Diágoras de Rodas fue uno de los luchadores más conocidos de toda la Antigüedad, gracias a sus muchas victorias en diversos juegos y a que fundó toda una estirpe de campeones como él mismo. Descendiente de la familia real de Rodas, Diágoas se alzó con la victoria dos veces en los Juegos Olímpicos, cuatro veces en los Ístmicos de Corinto, uno en los Píticos de Delfos y dos en los Nemeos. Hasta tal punto alcanzó la fama que el poeta Píndaro le dedicó una de sus Odas. Hoy en día, el aeropuerto de Rodas se llama precisamente Diágoras en su honor.
En 2018, un grupo de arqueólogos turcos afirmó haber encontrado la tumba de este deportista en el distrito de Turgut, en el interior de Turquía. El hallazgo se produjo al analizar un viejo monumento remontado por una pirámide que la población local consideraba la tumba de un santón islámico. De hecho, el edificio era objeto de una gran veneración, y todos los jóvenes de la zona tenían la costumbre de llevarse un puñado de tierra de sus inmediaciones cuando se marchaban al servicio militar, como un rito propiciatorio de suerte. A partir de los años setenta, por desgracia, el monumento empezó a ser saqueado y perdió gran parte de sus componentes originales, algo que no impidió que siguiera siendo un lugar de peregrinación para los musulmanes de la región.
Cuando los arqueólogos se hicieron cargo del monumento y comenzaron su excavación sistemática descubrieron que su antigüedad era muy superior a la esperada y que databa de época griega. En uno de los muros, apareció una inscripción en buen estado de conservación que decía “Vigilaré desde lo alto para asegurarme de que ningún cobarde venga y destruya esta tumba”. Esta cita apareció junto al nombre de un tal Diágoras, lo que llevó a los arqueólogos y sobre todo a la prensa turca a vincular el descubrimiento con la tuba del famoso luchador.
Pese a este entusiasmo, como podemos deducir, la hipótesis tiene muy poca solidez. En primer lugar, la inscripción está escrita en griego helenístico, y no en la forma en la que se esperaría de un epitafio del siglo V a.C., tiempo en el que vivió y murió el célebre Diágoras. Por otro lado, nada hay en las fuentes que relacione a este deportista con el interior de la península de Anatolia, por lo que es imposible explicar por qué un personaje tan vinculado con la isla de Rodas pudo acabar enterrado en este sitio tan lejos de su patria.
Aunque todo cae en el terreno de las teorías indemostrables, todo apunta a que el Diágoras que fue enterrado en la tumba turca no fue el luchador sino un hombre que vivió mucho después, es posible que incluso siglos. No podemos descartar que, al vez llevado por el hecho de compartir nombre con él y por una fama que atravesó el tiempo, el fallecido pidiera que en su epitafio se pusiera una frase del luchador, como si el espíritu de este héroe deportivo se personara para proteger el lugar de su descanso eterno. Los arqueólogos apuntan a que pudo haber en lo alto de la pirámide una escultura del Diágoras famoso, una muestra más de la devoción que el constructor del monumento pudo sentir por él.