Numancia, una modesta ciudad celtíbera, plantó cara durante dos décadas al imperio más temible de la antigüedad en la Europa Occidental. Fue una lucha desigual donde las legiones romanas —con el mismísimo Publio Cornelio Escipión Emiliano al mando en la fase final— se estrellaron una y otra vez contra la determinación inquebrantable de los numantinos. Hasta que el verano del 133 a.C., cuando las llamas devoraron hasta la última casa, marcó el final de todo. Esta última fase supuso quince meses infernales de asedio, con el hambre como compañera y la muerte como protagonistas.
La guerra y el asedio final de Numancia han sido material preferente en la historiografía nacionalista española por sus tintes dramáticos de lucha y resistencia hasta el final. Esto ha supuesto que muchos mitos, creados en algunos casos ya en la Antigüedad, se consolidaran como verdades. Por suerte, arqueólogos e historiadores modernos han hecho grandes esfuerzos para eliminar esta pátina mítica y legendaria y han tratado de llegar al núcleo de verdad histórica de este conflicto.
¿Qué fue la Guerra Numantina y cuál fue su origen?
La Guerra Numantina representó el acto final —y quizás el más dramático— de las Guerras Celtíberas, el largo enfrentamiento que mantuvieron Roma y las tribus y pueblos celtíberos prácticamente durante todo el siglo II a.C. Roma venía de aplastar a Cartago en la Segunda Guerra Púnica y ahora tenía las miras puestas en controlar cada rincón de Hispania. Los celtíberos, especialmente los arévacos, se negaron a aceptar esta subordinación al poder romano. Y Numancia, su bastión más preciado, se erigió como el emblema viviente de esa negativa rotunda a someterse. El conflicto se fue fraguando durante años, con choques por aquí, emboscadas por allá, tratados rotos y promesas incumplidas, hasta que todo culminó en un cerco despiadado que borraría del mapa la orgullosa ciudad del Duero, en tierras de la actual Soria.
¿Por qué se enfrentaron romanos y celtíberos?
A comienzos del siglo II a.C., por un lado teníamos a Roma, con su hambre insaciable de conquistas tras haber aplastado a Cartago. Habían heredado los territorios cartagineses en la península y querían más, expandiéndose hacia el interior y consolidando su poder en la costa. Por el otro, los celtíberos —arévacos, vacceos y demás pueblos— que vivían con sus propias leyes y costumbres y que aunque se habían aliado de forma puntual con los cartagineses nunca habían llegado a admitir su dominación. Para el Senado Romano, controlar estas tierras era cuestión de prestigio pero también de riqueza: las minas, los campos y ante todo crear una zona de seguridad para las tierras más fértiles y prósperas del sur el este. Los hispanos no veían las cosas igual. Para ellos, los romanos eran intrusos que venían a cobrarles impuestos abusivos y a llevarse a sus jóvenes como carne de cañón para sus guerras. La tensión fue creciendo hasta que saltó por los aires.
¿Qué papel jugó Segeda en el inicio del conflicto?
Segeda fue la mecha que prendió el polvorín. Esta ciudad de los belos (muy cercanos a los arévacos) decidió en el 154 a.C. ampliar sus murallas para dar respuesta a un crecimiento demográfico. Roma, sin embargo, vio esto como una amenaza, ya que en el 179 a.C., el cónsul Tiberio Sempronio Graco, el padre del célebre tribuno de la plebe, había firmado unos tratados que prohibían construir nuevas fortificaciones sin permiso romano. Los de Segeda argumentaron que ellos solo estaban reforzando muros ya existentes, no construyendo nuevos. Pero Roma no estaba dispuesta a escuchar sutilezas legales. Cuando exigieron que pararan las obras y pagaran tributos, los segedenses se negaron. El Senado Romano decidió actuar con contundencia y envió a Fulvio Nobilior con un gran ejército. Los de Segeda, viendo que no tenían las murallas listas y que no podrían derrotar a las legiones en solictario, buscaron refugio en la ciudad de Numancia, más grande y mejor fortificada. Y así fue como Numancia heredó el conflicto y se convirtió en el epicentro de la resistencia.
¿Cómo se desarrolló la Segunda Guerra Celtíbera?
