició su construcción?
El papel del emperador Vespasiano en la construcción del Coliseo de Roma
La historia del Coliseo empezó con Vespasiano, el fundador de la dinastía Flavia, quien alrededor del año 72 d.C. tuvo una idea brillante para consolidar su popularidad en el trono: construir el anfiteatro más espectacular que Roma hubiera visto. Vespasiano había salido triunfante del caótico "Año de los Cuatro Emperadores" que se había dado tras el asesinato de Nerón y necesitaba urgentemente ganarse al pueblo. Vespasiano era muy inteligente; sabía que los romanos querían pan y espectáculos, así que les dio el escenario perfecto para ambos.
La elección del lugar donde se levantaría el nuevo anfiteatro no se dejó al azar. Vespasiano mandó arrasar una parte del fastuoso palacio de Nerón, conocido como la Domus Aurea, para construir el nuevo edificio. Una forma de decirle al pueblo que lo que antes había sido privilegio exclusivo de la familia imperial pasaba en ese momento a ser de toda la ciudadanía, incluidos los más humildes.
¿Y de dónde sacó el dinero para semejante proyecto? Para sufragar las construcciones, hizo uso del botín de la Guerra Judeo-Romana, incluyendo los tesoros que los romanos se llevaron del Templo de Jerusalén en el 70 d.C.
La Domus Aurea de Nerón y su relación con el Anfiteatro Flavio
Para entender realmente por qué el Coliseo está donde está, tenemos que hablar de Nerón y su megalomanía. Después del terrible incendio del 64 d.C. que arrasó Roma, Nerón hizo algo que enfureció a todos: se apropió de enormes extensiones de tierra cerca del Foro para construirse la Domus Aurea, su "Casa Dorada". Este palacio era obscenamente lujoso, con salones recubiertos de oro, lagos artificiales y jardines que parecían no tener fin.
Como hemos dicho, cuando Vespasiano tomó el poder, hizo algo genial desde el punto de vista político: destruyó parte de ese palacio odioso y puso el Coliseo justo donde Nerón había construido su lago privado. El mensaje era claro como el agua: "Lo que era de uno, ahora es de todos".
Historia del Coliseo. ¿Cuándo se construyó el Coliseo y cuánto tiempo tomó completarlo?
Inicio de las obras bajo el emperador Vespasiano
En el 72 d.C., cuando las cosas en Roma finalmente se habían calmado un poco, Vespasiano dio la orden de iniciar las construcciones. El proyecto era una locura para la época. Miles de trabajadores - muchos de ellos esclavos judíos de la guerra reciente - comenzaron a trabajar en lo que había sido el lago de Nerón. Primero tuvieron que drenar toda el agua, luego preparar cimientos que aguantaran semejante mole, y después empezar a levantar muros que parecían querer tocar el cielo.
Vespasiano estaba obsesionado con el proyecto. Dicen que supervisaba personalmente muchos detalles, consciente de que estaba construyendo su legado. Pero el destino no permitió que lo viera terminado: murió en el 79 d.C., cuando apenas habían terminado el tercer piso. Se fue sin ver su obra maestra terminada, aunque seguramente ya podía imaginar las multitudes gritando en las gradas.
La inauguración del Coliseo por el emperador Tito
Tito, el hijo mayor de Vespasiano, tomó las riendas del proyecto con entusiasmo desde el momento en el que ocupó el trono. Para el año 80 d.C., la estructura principal estaba lista, y entonces organizó una inauguración que Roma jamás olvidaría: cien días seguidos de espectáculos de todo tipo. Gladiadores peleando hasta la muerte, animales exóticos traídos de los confines del imperio, criminales ejecutados de formas creativas, y hasta batallas navales que podían realizarse inundando la arena.
El momento fue perfecto, ya que Roma acababa de sufrir la erupción del Vesubio que sepultó Pompeya y Herculano en el 79 d.C., y un incendio devastador en el 80 d.C. La gente necesitaba distraerse del horror, y Tito se les proporcionó la excusa para olvidarse de todos los males. Nunca antes Roma había conocido una celebración tan larga y fastuosa.
