La silueta de la Acrópolis de Atenas, con el Partenón como elemento central, se ha convertido a lo largo de los siglos no solo en un icono de la cultura griega sino de toda la civilización occidental. El templo consagrado en el siglo V a.C. a la diosa Atenea pasó por todo tipo de etapas, como su conversión en iglesia cristiana en el siglo VI d.C., en mezquita tras la conquista otomana e incluso de depósito de munición cuya explosión causó la mayor parte de los destrozos. Todavía en el siglo XIX, Lord Elgin adquirió la mayor parte de sus esculturas y las llevó a Londres, dejando el Partenón desnudo y casi vacío.
La independencia de Grecia y los movimientos nacionalistas hicieron que el Partenón empezara a ser respetado y valorado como parte de la identidad griega, y con esto empezó su protección y los trabajos de restauración. Estos se intensificaron cuando en 1987 la UNESCO declaró la Acrópolis como Patrimonio de la Humanidad.
Esta protección ha hecho, sin embargo, que durante décadas fuera imposible ver el Partenón sin tener alguna de sus partes cubierta por andamios o estructuras de consolidación. Un mal necesario que, tal y como informó la Ministra de Cultura de Grecia hace unos días, ha llegado a su fin: los últimos andamios se han retirado y ya puede contemplarse el Partenón y a Acrópolis en todo su esplendor sin contaminación visual… durante al menos unos días.
En el mes de noviembre se levantará un nuevo andamio para acometer los últimos trabajos de restauración, que se prevé que finalicen en el verano de 2026, momento en el que, ya sí durante un tiempo más prolongado, el templo de Atenea podrá visitarse sin estructuras metálicas.
Solo en 2024, la Acrópolis recibió más de cuatro millones y medio de visitantes, lo que convierte este espacio en uno de los más visitados del mundo. Una cifra que, además, va en aumento, lo que supone un reto para los gestores y trabajadores que deben lidiar con las consecuencias de la masificación que se vive en el turismo de todo el mundo.