La Segunda Guerra Celtíbera (154-151 a.C.) fue el siguiente acto de este conflicto. Después del asunto de Segeda, Fulvio Nobilior se plantó en la península ibérica con casi 30.000 soldados, convencido de que iba a arrasar a cualquier enemigo que se le opusiera. Menuda sorpresa se llevó cuando los celtíberos lo derrotaron cerca de Numancia. A pesar de ir sobrados de hombres, los romanos cayeron en varias emboscadas debidas a su falta de conocimiento del terreno y su actitud confiada. Los nativos conocían el terreno como la palma de su mano y lo aprovecharon de maravilla.
En el 153 a.C. llegó a Hispania Claudio Marcelo, un tipo más listo que intentó la vía diplomática. Consiguió algunos acuerdos temporales, pero aquello solo sirvió para posponer el conflicto, ya que Roma en última instancia solo aceptaría una sumisión total. La guerra se convirtió en un tira y afloja agotador: los romanos no conseguían tomar las ciudades fortificadas, y los celtíberos tampoco tenían fuerza para echar a los invasores de una vez por todas. Las tácticas guerrilleras de los hispanos volvían locos a los romanos, acostumbrados a batallas en campo abierto. Y mientras tanto, Numancia iba ganando fama y prestigio entre el resto del celtíberos.
¿Cómo intentaron los romanos asediar Numancia antes del 133 a.C.?
Los intentos romanos de tomar Numancia antes del asedio final fueron una suma de un fracaso tras otro, incluyendo momentos de auténtico desastre para las legiones. Entre el 143 y el 137 a.C., desfilaron por allí generales como Quinto Cecilio Metelo, Quinto Pompeyo y Marco Popilio Lenas, cada uno más frustrado que el anterior. Cuenta Apiano que estos primeros asedios eran un desastre organizativo: campamentos mal montados, vigilancia laxa, moral por los suelos. Los numantinos aprovechaban cualquier descuido para salir de sus fortificaciones, reventar las líneas romanas, conseguir provisiones y dejar a las legiones hechas polvo. La geografía jugaba a su favor: el Duero les garantizaba agua fresca y las colinas circundantes eran un quebradero de cabeza para mantener un cerco efectivo. Cada fracaso romano era un subidón de moral para los numantinos y una humillación más para Roma. En el Senado empezaban a ponerse nerviosos. ¿Cómo era posible que el ejército más temible del mundo no pudiera con una ciudad de pastores y guerreros? Algo había que hacer, y pronto.
¿Qué tácticas utilizaron los primeros generales romanos?
Los primeros generales romanos que se enfrentaron a Numancia cometieron el error de aplicar los mismos métodos que habían empleado las legiones en las décadas anteriores, como si estuvieran asediando cualquier otra ciudad. Quinto Pompeyo, por ejemplo, montó dos campamentos cerca de las murallas y se dedicó a lanzar ataques frontales. ¿El resultado? Un fracaso estrepitoso.
Primero, subestimaron gravemente las defensas numantinas. Aquellas murallas no eran cuatro piedras mal puestas; estaban construidas aprovechando cada ventaja del terreno, convirtiendo la ciudad en una fortaleza casi inexpugnable. Segundo, el sistema de vigilancia romano hacía aguas por todas partes. Los numantinos salían cuando querían, pillaban a los romanos con la guardia baja y les causaban bajas terribles. Y tercero, no se molestaron en bloquear el Duero. El río seguía fluyendo tan tranquilo, permitiendo que entraran víveres y refuerzos.
Para colmo, confiaron demasiado en tropas auxiliares hispanas que simpatizaban en secreto con sus hermanos numantinos. Apiano nos cuenta que tipos como Pompeyo, al ver que la cosa se torcía, intentó negociar unos pactos para poner fin a la guerra, pactos que después el Senado romano desautorizó y que el propio Pompeyo negó haber firmado para evitar las consecuencias judiciales que esto podía tener para él. Esta traición demostró a los numantinos que la única forma de acabar con aquella guerra eran las armas, ya que Roma jamás aceptaría unos pactos en pie de igualdad.
Sin embargo, puede que el principal problema fuera el sistema de mando romano, con cónsules que llegaban a las legiones cada año y que quería hacer las cosas a su manera. Los numantinos, mientras tanto, mantenían el mismo liderazgo y seguían siendo los amos del terreno. Por otro lado, en las legiones romanas tenemos a miles de hombres reclutados por obligación, mal alimentados, pasando frío y calor a mucha distancia de su casa y con una perspectiva de botín escasa o nula en caso de victoria. Frente a ellos, unos numantinos que defendían sus hogares y que no luchaban por la gloria o la riqueza, sino por la simple supervivencia. Estos factores fueron cruciales en el desarrollo del conflicto.
