Mitrídates el Grande Eupator: el rey del Ponto que se convirtió en el enemigo implacable de Roma

Mitrídates VI, rey del Ponto, logró convertirse desde su pequeño reino helenístico en Asia Menor en el mayor enemigo para el dominio romano desde tiempos de Aníbal
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Busto de Mitrídates VI Eupator rey del Ponto
Luis Manuel López | Vie, 19 Sep 2025 - 19:00
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Mitrídates VI Eupator fue uno de los grandes enemigos a los que la República romana tuvo que hacer frente en el siglo I a.C. Este rey del Ponto —un reino helenístico que bordeaba el Mar Negro— mantuvo en vilo a la República durante treinta años, logran que generales como Sila , Lúculo y Pompeyo tuvieran que desplegar allí todo su talento. ¿Cómo lo hizo? Con una mezcla de genio militar, astucia política y una terquedad que rayaba en lo obsesivo. Su historia sigue siendo una de las más apasionantes del mundo antiguo, repleta de conspiraciones palaciegas, batallas épicas y un final que ni el mejor dramaturgo habría imaginado. La vida de Mitrídates es el canto de cisne del helenismo antes de la consolidación del poder de Roma en Grecia y Oriente. 

¿Quién fue Mitrídates VI del Ponto y por qué se le considera el mayor enemigo romano?

Orígenes y ascenso al trono de Mitrídates

Mitrídates VI nació alrededor del 134 a.C., hijo del rey Mitrídates V Evergetes. Su reino, el Ponto, ocupaba la costa norte de lo que hoy es Turquía, y era una mezcla donde se encontraban las tradiciones griegas con las antiguas costumbres persas y anatólicas. Su padre había jugado bien sus cartas con Roma, manteniéndose como aliado fiel, hasta que alguien decidió envenenarlo en el 120 a.C. Las sospechas recayeron sobre su propia esposa, Laodice. 

El joven Mitrídates, que apenas tenía catorce años, vio entonces las señales de peligro. Los relatos antiguos nos cuentan que huyó a las montañas: un príncipe adolescente viviendo como un fugitivo durante siete años. Allí, entre lobos y bandidos, se forjó el carácter del futuro terror de Roma. Se ejercitaba corriendo por las laderas escarpadas, aprendía los dialectos de los pastores locales y, según dicen, tomaba pequeñas dosis de veneno para inmunizarse (algo que le sería muy útil... o no tanto, como veremos más adelante).

Cuando regresó alrededor del 113 a.C., ya no era el mismo muchacho asustado. Con veintiún años y músculos forjados en las montañas, procedió a reclamar el trono que desde su punto de vista le pertenecía: ejecutó a su madre y a su hermano. 

La ambición de Mitrídates y su comparación con Alejandro Magno

Desde el momento en que ciñó la corona, Mitrídates VI Eupator dejó claro que no se conformaría con ser el rey de un reino marginal como era entonces el Ponto. Se veía a sí mismo como el heredero espiritual de dos gigantes: Alejandro Magno y Ciro el Grande de los persas. Una creencia que le marcó de por vida.

Además de poseer un físico vigoroso y unas evidentes dotes de mando, Mitrídates era un hombre profundamente culto que llegó a hablar hasta veintidós idiomas según algunas fuentes. Podía conversar con cada uno de los pueblos bajo su mando en su propia lengua, desde los escitas del norte hasta los griegos de las ciudades costeras. 

Su estrategia era brillante en su sencillez: primero consolidaría su poder en la región del Mar Negro, luego se presentaría como el salvador de las ciudades griegas oprimidas por los codiciosos publicanos romanos. Y la estrategia desde luego funcionó. Durante las primeras décadas de su reinado, fue construyendo pacientemente su imperio, pieza por pieza, con cautela y prudencia.

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Mitrídates VI del Ponto

Características que convirtieron el reinado de Mitrídates VI en una amenaza para Roma

Mitrídates era un genio militar que sabía combinar lo mejor de cada tradición bélica. Sus ejércitos eran como un cóctel explosivo: caballería pesada persa que aplastaba líneas enemigas, falangistas macedonios con sus largas sarissas, arqueros de las estepas que disparaban mientras galopaban... Roma nunca había enfrentado algo así.