Finalización del Anfiteatro Flavio durante el gobierno de Domiciano
Cuando Tito murió repentinamente en el 81 d.C., el Coliseo todavía necesitaba algunos retoques. Le tocó a Domiciano, el hermano menor y su heredero, darle los últimos remates. Durante su reinado (81-96 d.C.) añadió el famoso hipogeo, ese laberinto subterráneo que convertiría al Coliseo en una máquina de espectáculos pero que supondría el fin de las naumaquias y combates navales, ya que la arena no podría ser inundada nunca más.
El hipogeo era pura ingeniería romana en su máxima expresión: túneles, cámaras, montacargas... todo diseñado para que gladiadores y bestias aparecieran de la nada en medio de la arena. Los espectadores debían quedar con la boca abierta cada vez que un león surgía "mágicamente" del suelo. Con estos toques finales, el Anfiteatro Flavio quedó completo, un monumento que había tardado casi una década en construirse y que había pasado por las manos de tres emperadores. Cada uno dejó su marca, pero juntos crearon algo eterno.
¿Cómo era la arquitectura del Coliseo y qué avances técnicos presentaba?
Materiales y técnicas usadas para construir el Coliseo
Para los cimientos del Coliseo, cavaron 13 metros de profundidad - como un edificio de cuatro pisos bajo tierra - y los llenaron con un hormigón especial, una mezcla que incluía ceniza volcánica y que se ponía dura como roca incluso bajo el agua.
Los bloques de travertino para las paredes exteriores venían de canteras a más de 30 kilómetros de distancia. Fue toda una proeza el movilizar miles de toneladas de piedra por el río Aniene en barcazas. Por dentro, usaron todo tipo de materiales: ladrillos, toba volcánica, más hormigón, y para las partes nobles, mármoles traídos de todo el imperio. Los bloques se unían con grapas de metal - que después, durante la Edad Media, la gente se llevó sistemáticamente, dejando esos agujeros que hoy vemos por todas partes.
La genialidad de su diseño estaba en el uso de arcos y bóvedas. Los romanos entendían que estos elementos distribuían el peso de manera perfecta, permitiendo crear espacios enormes sin que todo se viniera abajo.
El sistema de subterráneos y elevadores del Anfiteatro
El hipogeo del Coliseo era como el backstage más complejo del mundo antiguo. Domiciano creó un laberinto de dos pisos bajo la arena, con pasillos que se cruzaban, cámaras para las fieras, vestuarios para los gladiadores, y lo más alucinante: alrededor de ochenta montacargas que funcionaban con poleas y contrapesos. Un equipo de esclavos podía subir un león de 300 kilos desde el sótano hasta la arena en segundos. Podemos imaginar el impacto que este tipo de efectos tendrían entre el público.
Todo estaba conectado: túneles secretos llevaban directamente al Palatino para que el emperador pudiera llegar sin mezclarse con la plebe, había sistemas de drenaje para limpiar la sangre y evitar que la lluvia inundara la arena, y almacenes para guardar toda la utilería de los espectáculos.
La capacidad y distribución de espectadores en el Coliseo Romano
Entre 50,000 y 80,000 personas podían amontonarse en el Coliseo. La estructura elíptica medía 188 metros de largo y 156 de ancho, con una altura de 48 metros. Desde cualquier asiento podías ver perfectamente cualquier evento en todas las zonas de la arena.
El sistema de entrada era brillante: 80 puertas numeradas y un sistema de pasillos tan bien diseñado que podías vaciar el estadio completo en minutos. Cada espectador recibía una ficha con su entrada y asiento, exactamente como hacemos hoy en los cines. Algunas cosas nunca cambian.