¿Por qué fracasó el cónsul Mancino frente a los numantinos?
Los desastres de los romanos llegaron a su máxima expresión con el cónsul Cayo Hostilio Mancino en el 137 a.C. El cónsul llegó a Hispania y se puso al frente de un ejército en un estado lamentable: soldados desmoralizados, mal entrenados y sin ganas de combatir en una guerra en la que no tenían nada que ganar. Mancino, desde su ineptitud militar, no tenía ni idea de cómo darle la vuelta a la situación. Apiano nos cuenta el bochorno: corrió el rumor de que vacceos y cántabros venían a ayudar a los numantinos, y Mancino entró en pánico. Decidió levantar el campamento y escapar con todas las legiones. Los numantinos se dieron cuenta del movimiento y salieron en su persecución. Acorralaron a 20.000 legionarios romanos en un sitio del que no había escapatoria.
Mancino no tuvo más remedio que negociar la rendición. El cuestor Tiberio Graco (el que después se convertiría en uno de los tribunos de la plebe más famosos de la historia de Roma) tuvo que mediar para que no los masacraran allí mismo. El tratado que firmaron era algo nunca visto: reconocía a Numancia como igual a Roma. Cuando la noticia llegó al Senado, fue un escándalo. ¿Roma tratando de igual a igual con unos bárbaros? Era algo impensable. Una vez más el Senado se negó a ratificar los pactos y castigó al responsable último: enviaron a Mancino de vuelta, desnudo y atado, como ofrenda a los numantinos para anular el tratado. Los numantinos en un gesto final de desprecio no quisieron ni aceptar al desdichado cónsul.
Este episodio no solo reforzó el mito de la invencibilidad numantina, sino que echó por tierra cualquier posibilidad de acuerdo pacífico. A partir de ahí, quedó claro que solo habría una solución: la guerra total.
¿Qué relación tuvo la guerra contra Viriato y los lusitanos con el conflicto numantino?
La guerra de Viriato (147-139 a.C.) y el conflicto numantino fueron como dos incendios simultáneos que Roma intentaba apagar al mismo tiempo y con escaso éxito en ambos casos. Mientras Viriato hacía de las suyas en el oeste de la península (por la zona de Portugal y Extremadura actuales), los numantinos mantenían a Roma en jaque en el centro del territorio. Para Roma era una pesadilla logística: tenían que repartir tropas, recursos y generales competentes entre dos frentes.
Durante años, el Senado consideró a Viriato el problema más importante. Este caudillo era un genio de la guerra de guerrillas y había dejado en ridículo a varios generales romanos. Los numantinos tomaron buena nota de sus tácticas, aprendiendo a explotar las debilidades del pesado aparato militar romano. Se dice que hubo contactos entre lusitanos y celtíberos para coordinar acciones, aunque nunca cuajó una alianza formal. Las distancias eran demasiado grandes y las diferencias culturales muy amplias.
Cuando los romanos mataron a Viriato en el 139 a.C. —mediante una traición orquestada por Cepión—, pudieron concentrar toda su fuerza en Numancia. Pese a ello, los fracasos continuaron, incluido el bochorno de Mancino en el 137 a.C. Quedaba claro que los numantinos no eran un enemigo cualquiera. Roma necesitaba sacar la artillería pesada, y esa artillería tenía nombre y apellidos: Escipión Emiliano.
¿Por qué se eligió a Escipión Emiliano para dirigir el asedio final de Numancia?
La elección de Escipión Emiliano en el 134 a.C. no fue casualidad. Roma estaba cansada de fracasos y necesitaba un peso pesado para resolver el entuerto numantino. Y desde luego Emiliano lo era: nieto adoptivo del mismísimo Escipión (el que derrotó a Aníbal), este hombre tenía pedigrí militar de sobra. Pero no era solo cuestión de prestigio familiar. Escipión se había ganado su justa fama en el 146 a.C. al culminar la Tercera Guerra Púnica con la destrucción de Cartago, donde demostró ser un maestro en el arte del asedio metódico y despiadado. Justo lo que hacía falta para Numancia. Además, el propio Escipión había combatido en Numancia siendo joven, como tribuno militar, destacando por su coraje personal y por su capacidad para dirigir a las tropas en el combate.