Pero su verdadero talento estaba en la propaganda. Mientras los romanos, presentes en la región desde la desaparición del reino de Pérgamo, exprimían a las provincias y reinos orientales con impuestos abusivos (cobrados por la clase de los publicanos), Mitrídates se presentaba como el liberador, el defensor del helenismo, el heredero del gran Alejandro. Las ciudades griegas lo recibían con los brazos abiertos, hartas de la "protección" romana que les costaba hasta el último denario.

Además, Mitrídates supo tejer una extensa red de alianzas. El rey tenía contactos en todas partes: desde su yerno Tigranes en Armenia hasta los piratas cilicios que aterrorizaban el Mediterráneo, pasando por Sertorio, el general romano rebelde que había desafiado al Senado en Hispania y con el que el rey del Ponto llegó a establecer algún contacto. Era como si todos los enemigos de Roma hubieran encontrado un coordinador central. 

¿Cómo logró el rey Mitrídates expandir su reino póntico y desafiar el poder romano?

Estrategias militares y diplomáticas de Mitrídates VI

El éxito de Mitrídates no fue casualidad ni suerte, sino el fruto de un plan bien elaborado. En lo militar, transformó un ejército regional mediocre en una máquina de guerra multicultural que sacaba lo mejor de cada tipo de tropa. Elefantes de guerra al frente, seguidos por la temible falange macedonia, flanqueados por jinetes armenios y respaldados por arqueros escitas. Era como juntar lo mejor de cada ejército antiguo en una sola fuerza.

Su flota fue otra de las claves de sus primeros éxitos. Controló el Mar Negro como si fuera una propiedad personal, y eso le daba ventajas enormes: podía mover tropas rápidamente, controlar el comercio de grano (del que Roma dependía) y aparecer donde menos lo esperaban. Los romanos, acostumbrados a sus batallas terrestres predecibles, se encontraron jugando un juego completamente nuevo.

En el tablero diplomático, Mitrídates también supo jugar sus cartas con habilidad. Su matrimonio con una princesa armenia le hizo para asegurarse el apoyo del poderoso Tigranes. Con las tribus del norte mantenía una relación de respeto mutuo: les pagaba bien, respetaba sus costumbres y a cambio tenía un suministro constante de los mejores jinetes del mundo conocido.

Además, supo aprovechar la debilidad de su enemigo: cuando Roma estaba desgarrándose entre Sila y Mario en sus guerras civiles, Mitrídates sacó ventaja de ello. Mientras los romanos se mataban entre ellos, él expandía tranquilamente su imperio sin encontrar apenas rivales. 

La conquista de territorios en Asia Menor

La expansión de Mitrídates por Anatolia y Asia Menor fue como ver a un maestro del ajedrez ejecutando una apertura perfecta. Empezó con el Quersoneso Táurico —la actual Crimea—, un movimiento que parecía menor pero que le dio control sobre las rutas comerciales del norte y los graneros que alimentaban a media Grecia. 

Mediante matrimonios estratégicos (casó a sus hijas con diversos monarcas y nobles de las regiones ceranas), presión militar cuando era necesario y mucha, mucha paciencia, fue sumando territorios: Cólquide, Armenia Menor, pedazos de Capadocia... Cada conquista parecía pequeña, insignificante incluso, pero Roma no se dio cuenta hasta que fue demasiado tarde de que todas esas piezas formaban un imperio.

El momento decisivo llegó con Bitinia. Este reino había sido amigo de Roma durante generaciones, pero cuando su rey Nicomedes murió sin herederos, Mitrídates se lo anexó. Roma protestó, pero para entonces el rey del Ponto ya controlaba prácticamente toda la costa norte de Asia Menor. En cada territorio conquistado, bajaba los impuestos, respetaba las costumbres locales y ponía a las élites nativas en puestos importantes. La consecuencia fue que la gente lo adoraba, desde el pueblos a las élites. 

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Busto de Cayo Mario

Alianzas con otros reinos contra la República Romana

Su obra maestra fue la alianza con Armenia. No solo casó a su hija con Tigranes, sino que creó una verdadera sociedad de intereses comunes: el Ponto aportaba la flota y el dinero, Armenia ponía el músculo terrestre. 

