Pocos cuerpos militares de la Antigüedad alcanzaron la fama —y la infamia— de la Guardia Pretoriana de Roma. Empezaron como guardaespaldas y acabaron vendiendo el trono romano al mejor postor. Entre Augusto y Constantino, los pretorianos formaron la élite de las legiones romanas, y acumularon un historial de lealtades compradas, puñaladas por la espalda y ambiciones sin límite que han fascinado a historiadores de todas las épocas.
¿Qué era exactamente la Guardia Pretoriana?
La élite del ejército romano: origen y formación de los pretorianos bajo Augusto
Los magistrados de la República ya tenían la costumbre de ir con escolta cuando ejercían sus funciones militares. De hecho, la palabra pretoriano viene de praetorium, que era la tienda del general en los campamentos. Lo que hizo Augusto fue hacer de estos cuerpos especiales algo oficial. Corría el 27 o 26 a.C., Augusto acababa de oficializar su toma del poder, y decidió crear un cuerpo fijo para protegerse. Nueve cohortes. 500 legionarios por cohorte. Casi 4.500 soldados escogidos entre lo más selecto de las legiones de Roma.
¿Quién entraba en las cohortes pretorianas? Ante todo veteranos que habían demostrado su habilidad con las armas y su lealtad sin fisuras a sus oficiales. Las legiones ordinarias estaban destinadas en las fronteras, pasando frío en Britania o calor en Siria. Los pretorianos, no: ellos vivían en Roma, pegados al centro del poder, protegiendo el trono. Y eso les daba un nivel de vida y, ante todo, una influencia que el resto del ejército no podía ni soñar.
Composición y estructura de las cohortes en la Antigua Roma
Cada cohorte tenía su tribuno al mando, y por encima, dos prefectos del pretorio coordinaban el cuerpo. ¿Por qué dos y no uno? Augusto no se fiaba de la idea de que un único hombre pudiera acaparar tanto poder. Pensó que si partía el poder, ninguno de los dos podría tratar de hacer un mal uso de él. Esta idea de la colegialidad era, de hecho, uno de los pilares de la política en la República romana, donde el cargo más alto, el de cónsul, era compartido por dos hombres cada año.
Los reclutas de las primeras cohortes pretorianas venían sobre todo del centro y norte de Italia, zonas que se consideraban más leales al régimen de Augusto. Para entrar hacía falta demostrar un físico impecable, medir más que la media y no tener manchas en el expediente. El servicio duraba dieciséis años, bastante menos que los veinticinco de un legionario normal. La paga, por otro lado, era también superior a las de los legionarios ordinarios.
Calígula creó más cohortes para aumentar su seguridad, Septimio Severo siguió su ejemplo, reestructurando por completo el cuerpo. La estructura base aguantó: un grupo compacto, entrenado para cuidar al emperador y —en teoría— dispuesto a morir por él.
¿Qué diferenciaba a un pretoriano de un legionario?
Como hemos dicho, la paga era una de las principales diferentes entre un pretoriano y un legionario: un pretoriano cobraba el triple. Por otro lado, el modo de vida: los pretorianos vivían en los castra praetoria de Roma, con muchas más comodidades que el mejor de los campamentos en el limes, y con un clima mucho más benévolo.
Por supuesto, estas diferencias crearon enormes fricciones entre unos legionarios y otros. Los pretorianos acabaron por tener una conciencia de cuerpo diferenciado que les llevaba a desdeñar al resto; las legiones fronterizas y de provincias veían a los pretorianos con desprecio, y en no pocas ocasiones, durante los tiempos de guerras civiles, les hicieron pagar por ello, purgando sus filas.
El papel de los pretorianos como guardia del emperador
Funciones de protección y seguridad
La principal función de los pretorianos era proteger la vida del emperador. Lo rodeaban en los actos públicos, filtraban quién se acercaba y quién no, vigilaban por la noche, probaban la comida por si alguien había introducido veneno. Turnos de veinticuatro horas, sin descanso.
Pero hacían mucho más que vigilar. Se colaban entre el pueblo para pillar rumores de conspiraciones y calibrar si la gente estaba contenta o cansada del emperador de turno. Cuando había tumultos en las calles, ellos los cortaban, funcionando como un cuerpo de seguridad a nivel general. Esta función, que en muchas ocasiones les llevó a usar la violencia contra el pueblo, les ganó no poco rencor de las clases populares.
Estas funciones empezaron a ejercerse cuando el emperador Tiberio, aconsejado por el prefecto del pretorio Sejano, movilizó las cohortes a la propia Roma, ya que en tiempos de Augusto estas estuvieron acantonadas en Italia, pero no en la propia ciudad.