Crisis, abandono y recuperación del Coliseo
La historia de cómo el Coliseo pasó de ser el centro del entretenimiento romano a casi convertirse en escombros es toda una metáfora de cómo la sociedad cambió durante el Bajo Imperio. El principio del fin llegó en el siglo V. Los últimos gladiadores pelearon en el 404, cuando el emperador Honorio finalmente prohibió los combates mortales, que ya habían sido puestos en entredicho por otros emperadores anteriores. Las cacerías de animales aguantaron un poco más - la última documentada fue en el 523. Después de eso, el silencio en las fuentes es total.
La naturaleza también puso de su parte para arruinar el monumento. Un terremoto en el 443 le dio duro, pero el del 508 fue brutal: partes enteras se vinieron abajo. Y cuando Roma dejó de ser el centro del universo conocido al mudarse los emperadores a ciudades más al norte, como Rávena, el Coliseo quedó como un gigante abandonado en medio de una ciudad fantasma. La Roma del Bajo Imperio conservaba parte de su prestigio y su belleza, pero su declive demográfico era imparable.
Durante la Edad Media, el edificio tuvo una segunda vida bastante peculiar. En el siglo VI levantaron una iglesia en uno de los arcos y en el siglo XI la familia Frangipani lo convirtió en su fortaleza personal. Construyeron torres, muros adicionales... básicamente lo desfiguraron por completo para darle un nuevo uso.
Los siglos XIV y XV fueron los peores para la conservación de su estructura. El Coliseo se convirtió en la ferretería y la cantera más grandes de Roma. Bloques enteros de travertino terminaron en la Basílica de San Pedro y otros edificios. Los agujeros que ves hoy en la fachada son las cicatrices de cuando la gente arrancaba los pernos de bronce para venderlos. Una tragedia patrimonial a cámara lenta.
El giro dramático llegó con el Papa Benedicto XIV (1740-1758), quien tuvo una idea que a la larga acabó por salvar lo que quedaba del Coliseo: consagró el anfiteatro a la memoria de los mártires cristianos. Dado que había sido en aquel anfiteatro donde, según la leyenda, se habían torturado y ejecutado a miles de los primeros cristianos, era de rigor conservar el edificio para honrar su memoria. De repente, el Coliseo pasó de ser una cantera a ser un lugar sagrado.
El siglo XIX trajo los primeros intentos serios de conservación de la mano de los primeros arqueólogos y anticuarios interesados en el tema. Para evitar su colapso, el Papa Pío VII ordenó construir el enorme contrafuerte que ves en el lado este - obra de Raffaele Stern en 1806. Giuseppe Valadier añadió otro en el lado oeste en la década de 1820, y tuvo la brillante idea de usar ladrillos diferentes para que todos supieran qué era original y qué era restauración. Las excavaciones arqueológicas del siglo XIX fueron como abrir una cápsula del tiempo. De repente, apareció todo el hipogeo que había estado enterrado durante siglos.
Ya en el siglo XX, el dictador Mussolini, con su obsesión por la Roma imperial, ordenó excavaciones masivas que revelaron muchísimo sobre cómo funcionaba realmente el anfiteatro, al tiempo que se ordenaba la destrucción de todos los edificios medievales que habían ido surgiendo alrededor o incluso dentro del Coliseo. Pero el siglo XX trajo nuevos enemigos: la contaminación y el tráfico. Las vibraciones de los coches y autobuses estaban literalmente sacudiendo el edificio hasta hacerlo pedazos. En 2013 comenzó una restauración millonaria pagada por la marca de zapatos Tod's que ha permitido recuperar algunas zonas y hacer la experiencia de la visita más agradable y sencilla.
Hoy, el Coliseo enfrenta el reto de ser una de las atracciones turísticas más visitadas del planeta mientras intenta no desmoronarse bajo el peso de millones de selfies anuales. Los arqueólogos siguen encontrando cosas nuevas - recientemente descubrieron más detalles sobre los sistemas mecánicos de los montacargas. Todo un reto para las autoridades italianas: apostar por la conservación en un mundo de turismo masivo al tiempo que facilitan que los arqueólogos puedan seguir haciendo su trabajo.