Pero el genio de Mitrídates iba más allá. ¿Los partos, eternos enemigos de Roma? Amigos. ¿Los piratas cilicios que aterrorizaban el Mediterráneo? Aliados también. Estos piratas no solo robaban barcos romanos; actuaban como espías, mensajeros y fuerza naval irregular. Era terrorismo marítimo patrocinado por el estado del Ponto, y Roma no sabía cómo lidiar con ello.

La jugada más audaz (y sangrienta) llegó en el 88 a.C. con las llamadas Vísperas Asiáticas. Mitrídates convenció a las ciudades griegas de Asia Menor para que, en un día acordado, masacraran a todos los romanos e itálicos que vivían entre ellos. Ochenta mil personas murieron en cuestión de horas. Fue brutal, fue despiadado, y fue terriblemente efectivo. Las ciudades griegas quedaron comprometidas hasta el cuello: ya no había vuelta atrás, tenían que apoyar a Mitrídates sí o sí porque Roma jamás perdonaría semejante matanza.

Las Guerras Mitridáticas: ¿Cómo enfrentó Mitrídates VI del Ponto a los generales romanos?

La primera Guerra Mitridática contra Sila

El año 88 a.C. marcó el momento en que Mitrídates decidió jugarse todo. Roma estaba inmersa en una guerra civil con Lucio Cornelio Sila y Cayo Mario peleándose por el poder, y él vio la ocasión perfecta. En cuestión de meses, sus ejércitos barrieron Asia Menor como una ola en armas. La masacre de los ochenta mil romanos no fue un arrebato de ira; fue un mensaje claro de que sus intenciones eran firmes. 

El éxito inicial fue espectacular. Las fuerzas pónticas cruzaron a Grecia, y nada menos que Atenas lo recibió como un héroe liberador. Los griegos veían en él al nuevo Alejandro que los liberaría del yugo romano. Durante un breve momento, parecía que el sueño de Mitrídates de crear un imperio helenístico anti-romano podría hacerse realidad. En muchas de estas ciudades, Mitrídates puso gobiernos en principio independientes pero en realidad sujetos a su voluntad. 

Pero entonces llegó Sila, que dio prioridad a aplastar a Mitrídates antes que acabar con sus propios enemigos en Italia y la propia Roma. Con cinco legiones veteranas, el general romano desembarcó en Grecia decidido a aplastar la rebelión. Los asedios de Atenas y El Pireo fueron brutales; Sila literalmente taló bosques sagrados para construir máquinas de asedio. A los atenienses no les gustó nada, pero las catapultas funcionaron a la perfección.

Las batallas decisivas —Queronea y Orcómeno— demostraron una verdad incómoda: por muy numerosos y diversos que fueran los ejércitos de Mitrídates, no podían con la maquinaria militar romana cuando esta funcionaba correctamente. Las legiones de Sila, con su disciplina férrea y tácticas perfeccionadas, destrozaron a las coloridas huestes pónticas. Al final, en el 85 a.C., ambos líderes firmaron la Paz de Dárdanos. Mitrídates conservó su reino original, pero tuvo que devolver todas sus conquistas. Para Sila, que tenía prisa por volver a Roma a ajustar cuentas con sus enemigos, fue suficiente. Para Mitrídates, fue solo el primer asalto.

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Busto de Lucio Cornelio Sila

El enfrentamiento con Lúculo durante la segunda guerra

La Segunda Guerra Mitridática fue mucho más breve, ya que el rey del Ponto se limitó a hacer un tanteo de cómo estaban las fuerzas de Roma. La tercera guerra, sin embargo, volvió a poner en armas a decenas de miles de hombres. Y el protagonista romano por parte de Roma esta vez fue Lucio Licinio Lúculo, un tipo meticuloso hasta la obsesión que había aprendido mucho observando a Sila durante la primera guerra.

Cuando Mitrídates intentó aprovechar la muerte del rey de Bitinia en el 74 a.C. para expandirse nuevamente, Roma envió a Lúculo para frenar sus ansias expansionistas. Y este general tenía un enfoque completamente diferente. Nada de batallas gloriosas ni asedios espectaculares. Lúculo optó por la guerra de desgaste: cortó las líneas de suministro, evitó los enfrentamientos directos y dejó que el hambre y la deserción hicieran el trabajo sucio.