Los Castra Praetoria
Como hemos dicho, hasta el año 23 d.C. las cohortes estaban acantonadas fuera de Roma, sin que las fuentes especifiquen dónde. Sejano, el prefecto de Tiberio —un hombre de clase ecuestre con enorme ambición—, las acantonó todas en un solo sitio: los Castra Praetoria. Un cuartel enorme al noreste de la ciudad, junto a las murallas, que se convirtió en el símbolo de lo que podían hacer estos soldados si se lo proponían.
Murallas de ladrillo de cuatro metros y medio. Un rectángulo de 440 por 380 metros. Barracones, arsenales, zonas de entrenamiento, templos. Desde su posición elevada controlaban visualmente media Roma.
Que hubiera una fortaleza militar dentro de la ciudad fue una novedad absoluta, ya que antes la tradición republicana prohibía tropas armadas intramuros, algo que ni el mismo Augusto se atrevió a cambiar. Pero con Tiberio, los Castra Praetoria dejaba claro que aquella Roma ya no era una república.
La relación entre el emperador y su guardia
La relación entre el emperador y la guardia pretoriana siempre fue complicada, ya que se generó una relación de necesidad mutua. El emperador los necesitaba para seguir vivo, pero sabía que podían traicionarlo cuando quisieran. Cada emperador gestionó esta situación en la medida de su propio prestigio, su capacidad de mando y su riqueza.
Augusto fue el primero que inició la tradición de ceder ante los pretorianos: regalos, privilegios, y todo ello se multiplicó en tiempos de su sucesor Tiberio. Esto se perpetuó durante el resto de la dinastía: Calígula, Claudio y Nerón dependieron de los pretorianos para seguir en el trono. Los emperadores de la dinastía de los Antoninos, con Marco Aurelio como su mejor ejemplo, por contrario, apostaron por el respeto mutuo. Cuando Septimio Severo llegó al poder después de unos años de caos y guerra lo primero que hizo fue reorganizar las cohortes pretorianas para asegurarse su fidelidad y ante todo que no podrían desestabilizar su poder.
Cuando Constantino, tras la batalla del Puente Milvio, disolvió la guardia pretoriana acabó con un cuerpo de cuatro siglos de historia de Roma que había marcado el devenir del Imperio. Comenzaba así una nueva era con sus propios retos y problemas.
La Guardia Pretoriana y la política imperial
El poder de los prefectos del pretorio
El de prefecto del pretorio fue un puesto que empezó siendo militar con Augusto y acabó siendo político. Los prefectos controlaban quién veía al emperador y qué información le llegaba. Podían moldear su visión de la realidad sin que él se enterara. Con el tiempo asumieron incluso funciones de jueces y administradores. Algunos emperadores, como Septimio Severo, pusieron a juristas serios en el cargo para profesionalizar esta función. Otros prefectos aprovecharon esta posición para conspirar. Macrino, por ejemplo, en el 217 d.C., organizó el asesinato de Caracalla y se autoproclamó sucesor, algo semejante a lo que intentó Sejano en tiempos de Tiberio, aunque el intento de este fue frustrado y el prefecto acabó siendo ejecutado.
La subasta del imperio
El 193 d.C. fue el punto más bochornoso y el más bajo en lo que a la credibilidad de las cohortes pretorianas se refiere. El emperador Pertinax quiso meter en cintura a la guardia: disciplina y recortes de privilegios. Resultado: lo asesinaron. Los pretorianos entonces subastaron el trono al mejor postor. Desde las murallas del Castra Praetoria, gritando ofertas mientras los candidatos pujaban. Didio Juliano ganó prometiendo 25.000 sestercios por cabeza. El imperio romano convertido en mercancía de feria.
La respuesta no tardó en surgir, y vino de las provincias. Generales como Septimio Severo no tragaron con aquella situación. Severo marchó sobre Roma con sus legiones, prometiendo venganza. Didio Juliano aguantó 66 días. Tras la derrota, fue ejecutado, y la misma suerte corrieron buena parte de los pretorianos que le habían vendido la púrpura.
Sejano: el prefecto que quiso ser emperador
Lucio Elio Sejano es el ejemplo perfecto de hasta dónde podía llegar un prefecto ambicioso. Tiberio lo nombró en el 14 d.C. Fue él quien concentró las cohortes en el Castra Praetoria, poniéndolas bajo su control directo.
Cuando Tiberio se retiró a Capri en el 26 d.C., dejó el día a día del imperio en manos de Sejano. El prefecto no desaprovechó la oportunidad: fue eliminando rivales —incluido, según cuentan, el propio hijo del emperador—, colocando a sus leales en puestos clave. Durante años, Roma la gobernaba él de facto.
Al final cayó víctima de una conjura que incluyó delaciones al emperador, que regresó a Roma para poner orden. Pero el precedente quedó ahí: un prefecto del pretorio con las agallas necesarias podía convertirse en el hombre más poderoso de Roma.