Pero su reputación iba más allá de las victorias militares. Era conocido por su capacidad para meter en cintura a ejércitos desmoralizados, pues ya lo había hecho en Cartago, y desde luego las tropas romanas en Hispania necesitaban esta disciplina. Llevaban años comiendo derrotas y su moral estaba bajo mínimos. El Senado apostó fuerte: si alguien podía acabar con la pesadilla numantina, ese era Escipión Emiliano. Tras ser elegido cónsul, cargo que ya había desempeñado en el pasado, fue enviado a la Península para poner punto y final al conflicto.
La estrategia de Escipión Emiliano: asedio y destrucción de la ciudad
Cuando Escipión llegó a Hispania en el 134 a.C., lo primero que vio tuvo que golpearle en lo más hondo de su alma. El ejército romano era una sombra de lo que debería ser: soldados blandengues, campamentos que parecían mercadillos con prostitutas, comerciantes y hasta adivinos. Su primera orden fue brutal pero necesaria: fuera todo el mundo que no fuera soldado. Prohibió las camas, limitó los cacharros de cocina al mínimo y obligó a cada legionario a cargar con su propio petate en marchas agotadoras. En pocos meses, transformó aquella tropa de legionarios desmotivados en una máquina de guerra eficaz y letal.
Pero aquí viene lo brillante: Escipión no atacó Numancia. Ni lo intentó. Sabía que en combate abierto los celtíberos eran duros de pelar, y más en su propio territorio, así que optó por una estrategia diferente: los mataría de hambre. Con 60.000 hombres (incluidas tropas del númida Yugurta), construyó siete campamentos alrededor dela ciudad, conectados por un muro de diez kilómetros frente al cual cavó un foso. El muro tenía torres cada treinta metros y era una doble trampa: impedía salir a los numantinos y entrar a cualquier ayuda exterior. De este modo, logró rodear la ciudad y aislarla por completo de sus aliados del exterior, otras tribus celtíberas, que poco a poco también se empezaron a rendir.
La obra maestra de ingeniería llegó con el bloqueo del Duero. Escipión mandó construir una barrera flotante llena de cuchillas que vigilaban día y noche. Ni una balsa podía pasar sin ser detectada. Entre los campamentos estableció un sistema de comunicaciones con señales de humo y antorchas que permitía reaccionar al instante ante cualquier movimiento numantino.
La guerra psicológica añadida fue demoledora. Cuando los numantinos, desesperados, intentaban salir a luchar, Escipión se negaba. Sus tropas se replegaban tras las fortificaciones mientras los hostigaban con proyectiles. Para guerreros que consideraban el combate cuerpo a cuerpo la única forma honorable de pelear, aquello era humillante. Los meses pasaban y el hambre hacía estragos. Las ofertas de negociación fueron rechazadas con frialdad calculada. El mensaje era claro: rendición total o muerte.
Cuando finalmente el destructor de Cartago entró en Numancia en el 133 a.C., las escenas que encontró helarían la sangre a cualquiera. Según las fuentes, los supervivientes habían recurrido al canibalismo. Muchos prefirieron el suicidio antes que la esclavitud. Escipión seleccionó cincuenta para su desfile triunfal en Roma y vendió al resto, apenas un puñado de supervivientes moribundos. Después ordenó arrasar la ciudad hasta los cimientos. No quedó piedra sobre piedra.
El método de Escipión revolucionó el arte de la guerra. Nada de asaltos heroicos ni batallas épicas. Solo matemáticas frías: cerco perfecto más tiempo igual a victoria segura. Le valió el sobrenombre de "Numantino" para añadir al de "Africano". Los historiadores posteriores, desde Polibio hasta Mommsen, estudiaron este asedio como ejemplo de guerra científica.
Pero la resistencia numantina también dejó huella. Como escribiría Cervantes siglos después: "La numantina furia jamás domada". Roma venció, pero a qué precio. Una pequeña ciudad celtíbera había tenido en jaque durante veinte años al imperio más poderoso del mundo. Y cuando cayó, no fue ante las espadas romanas, sino ante el hambre y la desesperación. Esa es la paradoja del asedio de Numancia: en su destrucción encontró la inmortalidad.