La estrategia funcionó a la perfección. En la batalla de Cabira (72 a.C.), cuando finalmente se enfrentaron, el ejército de Mitrídates se desmoronó. El rey tuvo que huir a Armenia, a suplicar ayuda a su yerno Tigranes. Debió ser humillante para alguien que se comparaba con Alejandro Magno.

Lúculo, oliendo sangre, persiguió a su presa hasta Armenia. En Tigranocerta (69 a.C.), aplastó a los ejércitos combinados de ambos reyes en una batalla que fue más una masacre que un combate. Parecía el fin para Mitrídates. Sin embargo, las tropas romanas, hartas de marchar por montañas inhóspitas y con las pagas atrasadas, empezaron a amotinarse. Lúculo, por muy buen general que fuera, era un aristócrata distante y orgulloso y no sabía manejar a sus hombres. Y mientras él volvía a Roma con las manos vacías, obligado por el Senado, Mitrídates resurgió de sus cenizas y recuperó parte de su reino. El viejo rey todavía tenía trucos bajo la manga.

La llegada a Oriente de Cneo Pompeyo y la derrota y muerte de Mitrídates

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Bustos de César y Pompeyo

En el 66 a.C., Roma envió a su mejor hombre: Cneo Pompeyo Magno. Si Mitrídates era el veterano que había sobrevivido a todos los golpes, Pompeyo era el joven campeón hambriento de gloria. Tras su papel en la guerra civil, en Hispania contra Sertorio, en la represión de los ejércitos de esclavos rebeldes de Espartaco y tras haber limpiado los mares de piratas, Pompeyo era el militar más prestigioso de su generación. Y llegó a Oriente con poderes casi dictatoriales gracias a la Lex Manilia. El Senado le dio esos enormes poderes para que acabara con el poder de Mitrídates de una vez por todas. 

Pompeyo era diferente a sus predecesores. No persiguió a Mitrídates, entrando en su juego, sino que en lugar de eso, construyó una red que lentamente se fue cerrando alrededor del viejo rey. Estableció bases navales por todo el Mar Negro, sobornó a los aliados de Mitrídates, cortó sus rutas de escape... 

El enfrentamiento decisivo llegó cerca del río Lycus, en una batalla nocturna. Pompeyo, siempre creativo, usó la luz de la luna para proyectar sombras engañosas que confundieron a los arqueros enemigos sobre las distancias. Los soldados de Mitrídates disparaban flechas que caían muy cortas o muy largas, mientras las legiones avanzaban implacables en la oscuridad. Fue una carnicería.

Derrotado y humillado, Mitrídates huyó al norte, al reino del Bósforo, su último refugio en Crimea. Pero ya no era el líder carismático de antaño. Su propio hijo, Farnaces, oliendo la debilidad como un tiburón huele la sangre, se rebeló contra él. Los soldados desertaban, los aliados lo abandonaban... el gran rey del Ponto estaba acabado.

El final fue digno de una tragedia griega. Mitrídates, viendo que todo estaba perdido, intentó suicidarse con veneno. Pero —ironía del destino— todos esos años tomando pequeñas dosis para inmunizarse le jugaron una mala pasada. El veneno no funcionó, aunque le produjo grandes dolores. El gran enemigo de Roma, el hombre que se había enfrentado a Sila, Lúculo y Pompeyo, no podía ni siquiera morir como quería. Tuvo que pedirle a un guardia galo que lo atravesara con su espada. Así terminó, en el 63 a.C., la vida del último gran adversario de la República Romana.

La victoria de Pompeyo cambió el mapa del Mediterráneo oriental para siempre. No solo eliminó la última amenaza seria al poder romano en la región, sino que reorganizó todo el Oriente creando un sistema de provincias y reinos clientes que duraría siglos. Pompeyo entendió algo que sus predecesores no habían captado: no bastaba con ganar batallas, había que ganar la paz.

Y así, el hombre que se llamó a sí mismo el nuevo Alejandro pasó a la historia. Los romanos lo recordarían como "el Aníbal del Este", el enemigo que los mantuvo despiertos durante treinta años. Porque aunque Roma ganó la guerra, Mitrídates les enseñó una lección valiosa: que su imperio, por poderoso que fuera, no era invencible. Y esa lección resonaría en los siglos venideros, cuando otros enemigos —partos, germanos, hunos— desafiarían el poder de Roma.